María Victoria Reyzábal

amor…

amor:
durante muchos años te alimentaste de mí.
me mordías los dedos de la piel, las venas del cabello,
las espuelas de los órganos.
ahora estoy acabada, en otro tiempo fui algo,
hombre o mujer, crisálida. no recuerdo. tenía saliva
entre las piernas. y luna en la alcoba.
también te llevaste mi tinta, todo. me dejaste una
pluma en desuso y entera la caligrafía de la soledad.
qué culpa tienes, si no distingues entre aulladores
y poetas?
pocas, pero alguna vez, lloraste por mí,
la mayoría me regalaste hielo. luego,
se cumplió lo temido, y… no es tan
atroz como esperaba.

con mimbres hice mi carabela…

con mimbres hice mi carabela
mis abalorios
mis nuevos continentes
hasta que el rayo del deseo
nos brotó llama
y partimos despojados
hacia nosotros

y el pensamiento…

y el pensamiento
era un remolino asesino
una cascada que se destrozaba
contra las rocas
de la angustia
deshojando
obsesiones
hasta que al fin
se templó
calló
y empezó el sosiego

(Sharon Keefe Ugalde. En voz alta. Las poetas de las generaciones de los 50 y los 70. Antología. Madrid: Ediciones Hiperión, 2007)

Francisca Aguirre

Espejismo: Penélope y la mujer de Lot

Me he quedado parada
a mitad del pasillo
y hacia atrás he vuelto los ojos,
hacia mis tiernas construcciones,
a mis primeras tentativas,
ésas que amarraba a mi vida
como los lazos a mis trenzas.
He contemplado detenidamente,
sin apasionamiento
aunque con algo de nostalgia,
los ansiosos esfuerzos
de estos treinta y seis años míos.
Me he aproximado a todo ello
con la insistencia de un miope.
Me he detenido largamente
en felices sucesos,
en tardes prodigiosas,
en el sexo y sus galas nocturnas.
Y he visto, con asombro y espanto,
este andamiaje de segundos
borrándose bajo un acuoso salitre,
y he luchado desesperadamente
contra esa solidez de sal y lágrima
que poco a poco me va inmovilizando.

Reserva natural

Con todo lo que hay dentro de mí
que araña, que se queja,
que duele y se resiste,
con todo eso voy a hacer mi invernadero,
mi parque, mi reserva natural.
Así nadie podrá acusarme
de atentar contra la continuidad de la especie.
En mi reserva
pastarán las fieras
y crecerán las plantas carnívoras;
allí estarán desde el insecto al cocodrilo
todas mis conocidas bestias,
y yo me encargaré de su alimento y su custodia.
Pero sabedlo,
la entrada está prohibida.
Mis animales y mi selva
no son para turistas o estudiantes,
mis animales pueden matar:
extranjeros,
no rocéis la puerta.
Pasad, pasad de largo,
es peligrosa esta reserva.

La otra música

¿Qué música te cantan?
¿Por qué te cantan esa música?
¿Y para qué la escuchas
como si te trajese algún mensaje
y no silencios desarticulados,
timbales de distancia,
calderones de llanto oscuro?
Esa música suena a guerra macilenta,
a deserción en campo de batalla,
a despojo que corre
contagiando desdicha.
No creas esa música,
no la dejes medrar,
ocúltale tu corazón,
cállalo a tientas.
Cúbrete de esa música de espanto
o te destrozará.

(Sharon Keefe Ugalde. En voz alta. Las poetas de las generaciones de los 50 y los 70. Antología. Madrid: Ediciones Hiperión, 2007)

Robert Louis Stevenson

Yo, a quien Apolo visitó alguna vez

Yo, a quien Apolo visitó alguna vez,
o visitar fingió, ahora, acabado ya mi día,
del todo duermo; y en absoluto sabré
del cansancio de los cambios; y no veré
a las inconmensurables arenas de los siglos
beber de la blanqueante tinta, ni a la música
ahogada por el estrépito de las generaciones.

Canta más claro, Musa

Canta más claro, Musa, o calla para siempre jamás,
¡sé más sincera o no cantes ya más!
Que la voz del melancólico Jacques ya no despierte
un eco quejumbroso en la colina;
sino que al igual que el niño, pirata de primavera,
coge del olmo verde un pinzón vivo,
rescata un verso natural… y después guarda silencio.

Los más viejos amigos

Para viejos y jóvenes es un hecho sabido,
y además no admite mentís ni vuelta,
que son los más queridos los más viejos amigos
y están los jóvenes tan sólo a prueba.

De viejos y de jóvenes existe un rival fiero,
y es justamente quien se me ha llevado;
pues son los más seguros los amigos más viejos,
y casi todos me han ya abandonado.

Hoy aún corazones buenos, para que amigos
los llenen, o los rompan mentecatos;
pero son lo más íntimos los más viejos amigos,
y es en la tumba donde hay que buscarlos.

Junto al terreno

Junto al terreno del jardín cubierto,
en extraño silencio están los árboles.
Nunca pareció tan profundo el valle,
nunca la colina tan elevada.

Una espantosa sensación de calma,
un henchimiento de cabal reposo,
alienta desde el rociado césped
y las hileras del jardín callado.

Como cascos de caballos oídos
a través de una llanura, a lo lejos,
un íntimo saber de ideas grandes
conmueve vagamente mi cerebro.

Apoyo la cabeza sobre un brazo,
rebosa el alma, no deja pensar;
en ella, como el rugir de los mares,
se hunde el silencio de la mañana.

Los que viajan lejos

El inmenso sol,
      el brillante día:
velas blancas
      sobre la azul bahía:
los que viajan lejos
      desaparecen.

Encended los fuegos,
      cerrad la puerta.
Al viejo hogar,
      a la costa querida,
los que viajan lejos
      ya nunca vuelven.

(R. L. Stevenson. De vuelta del mar. Antología poética. Ed. bilingüe. Ed. y trad. Javier Marías. Introd. Luis Antonio de Villena. Barcelona: Penguin Random House Grupo Editorial, 2019)