T. S. Eliot

Mañana en la ventana

Se entrechocan platos del desayuno en cocinas de sótanos,
y a lo largo de los pisoteados bordes de la calle
me doy cuenta de las mojadas almas de criadas
que brotan desanimadamente tras las verjas.

Las pardas oleadas de nieblas arrojan hasta mí
caras retorcidas desde el fondo de la calle,
y arrancan de una transeúnte de faldas enfangadas
una sonrisa sin objetivo que se cierne en el aire
y se desvanece al nivel de los tejados.

Tía Helen

Miss Helen Slingsby era mi tía solterona
y vivía en una casita cerca de una plaza elegante
cuidada por su servidumbre en número de cuatro.
Ahora que murió, hubo silencio en los cielos
y silencio en su extremo de la calle.
Se cerraron los postigos y el funerario se restregó los pies,
se daba cuenta de que no era la primera vez que ocurría
algo así.
Los perros quedaron generosamente atendidos,
pero poco después se murió también el loro.
El reloj de Dresden siguió tictaqueando en la repisa de
la chimenea
y el lacayo se sentó encima de la mesa del comedor
con la segunda doncella en las rodillas-
ella, que siempre tuvo tanto cuidado mientras vivió su
señora.

El viento saltó a las cuatro

El viento saltó a las cuatro
el viento saltó y rompió las campanas
meciéndose entre vida y muerte
aquí, en el reino de sueño de la muerte
el eco que despierta de un choque confuso
¿es sueño o algo diferente
cuando la superficie del río ennegrecido
es una cara que suda con lágrimas?
Vi a través del río ennegrecido
la hoguera del campamento agitarse con lanzas extranjeras.
Aquí, a través del otro río de la muerte
los jinetes tártaros agitan sus lanzas.

(T. S. Eliot. Poesías reunidas 1909-1962. 2a. ed., Trad. e introd. José María Valverde. Madrid: Alianza Editorial, 2008)