Pura López Colomé

Idus

al Gaviero

Compás de respiraciones a lo largo de la tarde,
sombra de instantes negados a la conversación.
Como barcos pesqueros de madrugada,
como voces lejanas susurrándose secretos
en una lengua indiscernible.
Acaso sea un pabellón de moribundos,
vivos en la memoria de la salud sagrada,
velamen triste en espera del viento,
cualquier viento.

Pero no. Nadie agoniza.
A punto de matarse unos a otros,
quienes besan esta tierra
nada saben de compasión
o de naufragios.
Morirán inconsolados.

Después, las aves,
cumulus, cirrus que viajan
rumbo a la primera escena
del día siguiente:
el amor en plena convivencia
con los sueños.

Qué calma trae esta luz,
mar dragado de una vida contemplando.
Crepúsculos y auroras en vaivén
aún aguardan
a quien logre salir
abandonar su orilla.

Vuelapluma

Los ángeles tientan.
(Lo recordado
y el recuerdo,
alas sin borde.
Ni filo.
El agitarse leve
de las hojas
en el naranjal
aquel amanecer.
Y de qué modo rubricante.)

Hallé una pluma entre los surcos.
No respiraba.
La glotonería de arañas,
hormigas, escarabajos
ya pretérita.
Ninguna epifanía que abriera
un cierto espacio,
el de la pluma,
con hilos.

¿O es tierra fértil al borde?
¿Ser que parte en sílabas
la entraña del consuelo?
Que da limosna:
brasas cintilantes,
las partículas dan señas
de un destino.

Hojas secas caen
desde ningún lado.
En unos días
dibujarán su huella
en la fortuna.

Materia Médica

Y si un afilado escalpelo
rebana el umbral,
todo puede dar lugar
al instante
con sólo dejar entrar
el aire.
Parece mentira.
Así se mira el flujo
de la sangre
en los demás.
Desde la punta de los nervios
de los pies hasta el cerebro en simpatía
te busco.
Milagrosamente apareces dentro.
Me anestesias.
Con lujo de detalles,
la intimidad se reduce
a una silueta cuyas piernas
muestran los rasguños
de haber estado más allá.
Y hasta el quirófano se cuela una llamada.
Alma mía, escucho tu respiración,
el velamen de lo aún por significar.
Lo por contener dulzura.
Lo por sahumar la peste de la herida.
Lo por sanar.

Celda

Insistes
en mover montañas
bajo el manto
y a las faldas
de una opacidad
franqueable
ni por equivocación,
donde nadie se asoma,
donde la magnolia se ofrece
y además huele
de modo tal que
lo que se abra sean
candados de poros y párpados
y se escuche entonces
algo propio,
un alarido,
una llama
tras los biombos.

Espantapájaros

Mientras más verde la vara, que no la rama,
mejor cabalgarás a fuetazo limpio.
A mayor edad, más hondo el pantano,
más atroz el recuerdo, más vulgar,
más nítido, límpido, eficaz,
plomada que no se zafa
y se acaba de amoldar
a los talones.

Así me fui trotando en la yegua a pelo
contigo a mis espaldas cincelándome el oído.
Me diste alcance:
tu mano me tomó del cuello:
el tictac de tu reloj fundía muñeca
y base morfológica del cráneo
con el fuetazo natural
de un viento helado.

*

Una visión después,
juego de azar,
juego de manos,
ardid
que iba en serio.
A la vera del camino,
un ángel ataviado
con manta cruda;
sandalias de cuero burdo;
cabellera al aire;
agujeros de la imaginación
a modo de concavidades oculares.
Sin cabeza.
Un espantapájaros
hechizo
que imanta
amantes,
aves de este mundo.
Las domina.
Las trae comiendo de,
picando,
horadando,
la mano
imaginaria
de un jinete
en polvo.

(P. López Colomé. Poemas reunidos 1985-2012. México: CNCA, 2013)

Blaise Cendrars

Carta

Si me escribes dijiste
No escribas todo a máquina
Agrega una línea de tu mano
Una palabra nada oh cualquier cosa
Si sí sí sí sí sí sí sí

Mi Remington es hermosa por eso
Me gusta mucho y trabaja bien
Mi escritura es limpia y clara
Se nota perfectamente que yo la he tecleado

Hay espacios que sólo yo con destreza
Muestro al ojo que tiene mi página
Sin embargo para complacerte añado con tinta
Dos tres palabras
Y una gran mancha de tinta
Para que no puedas leerlas

La Cabina nº 6

La ocupo
Yo debería vivir siempre en este lugar
No le encuentro ningún mérito a quedarse aquí encerrado y a
trabajar
Por lo demás yo no trabajo yo escribo todo lo que pasa por mi
cabeza
Bueno no todo
Porque montones de cosas me pasan por la cabeza pero no
entran en mi camarote
Veo en una corriente de aire el ojo de buey muy abierto y el ventilador ruidoso
No leo nada

Sobre la ropa ella tiene un cuerpo

El cuerpo de la mujer es tan protuberante como mi cráneo
Gloriosa
Si con espíritu te encarnas
Las modistas ejercen una profesión tan ridícula
Como la frenología
Mis ojos son kilos que pesan la sensualidad de las mujeres
Todo lo que huye brota avanza hacia la profundidad
Las estrellas surcan el cielo
Los colores desnudan
“Sobre la ropa ella tiene un cuerpo”
Bajo los brazos de los brezos manos viriles y pistilos mientras
las aguas se vierten en la espalda con omóplatos glaucos
El vientre un disco que se mueve
El doble casco de los senos pasa bajo el puente del arco celeste
Vientre
Disco
Sol
Caen gritos perpendiculares de colores sobre los muslos

Mi danza

Platón no le otorga derecho de ciudadanía al poeta
Judío errante
Don Juan metafísico
Los amigos, los parientes
Aún no tienes costumbres ni hábitos
Debemos escapar a la tiranía de las revistas
Literatura
Vida pobre
Orgullo desplazado
Máscara
La mujer, la danza que Nietzsche quiso aprendiéramos a
danzar
La mujer
¿Y la ironía?

Vaivén continuo
Proxenetismo
Todos los hombres, todos los países
Es así como tú no llenas
No sientes más…
Soy un señor que en fabulosos vagones atraviesa siempre las
mismas Europas y mira descorazonado por la portezuela
El paisaje ya no me interesa
Pero la danza del paisaje
La danza del paisaje
Danza-paisaje
Paritatá
Gírolo todo

Febrero de 1914

(Miguel Covarrubias. El traidor II. Poetas franceses y alemanes de los siglos XIX y XX. Edición bilingüe. México: Universidad Autónoma de Nuevo Léon / ALDUS, 2012)

Dulce María González

Las almas

Los ángeles de Rilke se mudaron a esa calle
ese número de casa
hundidos en libros cruzaban el abismo
los corredores y arcos donde amanecían
las ruinas de la casa señorial
bajo tejados marselleses velaban el sueño
de los trabajadores del henequén
muertos en tablas de la biblioteca
noticias de la hacienda de San José
ha enfermado la niña que después fue madre
de la madre
mientras en el patio las risas de los ángeles
y la bestia diminuta en mi regazo
sus ojos de animal pequeño
su desdén

Allá dentro navegan

Sentada en la cama me veo:
las manos húmedas y fibrosas
el tronco entumecido
retoños entre las piernas
y la vida en pausa
Oculto en el bastión de mis rodillas
está el mar
y el amplio vestido de algodón
como sendero de aire
por donde se fueron

Inventario

Está la hacienda que ahora es hotel
humedad costera
golpe de la sangre en la selva
que fue de la abuela
chaya en el plato
Están las mujeres anteriores
a mi biblioteca
el ardiente Caribe y aquella fotografía
entre mis libros perdidos
tiene 30
ojeras falsas
una banda en la frente
ropa de la era del Charleston

Las palabras

Líneas de la vida como cicatrices
vías del ferrocarril por donde partes
metida en tu piyama
dispuesta a rasgar el velo
mientras los niños duermen
a tu lado

(D. M. González. Lo perdido. Pról. Antonio Méndez Rubio. Madrid / México: Vaso Roto Ediciones / Universidad Autónoma de Nuevo León, 2014)