Katherine Mansfield

Soledad

Ahora es la Soledad quien viene de noche
en vez del Sueño, a sentarse junto a mi cama.
Como una niña cansada espero oír sus pasos,
y la miro mientras sopla la vela suavemente.
Se sienta sin moverse, ni a izquierda ni a derecha
gira, y rendida, rendida deja caer la cabeza.
También ella es vieja; también ella ha peleado la pelea.
Así, con laureles está adornada.

A través de la triste sombra la marea que baja lenta
surca una costa estéril, insatisfecha.
Sopla un viento extraño… después silencio. Estoy lista
para aceptar la Soledad, tomarle la mano,
aferrarme a ella, esperando, hasta que la tierra estéril
se llene con el terrible monotono de la lluvia.

Voces del aire

Pero entonces llega ese raro momento
para el que ninguna causa encuentro
cuando las voces del aire, muy pequeñas,
suenan por encima del mar y del viento.

Entonces obedecen el viento y el mar.
y suspiran suspiran notas muy bajas
de contrabajo, contentos con tocar
un acorde de fondo para mínimas gargantas.

Las mínimas gargantas que cantan y que trepan
a la luz con soltura adorable
y una suerte de mágica y dulce sorpresa
es oírlas y reconocer que son éstas…

Son estas voces mínimas: la mosca, la abeja
la hoja que se abre -la vaina que estalla-
la brisa que mece las cimas del follaje-
el rápido chirrido que el insecto hace-

Llegada

Parece que me paso la mitad de la vida llegando a hoteles extraños-
Y preguntando si puedo irme a la cama enseguida.
Y le molestaría llenarme la bolsa de agua caliente
gracias, es delicioso.
No, no necesitaré nada más-
la puerta extraña se cierra tras la extraña
y entonces me meto entre las sábanas
esperando que las sombras salgan de los rincones
y tejan una telaraña lenta, lenta,
sobre el empapelado más horrible de todos.

(K. Mansfield. Té de manzanilla y otros poemas. Selec., trad. y pról. Mirta Rosenberg y Daniel Samoilovich. Buenos Aires: Bajo La Luna, 2006)