Poemas para antes y después de navegar


  • Vicente Quirarte

    Qué extraño oficio éste que sigue
    luego de que los otros se han marchado.
    Uno se queda para vestir fantasmas
    y hacerles el traje a la medida.

    Aprender su lección de transparencia, ser de aire,
    manchar, cuando se pueda, el expediente,
    envilecernos más, glorificarnos
    en el lodo triunfal de la belleza.

    Labor de cada día, merecer lo que amamos,
    respirar este aire, nuestra herencia,
    hacer de cada minuto una obra de arte,
    afinar los engranes más que siempre.


    También el desierto es mar. También en sus arenas
    hay tempestades súbitas, cóleras sin freno.
    El desierto no olvida
    que alguna vez fue mar.


    No sé si llegaré a la edad que tiene mi alma.
    En muy pocos años he vivido
    la tempestad, el mar embravecido,
    sus instantes de paz insoportables.
    El beso de marineros no ha velado
    los rostros del animal que somos,
    del que con ellos soy.
    Nace viejo el que escribe.
    El tiempo afila en él sus armas, lo hace joven.


    El cielo es absoluto,
    más pleno que el mar.
    Se mira en ese espejo.
    Sabe brillar el mar en la bahía,
    ofrecer sus azules, sus azores,
    azorar al ingenuo, despertar a las vírgenes.
    Pule su escudo el mar, como si fuera
    armadura de un guerrero en sueño,
    dispuesto a despertar para el combate.


    Tus muslos no me dejan.
    Trato de no pensar en ellos y regresan
    como si se afanaran
    en ser olas de este mar en calma.

    Brillan siempre tus muslos,
    eternamente jóvenes y elásticos,
    delfines en pubertad naciente,
    celosos de ser contigo en tierra.
    Te desplazas con ellos
    ajena a los desastres que provocas,
    la interminable guerra que desatas,
    la sed nunca saciada de los tactos.

    (V. Quirarte. Melville en Jerusalem. Santiago de Querétaro, México: Universidad Autónoma de Querétaro, 2018)


  • Juan Pablo Riveros

    Formaciones

    En el inicio,
    cuando la armonía hacía un raro ruido,
    gemía el caos.

    Luego fue la procelosa apariencia del mar.

    En esta era,
    esta estrecha secuencia de tiempo
    se libera del Gran Tiempo,
    como una isla que se desprende de una península,
    de una banquiza silenciosa.

    Sed

    Ansío la luz
    como un sediento el agua.

    Un cinturón de vaga luminosidad
    se extiende a través del frío cielo.

    En el paraíso nieva.

    Silencio I

    Como una cascada que siempre condujera a un fin interminable,
    como un continuo sonido lejano
    o una violenta penetración en la conciencia.

    Como si el motor de un avión se detuviera en pleno vuelo,
    los pequeños ruidos toman conciencia de sí mismos.

    No hubo una quietud mayor.

    Señas I

    Apoyada en el horoizonte de la tarde,
    una estrella titila extrañamente.

    Un náufrago me hace señas
    en el océano celeste.

    Pero, a los 50 grados bajo cero,
    la nieve cubre mi rostro
    y desaparezco en un círculo infernal.

    Luz II

    Antes la había deseado ardientemente,
    pero en Junio la necesité con avidez.

    El farol
    y las velas
    vertían apenas
    los mínimos charcos del tesoro.

    (J. P. Riveros. Libro del frío. 2a ed. Temuco, Chile: Ofqui Editores, 2016)


  • Mariana Finochietto

    37

    Ya no quiero
    escribir sobre el amor
    ni sus sórdidos
    espejitos de colores,
    deslumbrantes baratijas
    de algún genio maligno.

    Ya no quiero
    escribir del desamor,
    ni de la loba herida
    que desgarra mi carne
    cada noche
    que el insomnio
    me derrota.

    Me bebí de un trago
    las grandes palabras
    y ahora
    sólo quiero
    sentarme a la orilla de un
    verso
    que me sane.

    22

    Como quien se queda esperando el tren
    y se pierde mirando los galpones de chapa
    erguidos e impunes contra el horizonte.

    Como quien recuerda que carga valijas
    y comprende el peso
    del polvo de siglos dormido en las vías.

    Como quien se cansa de aguardar la tarde
    sentado en un banco más solo
    que el andén desierto de hierro y madera.

    Como quien despierta de una pesadilla
    y entiende de pronto que ya no hay regresos,
    que no habrá partidas.

    Estirpe

    Hay mujeres
    que llevan
    entre los dedos la fragilidad,
    como gemas del aire.
    Aves raras,
    de delicada belleza,
    cuando sonríen,
    la risa las penetra
    como si le bastara ir hacia adentro
    para comprender la felicidad.
    Se mueven
    en este territorio blanco
    entre la madurez y la ingenuidad,
    porque nacieron viejas
    y van, como en sueños,
    hacia la inocencia.
    Son de la estirpe que no baja los ojos:
    las que heredarán la tierra.

    Desde mis pies

    Desde mis pies
    hasta el mechón de pelo
    que corona mi frente de señora gentil,
    desde los huesos
    de mis anchas caderas de parir,
    a los hombros
    donde a veces reposó la lluvia,
    desde mis manos de jardinera,
    mi lengua
    de amar y maldecir,
    mis ojos y la perra presbicia
    que llega,
    con el hambre de la edad,
    nada en mi cuerpo,
    nada,
    aprendió a esperar el tiempo del deseo.

    La voz lisiada

    A veces digo
    y otra veces
    no.
    El silencio
    es muñón de la lengua nacida para callar,
    esa voz lisiada
    de las mujeres de mi generación
    que alternan la canción de cuna y el gemido,
    y se aguantan.
    Madre,
    ¿qué cordón de seda me anudaste
    en la garganta?
    ¿Dónde canta, abierta, la voz de las mujeres
    que aprendimos a callar?
    ¿Dónde se abre el cuero para liberar la sed?
    La grieta
    abre el cuerpo a la mitad,
    en el desgarro crece la palabra
    como las flores brotan de la piedra.

    IX

    Harta de mí
    comienzo a disgregarme.
    Suelto
    pedacitos de mí,
    como palomas
    que un mago triste abandonó en la plaza.

    (M. Finochietto. Quiero sacar la cabeza por la ventanilla de tu coche. Poesía reunida. Chihuahua, Chihuahua, México: Medusa Editores, 2024)