José Revueltas

La espada

Nos dio la muerte una espada profunda.

No hay desde entonces nada más querido
que el corazón de fuego de esa espada.

Nos entregó la hoja purísima
dándonos el más intenso refugio.

En nuestro cuerpo puso luego
la vestidura cálida
como una coraza desconocida
y repitió otra vez el nombre de la espada
y el nombre de su sentido
y la terrible santidad de su nombre.

Nos dijo todas las palabras.

Las que se pronunciaron hace mil años.

Y señaló: ahí está el combate
entre aquellas cosas vivas y muertas.

La muerte nos dio todo.

Todo nos lo ha dado ella.

La última voz

El hombre se establece.
El hombre establece su camino
en mitad de su propia resurrección
y empieza, entonces, a crecer.
A dejar que sus manos, en torno de él,
crezcan un poco y se olviden.
No sé -no sabemos qué hacer-
en ese mundo lento y puro
que hemos perdido totalmente.
Sin embargo, tengo el cielo.
Tengo muchas cosas dentro de mi corazón.

Y vuelvo otra vez a verte inmaterial,
terrestre como las mejores cosas
diosa mía, hecha de frutos,
de savia, de luces.
Y me quedo ante ti,
nuevamente viejo y perdido,
sin mi voz, sin mi silencio
una vez más atravesado
por los siete pecados capitales.

He visto, compañeros míos, sus ojos.
Eran los mejores ojos del mundo, y los he visto.
No había lágrimas en ellos, pero los he visto.
Su silencio me llenó de paz y de pureza.
Desde entonces soy un mejor hombre.
Y desde entonces espero.

La expiación

Yo estoy aquí sentado, yo estoy aquí caminando,
con las manos extendidas y en mis manos los ojos
para que yo no pueda ver
y todos puedan verlos, sin embargo llorando.
Estoy aquí como la hormiga y el arado
buscando la agonía, buscando las piedras hondas,
las más remotas piedras del hombre;
como un trozo de semilla impura,
como una noche sin perdón
que baja hasta los pies negando los pecados.
Soy un pecado solo sin brazos que derribar
y sin sollozos, perseguido por la certidumbre.
Estoy aquí, esperando que me busquen,
que desaten a la amarillenta y perturbada
humanidad
de lebreles y bestias criminales,
para encontrarme tapando mis lágrimas
con un poco de tierra, como se hace con los muertos.
Yo tapo mis lágrimas, las llevo en lenta procesión,
las encierro en todos los lugares
y sobre ellas coloco lápidas eternas
improrrogables y vencidas.

Estoy aquí detenido, en medio, sin objeto.
Puede caer el mundo sobre mi cabeza
y con el mundo los hombres y los animales.
Mas yo busco las piedras, las más profundas piedras,
busco las iglesias y las piedras de las iglesias,
las piedras de los apóstoles y de los profetas,
las piedras de las piedras.

Porque sólo las piedras lloran
y tienen ojos
y están tiradas en mitad del camino
como yo que soy una piedra sin límites,
cansado y sin océano.

Octubre de 1939

El tiempo y el número

Caen las cosas, dejan de ser, desaparecen
y algo las detiene en su propia sombra,
donde quedan, apagadas, vivas nada más
por el impulso de permanecer sin ser ya nada.

El amor mismo es una cosa
sobre la cual se enciman nuevas cosas
cada vez, un palimpsesto donde los
recuerdos son distintos a lo que recuerdan
y parecen bellos sin haberlo sido
porque la muerte los retoca con la compasión
y los disfraza de encuentros que no fueron
pero deben parecernos puros, para que el presente
nos acoja sin demasiada pena
y no nos arrebate el último pan.

Llegará ese día en que ya no tengamos
el cuerpo disponible y en que todo
lo pasado no sea sino un largo vacío,
montones de palabras dichas de otro modo
y lejanas voces, pensamientos y sombras
indiferentes y extranjeras.

Todo ello vuelto a ser en nuestra nada
vencida, nombres sin cuerpo
con los que intentaremos recubrir
una sorda vida distante y acabada
en la que fuimos nosotros mismos
otra cosa también.

Para El tiempo y el número
(Esquema para una prosa)

(J. Revueltas. El propósito ciego. Ed. José Manuel Mateo. México: Aldus / obranegra, 2001)