Qué extraño oficio éste que sigue
luego de que los otros se han marchado.
Uno se queda para vestir fantasmas
y hacerles el traje a la medida.
Aprender su lección de transparencia, ser de aire,
manchar, cuando se pueda, el expediente,
envilecernos más, glorificarnos
en el lodo triunfal de la belleza.
Labor de cada día, merecer lo que amamos,
respirar este aire, nuestra herencia,
hacer de cada minuto una obra de arte,
afinar los engranes más que siempre.
También el desierto es mar. También en sus arenas
hay tempestades súbitas, cóleras sin freno.
El desierto no olvida
que alguna vez fue mar.
No sé si llegaré a la edad que tiene mi alma.
En muy pocos años he vivido
la tempestad, el mar embravecido,
sus instantes de paz insoportables.
El beso de marineros no ha velado
los rostros del animal que somos,
del que con ellos soy.
Nace viejo el que escribe.
El tiempo afila en él sus armas, lo hace joven.
El cielo es absoluto,
más pleno que el mar.
Se mira en ese espejo.
Sabe brillar el mar en la bahía,
ofrecer sus azules, sus azores,
azorar al ingenuo, despertar a las vírgenes.
Pule su escudo el mar, como si fuera
armadura de un guerrero en sueño,
dispuesto a despertar para el combate.
Tus muslos no me dejan.
Trato de no pensar en ellos y regresan
como si se afanaran
en ser olas de este mar en calma.
Brillan siempre tus muslos,
eternamente jóvenes y elásticos,
delfines en pubertad naciente,
celosos de ser contigo en tierra.
Te desplazas con ellos
ajena a los desastres que provocas,
la interminable guerra que desatas,
la sed nunca saciada de los tactos.
(V. Quirarte. Melville en Jerusalem. Santiago de Querétaro, México: Universidad Autónoma de Querétaro, 2018)
