Giacomo Leopardi

El pensamiento dominante

Dulcísimo, potente
dominador de mi profunda mente;
terrible, pero caro
don de los cielos; alma
de mis lúgubres horas,
pensamiento que a mí tanto retomas.

De tu ser misterioso
¿quién no habla? Su poder aquí abajo
¿quién no supo? Mas siempre
que a narrar sus efectos
humana lengua su sentir empuja,
nuevo parece todo a quien lo escucha.

¡Qué solitaria se halla
mi mente desde el día
en que en ella pusiste tu morada!
De pronto, en torno, cual fulgor de rayo,
mis otros pensamientos
todos se disiparon. Y cual torre
en solitaria tierra,
te alzas solo, gigante, en medio de ella.

¡Qué parecen ahora,
toda terrena obra,
la vida entera ante los ojos míos!
¡Qué intolerable hastío
los comercios antiguos y los ocios,
y de vano placer la vana espera,
al lado de este goce,
goce divino que de ti me llega!

Cual de rocas desnudas
del abrupto Apenino
a un campo verde que a lo lejos ríe
sus ojos vuelve ansioso el peregrino;
así del yermo y seco
mundano conversar ansiosamente,
retorno a ti como a jardín ameno,
y alivia mis sentidos tu sosiego.

Casi creer no alcanzo
que la vida infeliz y el mundo necio
durante tanto tiempo
sin ti yo soportara;
casi entender no puedo
que por otro deseo, alguien anhele
salvo si en algo a ti se te parece.

Jamás desde el momento
en que por prueba conocí la vida,
temor de muerte me ha oprimido el pecho.
Hoy me parece un juego
esa que el mundo inepto
loando algunas veces, siempre teme,
necesidad extrema;
y si un peligro surge, sonriendo
a mirar su amenaza me detengo.

Siempre el vil y las almas
miserables, abyectas
desprecié. Hoy cualquier acto indigno
ofende mis sentidos;
todo ejemplo en mi pecho
de la humana vileza ira despierta.
Ante un siglo soberbio,
que de vana esperanza se alimenta,
hostil a la virtud, que ama lo vacuo;
necio, que lo útil pide,
e inservible la vida
de hora en hora volverse no percibe;
yo me siento mayor. Risa me inspira
el común parecer; y al vulgo adverso
a las bellas ideas,
de ti despreciador, yo pisoteo.

Ante aquel del que naces,
¿qué otro afecto no cede?
Es más, ¿qué afecto
reside entre mortales sino éste?
Avaricia, soberbia, odio, desprecio,
sed de honor y de reinos,
¿qué son sino vilezas
comparados con él? Sólo un afecto
entre nosotros vive: sólo ése,
potente soberano,
la ley eterna impuso al pecho humano.

Valor no tiene, ni razón la vida
sino por él, que es todo para el hombre;
única excusa al hado,
que en esta tierra a los mortales puso
para tanto sufrir sin otro fruto;
el único que a veces,
no a la gente cobarde, al pecho fuerte,
la vida hace más noble que la muerte.

Por alcanzar tus goces, dulce idea,
sentir la humana angustia,
y sufrir largos años
esta vida mortal, no ha sido indigno;
y otra vez volvería,
experto cual ya soy de nuestros males,
a emprender mi camino hacia esa meta:
pues entre arena y viperino ataque,
jamás tan fatigado
por el mortal desierto
llegué nunca hasta ti, que los afanes
vencer no viese por un bien tan grande.

¡Qué mundo ya, qué nueva
inmensidad, qué paraíso es éste
donde a menudo tu estupendo encanto
elevarme parece!,
¡donde bajo otra luz que ésta vagando,
mi terrenal estado
y toda la verdad echo al olvido!
Tales, creo, los sueños
de los dioses. Ay, finalmente un sueño
que la verdad en gran parte hermosea
eres tú, dulce idea;
sueño y palpable error. Mas de natura,
entre bellos errores,
divina eres; pues tan viva y fuerte,
que frente a la verdad tenaz perdura,
y a la verdad se adecua muchas veces,
y sólo se disipa con la muerte.

Y tú sin duda, oh pensamiento mío,
vital para mis días,
dilecta causa de infinitas cuitas,
conmigo acabarás de muerte a un tiempo:
pues ya por clara prueba en mi alma siento
que en dueño eterno tú me fuiste dado.
Otros dulces engaños
la vista verdadera
solía destruir. Cuanto más vuelvo
a contemplar a aquella
de la que siempre hablando voy contigo,
crece ese gran deleite,
crece ese gran delirio que me alienta.
¡Angélica beldad!,
el más bello semblante, donde mire,
creo fingida imagen
tu semblante imitar. Tú, sola fuente
de toda otra belleza,
sola real beldad tú me pareces.

Desde cuando te vi,
¿de qué grave cuidado último objeto
no fuiste tú? ¿Cuántas horas pasaron,
sin que en ti yo pensara? En mis ensueños
tu imagen soberana
¿cuántas veces faltó? Bella cual sueño,
angélica semblanza,
en la terrena estancia,
en los altos senderos de los orbes,
¿qué pido yo, qué espero
sino más arrobado ver tus ojos,
sino más dulce amar tu pensamiento?

El resurgimiento

Creía ya por último
en la flor de mis años
muertas las dulce ansias
de mi primera edad:
el dulce afán, el trémulo,
tierno latir del pecho,
cualquier cosa que el mundo
grata sentir nos da.

¡Cuántas quejas y lágrimas
vertí en el nuevo estado,
cuando a mi pecho helado
el dolor le faltó!
¡Faltó el antiguo pálpito,
el amor se esfumaba
y endurecida el alma
de suspirar dejó!

Lloré desnuda, exánime
mi vida ya tomada;
la tierra desecada,
en hielo eterno vi;
vacuo el día; la tácita
noche más sola y negra;
sin luz miré la luna,
sin luz los astros vi.

Pero ese llanto orígenes
tenía en el afecto;
en lo íntimo del pecho
vivía el corazón.
Pedía sus imágenes
la exhausta fantasía:
y la tristeza mía
aún era dolor.

Mas pronto en mí ese último
dolor también fue extinto,
y ya de lamentarme
valor no me quedó.
Yací: insensato, atónito,
no supliqué consuelo:
casi perdido y muerto,
el pecho se rindió.

¡Qué fui!, qué metamorfosis
del que con tanto ardor,
que tan feliz error
en su alma ayer nutrió!
La golondrina rápida
en torno a las ventanas
cantando al nuevo día
mi corazón no hirió:

Y no al otoño pálido
en solitaria villa,
el vespertino toque
el fugitivo Sol.
En vano ocaso fúlgido
vi por la muda senda,
en vano sonó el valle
con leve ruiseñor

Vosotros, ojos trémulos,
miradas fugitivas,
de los dulces amantes
primer, eterno amor,
y ante la mano pródiga,
pura desnuda mano,
fuisteis también en vano
en mi duro sopor.

De dulzuras ya huérfano,
triste; mas no turbado,
plácido era mi estado,
serena era mi faz.
Yo deseado el término
de mi vivir habría;
mas en el seno exhausto
mucho estaba el afán.

Cual de la edad decrépita
el resto vacuo y vil,
conducía el abril
del tiempo mío así:
así los días fúlgidos,
corazón, arrastrabas,
que fugaces y breves
el cielo puso aquí.

¿Quién de la grave, apática
paz me despierta ahora?
¿qué virtud nueva es ésta,
ésta que siento en mí?
¿Dulce latir, imágenes,
pálpitos, feliz sueño
por siempre no negados
están a mi sentir?

¿Sois vosotros la única
luz de estos días míos?
¿los afectos perdidos
en mi primera edad?
Si cielo, verdes márgenes
donde quiera que mire,
todo un dolor me inspira,
todo un placer me da.

Conmigo toman vívidos
la playa, el bosque, el monte;
la fuente habla a mi pecho,
y me discurre el mar.
¿Quién devuelve las lágrimas
de tanto olvido al cabo?
¿cómo a los ojos míos
cambiado el mundo está?

¿La esperanza a ti, oh mísero
pecho, sonríe acaso?
De la esperanza el rostro
ya nunca más veré.
A mí me dio sus pálpitos
natura y dulces sueños,
en mí acalló los duelos
su ingénito poder;

no lo anuló o redújolo
el hado y la desdicha;
no con la impura vista
la nefasta verdad.
De mis bellas imágenes
sé bien que ella se aparta:
sé que natura es sorda,
que no siente piedad.

Que no del bien solicita
fue, mas del ser tan sólo:
si al dolor nos conserva
no le importa más ya.
Que piedad nunca el mísero
en los hombres encuentra;
que huyéndolo a porfía
se burla cada cual.

Que ignora el siglo estólido
ingenios y virtudes;
que falta al digno estudio
incluso el vano honor.
Vosotros, ojos trémulos,
y rayo sobrehumano,
sé que lucís en vano,
que no brilláis de amor.

Ningún ignoto e íntimo
afecto arde en vosotros:
no abriga ni un destello
el blanco pecho en sí.
Ella con los solícitos
cuidados de otros juega;
y ante un celeste fuego
desprecio es su sentir.

Pero aún siento que vívido
está el sabido engaño;
y el corazón se asombra
de su propio latir.
De ti ese aliento último,
corazón, de ti el fuego,
y todo mi consuelo
sólo viene de ti.

Le faltan, siento, al ánimo
excelso, gentil, puro,
la suerte, la natura,
el mundo y la beldad.
Mas si tú vives, mísero,
si no cedes al hado,
no diré despiadado
quien aliento me da.

(G. Leopardi. Cantos. 2a ed. revisada. Ed. bilingüe y trad. Ma. de las Nieves Muñiz Muñiz. Letras Universales 418. Madrid: Cátedra, 2009)