Martha Favila

Como tener un estropajo
en vez de lengua,
como sentir metal entre los dientes,
como querer gritar y tener
una cuerda que corta la garganta.

Hay sentimientos que se quedan atorados
como las burbujas que agito
de un refresco:
presión en movimiento
sin escape.

***

No saber sobre la propia muerte
alimenta el ansia de la espera.

Es una herida punzante,
es la punta de un tallo que vencido
se aproxima
a la tierra.

¡Ay multitud de mí
con la nostalgia en todo el cuerpo!

***

Caras nuevas
corazones viejos,
desechados,
flácidos,
sosos,
falsos,
vanos;

hacia allá
tus pasos decididos,
hacia todo aquello
que es la nada.

***

Cuando la imagen
desaparezca de mis ojos
tejeré la silueta
de tu cuerpo
con hilos arrancados
a tu sombra

***

El sol es distinto
en soledad:
toca la piel, la besa
sin besarla; se siente
apenas como el vaho
de un suspiro.

***

Cuando me miro al espejo
y me doy cuenta
que soy la misma de todos los días
me maquillo
en cuerpo y alma.

(M. Favila. La frente de las cosas. Poesía reunida 1988-2008. Pról. Antonio Deltoro. Santiago de Queretaro, México: Instituto Queretano de la Cultura y las Artes, 2008)

José Moreno Villa

El tapiz persa

Pasan tus ojos inquietos
por el tapiz oriental…
Signos de cábala, enigmas,
policromías, quizás
por el bosque de sus líneas
caminando, pensarás
que estas rayas que se cruzan,
y que vuelven y se van,
y se rizan locamente,
las trazó tu pie al andar.

Tu pie, pobre pie de ciego,
que no sabe a dónde va,
ni por qué es dura la tierra,
ni por qué tiene que andar…
Pie de ciego, que ha pintado
de carmín la blanca paz
del sendero, y consentido
su esperanza derramar,
como un hilo verde, encima
del tapiz de la verdad.

XVI

La nube del recuerdo, ligera y fugitiva
me devolvió a la selva; la de mis agonías.

Deber y afán luchaban su lucha sempiterna.
Yo los miré con ojos muertos, de indiferencia.

Aquellos fuertes brazos clamorosos, enhiestos,
de la selva, miraban derrotados al suelo.

La ternura del verde mocil y floreciente,
se tiñó de amarillo como los penitentes.

De fijo está el horario sobre la hora negra
-me dije-. Y una voz congelada y abyecta,

vaticinó: <<La ira de Dios será contigo.
Acabarás en llamas; en el cielo está escrito.

Un amor muerto clama sin paz ni sepultura.
Tu rigidez ha muerto al amor en su cuna>>.

Cantar siempre

La labor pide canto. Canto pide el trabajo.
Se mitiga cantando la fatiga;
y cantando se engríen y estimulan
los destinados a forjar el mundo.

Somos sus forjadores. Nuestro mundo
no es solamente la manzana Tierra.
Nuestro mundo es la faz que le imprimimos.
La faz terrestre cambia bajo el ritmo,
y la palabra de nuestras canciones.

Hay que cantar en la secante brega;
un canto de minero,
un canto de trillero,
un canto de marino,
un canto de soldado,
un cántico de vuelo en noche altiva.

Y no importa que el canto sea de llanto.
Hay quien llora de alegre suspensión.
Los miedos de la vida sobrepasé cantando.
Cantando me apercibo al miedo de la muerte.

(Antología Cátedra de Poesía de las Letras Hispánicas. Selec. e introd. José Francisco Ruiz Casanova. 11a ed. corr. y aum. Letras Hispánicas 500. Madrid: Cátedra, 2014)

Sonja Åkesson

Hilos

¿Muerta? ¿Yo? ¡Qué ocurrencia!
Sé muy bien que existo
Tan sola como estoy
y con el miedo que le tengo a la muerte (banal, ¿verdad?).

Si ustedes también tienen miedo
al menos
no se comportan tan estúpidamente.

Si ustedes también están solos
no se les nota,
al menos no de la misma manera,
así tan claramente, caramba.

Me imagino un montón de hilos.
Como en ese sociograma,
ustedes tienen un montón de hilos entre ustedes.

Ustedes hablan y se ríen y susurran.
Discuten:
por ejemplo sobre la soledad.

<<La soledad en la gran ciudad>>
<<La soledad en el ascensor>>
<<La soledad del nacimiento
a la muerte>>

A mi alrededor cuelgan los hilos sueltos
y envolventes.
Al menor intento, al primer paso,
me enredo, fracaso,
tengo aún más miedo.

Sencillamente tengo pánico a morir.

La Culpa

La Culpa viene arrastrándose.
La Culpa no tiene hogar.
A la Culpa le gustaría tener un hogar.

Rechazo la Culpa.
La Culpa no es mía.
Yo no soy una especie de hogar
aunque ella lo crea.
Ni amo ni dueña
aunque ella lo crea.
Sólo soy un niño, casi.
Sólo un juguete.

Posiblemente sea juguete de la Culpa.
Yo no quiero ser el juguete de la Culpa.
¡Debería largarse!
Pero ¿adónde?
Así que se queda.

A veces está en silencio.
A veces la Culpa está tumbada durmiendo
Es entonces cuando uno – ¡no!
Ella aguza los oídos.

Se lamenta.
Aúlla.
No tiene hogar.

Nadie quiere acogerla.
Ninguna persona quiere tenerla.
Dios no quiere tenerla.
No pueden ser más que habladurías
el que Dios quiera tenerla.

Pero vive.
Tiene derecho a lo suyo.

¿No hay nadie a quien uno pueda dirigirse
para que te ayude con la Culpa?
No.
No hay ningún asistente social o auxiliar,
ni una casa de acogida de refugiados,
ni un lugar de olvido de ningún tipo.

Claro que están los que dicen
que asumen la Culpa.
¡No los creas nunca!
No se puede asumir la Culpa.
La Culpa se introduce en uno subrepticiamente.
Debajo de la piel, en el bazo, en la médula.
Pero la Culpa no tiene allí su hogar.
La culpa no tiene hogar.

Monólogo

Déjalo.
No me tortures.
Como bien ves el niño está cansado
y necesita descansar.

Calla. Déjalo ya.
Deja ya
de silbar esa horrible salmodia.
Deja ya de meter bulla.
El niño tiene miedo ya lo sabes
cuando le viene la sangre.

Así que no me tortures.
Déjalo.
Deja de hablar y perderte y eructar.
Deja de dormir.
Como sabes el niño va a morir.
Necesita valor.

Clavo la vista…

Clavo la vista en el agujero negro.
¿Qué coño de agujero negro?
Clavo la vista en el agujero negro.
¿Qué coño de jodido agujero negro?
Clavo la vista en el agujero negro.
¿Qué agujero negro pues?
Clavo la vista en el agujero
negro.

¿<<Peor>>?

Está ahí tirado pataleando
jadeando y babeando
porque tiene, claro, alguna especie de pulmones
y carne en la boca y labios
y glándulas salivares.

¡Qué espectáculo!
¡Suerte que los pulmones no estén en las piernas!
¿<<Suerte>>?

(S. Åkesson. Vivo en Suecia. Antología poética. Ed. bilingüe. Trad. y pról. Francisco J. Uriz. Madrid / Mexico: Vaso Roto Ediciones, 2015)