Cuando despierta el tacto
Cuando despierta el tacto
y se alarga el infinito
en el tiempo suspendido,
cuando cada poro
es como tentáculo ávido
de sensaciones, de color,
de sonidos precisos;
cuando las imágenes desleídas
vuelven otra vez, habitadas,
y cruzan en procesión
por el abierto escenario:
pasan ciudades bajo la niebla,
oscuros pueblos cerrados,
sombrías ventanas húmedas;
pasan máscaras, muñecas rotas,
lentos desenterrados sin rumbo,
lágrimas secas y oscuras sonrisas
apenas entreabiertas;
siguen pasando;
mutiladas estatuas,
fragmentos de luna,
esqueletos de rosas,
amarillos papales con olor
a despedida, a clausuradas esperanzas;
pasan también en agobio
los lejanos horizontes del sueño
y caminos y mares
y mundos imposibles.
Hay cadenas que detienen,
raíces que se aferran
a la tierra que las sustenta
como el hijo a la madre,
y se ahondan, se alargan en el origen
definiendo posiciones:
—Esta es mi casa—
la tierra atormentada;
es mi sustancia, el barro desolado,
el sueño y el agua,
la ceniza y el fuego
Este cuerpo que grita
y no se escucha
que se abisma
para salir huyendo
cuerpo sin luz
en sí cerrado
Sólo queda
la memoria del tacto
el cuerpo de mi cuerpo
se fugó
por la noche incierta
El amante reposa
en el secreto límite que separa
el gozo del dolor
con ojos cerrados percibe
la fría desnudez de la alcoba
los muros como lágrimas secas
su propia desnudez
y el cuerpo más solo
cada día
Policromía del tiempo
Tiempo blanco
vacío sin ti
contigo en la memoria
memoria que te inventa
y te recrea
Tiempo azul
el sueño en que te sueño
la clara certeza
de hallar en ti
la tierra prometida
Tiempo verde
más allá de la esperanza
aguardo
la certeza de tu cuerpo
Tiempo rojo
presiento tu cuerpo
y se derrama
un río de lava
entre la sombra
Tiempo gris
nostalgia de tu voz
y tu mirada
ausente de tu ser
cae la tarde
Tiempo negro
lenta muerte
un viento de puñales
se desata
al no saberte cierto
(A. Dávila. Poesía reunida. 2a ed. México: FCE, 2024)
