Dylan Thomas

Y ya la muerte no tendrá dominio

Y ya la muerte no tendrá dominio.
Los desnudos muertos serán uno solo
con el hombre al viento y la luna del Oeste;
cuando los huesos estén mondos y los huesos mondos desaparezcan
tendrán estrellas al alcance de pies y manos;
aunque se vuelvan locos, estarán cuerdos,
aunque se hundan en el mar, surgirán de nuevo,
aunque los amantes se pierdan, el amor, no;
y ya la muerte no tendrá dominio.

Y ya la muerte no tendrá dominio.
Bajo los recovecos del mar
los ya desaparecidos no morirán al viento;
retorcidos en la tortura, los nervios ceden,
atados a la rueda, no se romperán empero;
la fe en sus manos se disparará en dos,
y los males del unicornio les recorrerán;
descuartizados, no se quebrarán;
y ya la muerte no tendrá dominio.

Y ya la muerte no tendrá dominio.
Ya no gritarán las grullas en sus oídos,
ni estallarán rugientes las olas en los acantilados;
donde aleteaba una flor, puede que ya nunca
levante su corola a los soplos de la lluvia;
locos y secos como clavos inertes;
cabezas de personas martillean a través de las margaritas,
solázate al sol, antes de que el sol se oculte.
Y ya la muerte no tendrá dominio.

Cuando me desperté

Cuando me desperté, la ciudad hablaba,
Pájaros, relojes y campanas de cruz
aturdían entre remolinos de gente,
el reptil se abandona en la llama,
perversores y atizadores del sueño
el vecino mar dispersó
ranas, satanes y suerte femenina,
mientras fuera un hombre con un hacha
la sangre subida a la cabeza
cercenando la mañana,
la doble vena caliente del Tiempo
y su barba sobresaliendo del libro
golpeó la última culebra como
si fuera una varita o rama sutil
su lengua recorrió el envés de una hoja.

Cada mañana fabrico,
Dios en cama, malo y bueno,
tras un pase de agua en rostro
la muerte venada el aliento esparcido
mamut y gorrión que cae
la tierra de todos.
Donde los pájaros viajan cual hojas y botes como patos
lo oía, esta mañana, al despertarme
en cruz con los rumores ciudadanos
se elevó una voz en el aire
sin ninguna progenie profética mía
grito que mi marina ciudad estallaba
sin tiempo, decía el reloj, sin Dios, cantaban las campanas,
pasé la blanca sábana sobre las islas
y las monedas sobre mis párpados susurraban como conchas.

Demonio encarnado

Encarnado demonio en habladora serpiente,
llanuras centrales de Asia en su jardin,
a su tiempo exacto él mordió despierto el círculo,
en forma de pecado desplegóse la barbada manzana,
y Dios se acercó por allí, guardián auredador,
interpretando el perdón desde las lomas del paraíso.

Cuando éramos extraños para mares con guía,
una luna casera medio santa en una nube,
los sabios me dicen que los dioses del jardín
enrosacron el bien y el mal en un árbol del Este:
y cuando la luna se elevó sobre los vientos, era
negra cual la bestia y más pálida que la cruz.

Nosotros en nuestro Edén conocimos al guardián del secreto
en sacras aguas que ninguna escarcha podría endurecer,
en las poderosas mañanas del mundo;
infierno en un cuerno de sulfuro, mito despedazado,
entero el cielo en una medianoche de sol,
una serpiente tañía a la hora precisa.

(D. Thomas. Poesía completa. Ed. Margarita Ardanaz Morán. 2a. ed. Madrid: Visor, 2008)