En las vecindades
comiéndose a la gente
el amor en la noche de fiesta
en todas y todos los días porque
donde fue descabezada
en el polvo y en el pasto
qué puntadas de dinero en los ojos frío
la mirada la tos y la imagen de cantador
lugar nunca visitado
exprime el silencio que es
callar, abandonar,
cerrar por eso
robado acróbata de limones
insuflador de anillos
encerrar las peras y los ratones de la luna
colgar a batman en un poste de Insurgentes
y Reforma de las orejas de un caimán
cogeletras lavadora para desmanchar
el cerebro solo y nomás
por estar aquí que los cuadriles
caballo y montara un mono
de los que todavía se usan para escribir
cámara de diputados que ni pelan
Garcías y gracias a Hortensia
porque la noche se hizo para divertirse
y también el día.
Hay en casa guajolotes y minas.
También está el caimán.
Y no se va.
Al oficinista
el viento que se estrella
contra las paredes de cobalto
y su arrumbada pasión
quemadas hojas polvo
arrojaban contra el cristal del aire
y en su erecta superficie
lago espejeante
el crepúsculo sanguíneo su explosión
sembraban
el viejo vaho de los muladares
vibrantes plantas
humedad oscura fecundaban
—otra piel era
hoja de trigo—
el turbio espeso
la membrana acuosa
la extendida lumínea
la fragmentada claridad en fin
el moho de sus cuerpos
de su calor hablaban
de sus entrañas a mitad del fuego
de su nombre
(enloquecidasvuelanlasmoscas)
neuróticas plantas crecían.
Es el mar, un barco y su oleaje
que una tarde recorrió una calle.
Por esa fuente
perfecta de siempre calor y frescura
llamáronse brazos y caderas cierta parte
y padeció de agosto esa tarde
de septiembre dos.
Llamé al rencor dije y era el doctor.
Sacudiendo de miedo sus cascabeles
o lanzando llamaradas danzantes
guerreros entre los coches daban la espalda.
Por ver la gacela que vuela vuelvo,
colibrí, contigo, cuando conmigo, aquí
al alma recuperará el pájaro al alba.
Va de luna desbocada
en los pájaros
delgada, transparente
variable en la cara
las piernas
en el agua que eco
rebotan los escarabajos
corren como los papeles
perseguidos ciegos y malabaristas
chocan cristales
el corazón inútil y el cráneo
transita veloz
moja y eriza
los agujeros de los zapatos
las bolsas que van a caer
con este tamborileo de humo
en el césped sangra
de tierra y espasmos
y desarticula
bocas y risas de viejas enlutadas
urracas caprichosas
dedos quemados y olor a cara y a cigarro
encama con relámpago silencioso
fugaz miedo color miel
por plana recua de patanes
y va
antes que se acaben estos
insectos el suelo que estrellan.
Ahora bien escribo recorriendo verdes senderos,
iluminando con ramas de claveles
—y es decir los incendios—
mi transparante camino
de modo que con antorchas miro
su repetida aparición serpenteando
los meandros del sueño
erigiendo en su territorio definitivas
las torres que son cristales sus miradas.
(J. Reyes. Un día un río. México: Aldus, 1999)
