Constantino Cavafis

La ciudad
(1910)

Dijiste <<Iré a otra tierra, iré a otro mar.
Otra ciudad ha de haber mejor que esta.
Cada esfuerzo mío es una condena dictada;
y mi corazón está -como un muerto- enterrado.
¿Hasta cuando seguirá mi alma en este marasmo?
Adonde vuelva mis ojos, adonde quiera que mire
veo aquí las negras ruinas de mi vida,
donde pasé tantos años que arruiné y perdí>>

No hallarás nuevas tierras, no hallarás otros mares.
La ciudad te seguirá.
Vagarás por las mismas calles.
Y en los mismos barrios te harás viejo;
y entre las mismas paredes irás encaneciendo.
Siempre llegarás a esta ciudad. Para otra tierra -no lo esperes-
no tienes barco, no hay camino.
Como arruinaste aquí tu vida,
en este pequeño rincón,
así en toda la tierra la echaste a perder.

Troyanos
(1905)

Son nuestras fatigas, las de los infortunados,
son nuestras fatigas como las de los troyanos.
A poco que triunfemos; a poco que orgullosos
nos sintamos, comenzamos ya
a tener ánimo y buenas esperanzas.

Pero siempre ocurre algo y nos detiene.
Aquiles surge en la trinchera ante nosotros
y a grandes voces nos espanta.

Son nuestras fatigas como las de los troyanos.
Pensamos que con arrojo y decisión
vamos a mudar la hostilidad de la fortuna
y nos echamos fuera a pelear.

Mas cuando llega el momento decisivo,
el arrojo y decisión se desvanecen;
se turba nuestra alma y paraliza;
y en redor corremos de los muros
buscando salvarnos en la huida.

Nuestra derrota es, sin embargo, segura.
Arriba, en las murallas, el treno ya ha empezado.
De nuestros días lloran recuerdos y pasiones.
Con amargura lloran por nosotros Príamo y Hécuba.

Vuelve
(1912)

Vuelve muchas veces y tómame,
sensación amada, vuelve y tómame-
cuando el recuerdo del cuerpo despierta
y un viejo deseo recorre la sangre;
cuando los labios y la piel recuerdan
y sienten las manos como si de nuevo palparan.
Vuelve muchas veces y tómame en la noche,
cuando los labios y la piel recuerdan…

Cuando despierten
(1916)

Intenta guardarlas, poeta,
por pocas que sean las que puedan detenerse,
las visiones de tus amoríos.
Ponlas a escondidas en tus frases.
Intenta, poeta, retenerlas
cuando despierten en tu cabeza
de noche o a la luz del mediodía.

Las ventanas
(1903)

En estas alcobas oscuras, donde paso
días de angustia, ando arriba y abajo
buscando las ventanas. -Cuando se abra
una ventana tendré consuelo-.
Pero las ventanas no aparecen o no puedo
encontrarlas. Mejor quizá no hallarlas.
Quizá la luz sería una nueva tiranía.
Quién sabe qué de nuevo nos traería.

Murallas
(1896)

Sin miramiento, sin piedad, sin pudor
grandes y altas murallas en torno mío levantaron.

Y ahora estoy aquí sin esperanza.
No pienso en otra cosa: este destino devora mi razón;

porque fuera, mucho tenía yo que hacer.
¿Por qué, ay, no reparé cuando iban levantando la muralla?

Mas nunca oí el ruido ni la voz de sus autores.
Sin sentirlo, fuera del mundo me cercaron.

(C. P. Cavafis. Poesía completa. 6a ed. Ed., trad. del griego, introd. y notas Pedro Bádenas de la Peña. Madrid: Alianza Editorial, 2011)

Regresa

Regresa con frecuencia y tómame,
amada sensación; regresa y tómame.
Cuando despierte el recuerdo en mi cuerpo,
y el antiguo deseo me recorra la sangre,
cuando los labios y la piel recuerden
y sienta aquellas manos que aún me tocan,
regresa con frecuencia, y tómame en la noche
cuando los labios y la piel recuerdan.
1912

Los caballos de Aquiles

Cuando vieron a Patroclo muerto,
tan fuerte, joven y gallardo,
prorrumpieron en llanto los caballos de Aquiles.

Su naturaleza inmortal se conmovió
al ver la obra de la muerte;
movieron las cabezas, agitaron las crines en el aire
y golpearon la tierra con sus patas.

Lloraban a Patroclo al darse cuenta que estaba sin vida,
al ver su carne inerte,
su alma perdida, sin aliento, salida a la gran nada.

Zeus vio las lágrimas de los inmortales caballos
y se entristeció: “No debí de actuar impulsivamente
en la boda de Peleo. No debí regalarlos.
Tristes caballos.

¿Qué tenían que hacer allá,
entre los desdichados humanos, juguetes del destino?
Ustedes, para quienes no existe la muerte ni la vejez,
si algún problema humano los alcanza
caerán también en la desdicha”.

Sin embargo, los caballos continúan llorando
por el interminable desastre que es la muerte.
A. 1911

Deseos

Como bellos cuerpos que murieron jóvenes,
encerrados con lágrimas en ricos mausoleos,
con rosas en el pelo y a los pies jazmines,
se ven los deseos que pasaron sin cumplirse,
sin que alguno de ellos haya alcanzado
la plenitud de una delicia sensual,
o un amanecer iluminado por la luna.
A. 1911

(C. Cavafis. Poemas completos. Trad. Cayetano Cantú. Pról. F. José Férez Kuri. 3a. ed. México: Diógenes, 1987)

Ítaca

Cuando emprendas el viaje hacia Ítaca,
ruega que tu camino sea largo
y rico en aventuras y descubrimientos.
No temas a lestrigones, a cíclopes o al fiero Poseidón;
no lo encontrarás en tu camino
si mantienes en alto tu ideal,
si tu cuerpo y alma se conservan puros.
Nunca verás los lestrigones, los cíclopes o a Poseidón,
si de ti no provienen,
si tu alma no los imagina.

Ruega que tu camino sea largo,
que sean muchas las mañanas de verano,
cuando con placer llegues a puertos
que descubras por primera vez.
Ancla en mercados fenicios y compra cosas bellas:
madreperla, coral, ámbar, ébano
y voluptuosos perfumes de toda clase.
Compra todos los aromas sensuales que puedas;
ve a las ciudades egipcias y aprende de los sabios.

Siempre ten a Ítaca en tu mente;
llegar allí es tu meta, pero no apresures el viaje.
Es mejor que dure mucho,
mejor anclar cuando estés viejo.
Pleno con la experiencia del viaje,
no esperes la riqueza de Ítaca.
Ítaca te ha dado un bello viaje.
Sin ella nunca lo hubieras emprendido;
pero no tiene más que ofrecerte,
y si la encuentras pobre, Ítaca no te defraudó.

Con la sabiduría ganada, con tanta experiencia,
habrás comprendido lo que las Ítacas significan.
1911

Hedonismo

El gozo y la esencia de mi vida
es el recuerdo de las horas en que encontré
y retuve el placer como quise.

El gozo y la esencia de mi vida
fue así, para mí
que rehusé todo el sabor de los amores de rutina.
1917

(C. Cavafis. Poesía erótica. Trad. Cayetano Cantú. Xalapa, Veracruz: Instituto Veracruzano de Cultura, 1997)

Poesía Griega Clásica

Teognis
Jamás el agua se mezclará con fuego. Jamás seremos
amantes fieles el uno para el otro.

También Eros florece en la estación en que la tierra
brota con flores, sin cesar, de primavera.
Entonces Eros abandona Chipre, hermosísima isla, y se encamina
detrás de los mortales derramando por tierra su semilla.

Asclepiades
Nieva, graniza, oscurécelo todo, quema, lanza tus rayos,
remueve toda nube que enrojezca la tierra, oh Zeus!
Sólo cuando me mates cesaré; mas si me dejas vivo,
seguiré cortejando aunque me impongas cosas peores que éstas.
Y es que me arrastra, oh Zeus, el mismo dios que a ti te dominó,
al que cediste y te metiste de oro en tálamo de bronce.

Coronas, quedáos suspendidas encima de estas puertas,
no sacudáis enseguida vuestras húmedas hojas
que empapé con mis lágrimas –pues son lluviosos los ojos de un amante.
Cuando, abierta la puerta, veáis que está saliendo,
dejad caer mi lluvia sobre su cabeza, porque su rubio pelo
beba mejor mis lágrimas.

El rostro gentil de Nicareta, bañado de Deseos,
que tantas veces se asomaba por la elevada puerta,
lo han marchitado, Cipris amada, en el vestíbulo
los verdes relámpagos de la dulce mirada de Cleofonte.

Dioscórides
La seductora Arsínoe me ha herido, amado Adonis,
golpeando su pecho junto a tu capillita.
Si con tal de morirme, me concede tal gracia,
condúceme, tómame ya por compañero de tu viaje. No hay excusa.

Cuando extendí en la cama a Dorís de nalgas sonrosadas
me convertí en un dios entre su carne floreciente.
Entre sus bellas piernas me hizo pasar por medio
y recorrió de Cipris el estadio sin variar su curso
con lánguidas miradas en sus ojos. Luego éstos, cual las hojas
movidas por el viento, temblaban rojos al sacudirse toda,
hasta que nuestro blanco vigor se derramó
y Doris quedó tendida con los miembros disueltos.

Me enloquecen tus labios sonrosados, en palabras ricos,
pórticos de tu boca de néctar que derriten mi alma,
y tus pupilas que relampaguean bajo tus cejas bien pobladas,
lazos y redes de mis entrañas;
y tus pechos de leche, bien parejos, llenos de encanto,
hermosos, más dulces que toda rosa.
Mas ¿para qué mentar los huesos a los perros? Testigos son
de mi locuacidad las cañas del rey Midas.

Nicarco
¿No tengo que morir? Pues ¿qué me importa
bajar al Hades cojo por la gota o como un corredor?
A hombros llevarán muchos mi cuerpo. Deja, pues, que sea cojo;
que por ello no voy a renunciar a los cortejos de las Gracias.

Rufino
Bañémonos ahora y coronémonos, Pródica,
Y saquemos el mosto y las copas más grandes.
Breve es la vida de quien es feliz, que de seguido
la vejez pondrá trabas de continuo y el final es la muerte.

(Antología de poesía erótica griega. Poemas de amor y sexo en Grecia. Ed. bilingüe y trad. José Luis Calvo Martínez. Letras universales 414. Madrid: Ediciones Cátedra, 2009)

W. B. Yeats

Con el tiempo llega la sabiduría

Serán muchas las hojas, raíz hay una sola;
pasé todos mis días de juventud mendaz
al sol balanceando mis flores y mis hojas;
ahora la verdad me puede marchitar.

Corriendo hacia el paraíso

Cuando al Valle del Viento fui de paso,
medio penique en la gorra me echaron.
Porque hacia el paraíso estoy corriendo;
y solo me hace falta desearlo
para que metan la mano en el plato
y algo me den de pescado salado:
y allá lo mismo son rey y mendigo.

Mi hermano Mourteen ya no puede más
de tundir tanto a tamaño patán,
y yo hacia el paraíso estoy corriendo;
y él malvive, y eso que se esfuerza,
que no le falta el perro y la escopeta,
ni tampoco el sirviente y la sirvienta:
y allá lo mismo son rey y mendigo.

Y hombres ricos se han hecho los pobres,
y pobres vuelven a ser esos hombres,
y yo hacia el paraíso estoy corriendo;
y el juicio a mucho encanto le flojea:
la media que llevó rota a la escuela
de dinero la lleva ahora repleta:
y allá lo mismo son rey y mendigo.

Viejo está el viento y aún sigue jugando,
y, en cambio, debo yo apretar el paso,
porque hacia el paraíso estoy corriendo;
jamás conseguí dar con amistades,
que tanto como el viento me prendasen,
el viento que no compra ni ata nadie:
y allá lo mismo son rey y mendigo.

A una ardilla en Kyle-na-no

Ven conmigo a jugar;
¿Por qué has de atravesar
el árbol que se mece,
como si yo viniese
con un arma a matarte?
Nada haría más grave
que rascar tu cabeza
y dejar que te fueras.

Un diálogo del ser y el alma

I
Mi alma. A la antigua escalera de caracol acude;
concéntrate tan solo en su fuerte pendiente;
en la almena ruinosa que ya se desmorona,
en el aire en suspenso, de estrellas alumbrado,
y en la estrella que marca el escondido polo;
que ningún pensamiento ahora te distraiga
de la fase en que todo el pensamiento acaba:
¿quién puede distinguir la oscuridad del alma?

Mi ser. La consagrada, antigua espada en mis rodillas
es la espada de Sato, y sigue como antaño,
sigue igual de afilada, sigue igual que un espejo
al que ninguna tacha los siglos han dejado;
y ese antiguo bordado de seda con sus flores,
arrancado del traje de una dama de corte,
la vaina de madera envuelve y sigue, astroso
y pálido, sirviendo de protección y adorno.

Mi alma. ¿Por qué será que un hombre, pasada ya la flor
de su vida, recuerda con la imaginación
cosas que son emblema del amor y la guerra?
Piensa en esa ancestral noche, capaz, por poco
que la imaginación menosprecie la tierra,
y sus divagaciones el intelecto deje
con esto y con aquello, de liberar al ser
humano de ese crimen que es morir y nacer.

Mi ser. Montashigi, tercero de su familia, hace
quinientos años hizo la espada: en torno a ella
reposan unas flores de no sé qué bordado
-púrpura corazón-; todo esto yo erijo
en emblema del día, contra la torre, emblema
de la noche, y exijo, como si poseyera
derecho de soldado, disfrutar la merced
de poder cometer el crimen otra vez.

Mi alma. Esa fase lunar en plenitud rebosa
y desciende a la cuenca de la mente a tal punto
que sordo, mudo y ciego al ser humano deja,
porque ya el intelecto no sabe distinguir
entre el ser y el deber, el saber y quien sabe;
o, dicho de otro modo, a los cielos asciende;
solo son perdonados los muertos; sin embargo,
mi lengua es una piedra si me pongo a pensarlo.

II
Mi ser. Un hombre vivo está ciego y su padre bebe.
¿Qué más dará si el agua de la acequia es impura?
¿Qué más dará si todo vuelvo a vivir de nuevo?
¿Si soporto el arduo trabajo de ir creciendo;
la ignominia de ser un muchacho; la angustia
del muchacho que va transformándose en hombre;
el hombre no acabado y ese dolor que siente
cuando arrostra su propia torpeza frente a frente,
el hombre ya acabado entre sus enemigos?
¿Cómo va él a escapar, en el nombre de Dios,
a esa envilecedora forma desfigurada
que el malintencionado espejo de otros ojos
a los suyos presenta hasta que finalmente
se piensa que esa forma acaso sea la suya?
¿Y qué más da escapar si luego lo hallará
el honor soportando el embate invernal?

Me doy por satisfecho si vuelvo a vivir todo,
una y otra vez, aunque la vida sea solo
echarse entre los huevos de rana de la acequia
de algún ciego –ese ciego que apalea a otros ciegos-;
o dentro de la acequia más fecunda de todas,
la locura que el hombre hace o debe sufrir
cuando a una mujer orgullosa corteja,
una mujer que no es su alma gemela.

Me doy por satisfecho con buscar el origen
de todo lo que ocurra, acción o pensamiento;
lo que en suerte medir y perdonar me toque.
Cuando el remordimiento alguien como yo aleja,
la dicha que le embarga el pecho es tan profunda
que no le queda más que reír y cantar:
una bendición es todo para nosotros,
y bendito está todo lo que ven nuestros ojos.

¿De dónde vinieron?

Es pasión la eternidad, al empezar muchacha
y muchacho a sentir gozo sexual exclaman:
<<para siempre jamás>>; después, al despertarse,
ignoran el papel de cada personaje:
exultante, algún hombre, por la pasión llevado,
declama unas frases que nunca ha imaginado;
esos lomos sumisos el flagelante azota
ignorando qué deber el dramaturgo imponga,
qué maestro hizo esa fusta. ¿De dónde vinieron
mano y fusta que a Roma frígida sometieron?
Y cuando Carlomagno, que al mundo transformó,
fue engendrado, ¿qué drama sacro la estremeció?

(W. B. Yeats. Antología poética. 4ª. ed. Selec. y pról. Seamus Heaney. Trad. Daniel Aguirre. Barcelona: Lumen, 2010)

 

Reconciliación

Te habrán culpado acaso de que robaste
Los versos que podrían alentarlos aquel día
Cuando ensordecida, con la vista cegada
Del relámpago te alejaste y sólo pude hallar
Yelmos y espadas, cosas medio olvidadas
Que eran como recuerdos de ti. Mas ahora
Saldremos otra vez, pues vive el mundo igual que hace mucho.
Arrojaremos al foso los yelmos, las coronas, las espadas.
Amada, abrázate a mí. Desde que te marchaste
Mi estéril pensamiento me ha helado hasta los huesos.

Todo puede tentarme

Todo puede tentarme a que me aleje
De este oficio de versos. Una vez
Fue un rostro de mujer, o aún peor,
Las aparentes exigencias de mi país
Conducido por necios. Ahora
Nada llega más pronto a la mano
Que esta labor acostumbrada. Cuando joven
Y aún no había gastado un penique por una canción
¿No la cantó el poeta con tales aires
Que se creyó tenía en su casa armas escondidas?
Sin embargo, ojalá fueran mis deseos ahora
Más fríos, mudos, sordos que los de un pez.

Meditación en tiempo de Guerra

En lo que dura la palpitación de una arteria,
Sentado en esa vieja piedra gris,
Bajo el árbol quebrado por el viento,
Supe que Uno es animado,
La humanidad inanimada fantasía.

Presencias

¡La noche ha sido tan extraña! Sentía
Que el pelo se me erizaba en la cabeza.
Desde la puesta del sol he soñado
Que mujeres riendo, tímidas o violentas,
Con un frufrú de encajes y de sedas
Subían mi escalera que crujía. Habían leído
Todo lo que rimara sobre esa cosa monstruosa
Del mutuo amor que no es correspondido, sin embargo.
Se paraban en la puerta también
Entre mi gran atril de leño y el hogar
Hasta que ya sentía sus corazones latiendo:
Una es una ramera, y otra una niña
Que jamás miró un hombre con deseo,
Y otra, bien puede ser, una reina.

(W. B. Yeats. Antología poética. Introd. selec. y trad. E. Caracciolo Trejo. Madrid: Espasa-Calpe, 1984)