John Burnside

Pensaba que vendría al amanecer:
oscuros pasos cruzando el patio, o una sombra
tímida en un ángulo del muro,

trazas de rocío o de nieve en el armario
de abajo, o una ocurrencia de mirra
disuelta en bruma en la bruma del espejo del baño;

y, aún hoy, cuando todo conduce
a la duda, imagino ese retorno,
distinto al del dios del que me hablaban

en la catequesis: más atmósfera que carne,
parecido a una frecuencia, a una
estática, al ruido rosa de la radio:

la voz de todas las cosas: la música
que me prometía el sueño
de la niñez, cuando la primera nevada alcanzaba

el bordillo de la espera y su constancia
-la del sosiego por venir, la de la grácil revelación-
flotaba entre lo buscado y lo entregado.

Penitencia

Tiempo para regresar y releerlo todo,
cubriendo de blanco las palabras que entiendes
hasta que nada sea visible sino esto:

avergonzado, evangelio, prudente, inexacto,
patrimonio, silencio, golpe de estado.

Tiempo para rehusar tus quince minutos de fama,
el premio que ganaste y que no puedes aceptar,
la letra pequeña del documento, la prima de no reclamación.

Fuera, en la oscuridad, en el frío, en un destello de la nieve,
algo inesperadamente vuelve, para dar testimonio:
una sombra, un fantasma, tu doble, u otro que
se te parece, o que se parecería a ti, si estuvieras,
vuelve para desentrañar el fantasma de un fuego extinto,
y revolviendo la escoria y la ceniza, recobrar el ritmo del corazón.

***

De madrugada,
despierto y solo,
aguardando que nieve, o mirando nevar,
desde mi alto aposento;

lejano como estoy de casa
y tan desconocido como me siento,

¿qué podría preferir, realmente,
al peso del yo?

Su destreza, en noches como esta,
su inmutable gracia:
los únicos medios de que dispongo
para dar testimonio.

Más allá

Cuando hayamos partido
nuestras vidas seguirán sin nosotros;

cuando menos eso creemos,
y hasta tratamos de imaginar

el hueco que dejaremos, lleno
del fulgor de algún otro:

a otro recogiendo los frutos
del ciruelo, del jardín;

a otro a lo suyo, en un cuarto
repleto de estrellas,

sin sacar nada en claro
que no sea

el falido goce, la inarticulada
convicción de que el después no vendrá

sin que aceptemos
desapegarnos de las cosas

y dejemos escapar
el fantasma de un alma

que solo aparentaba ser
al pasar.

El cuerpo como metáfora

Solo podemos imaginar que termine
como la infancia o la lluvia:
la fiebre, el pespuntar de los huesos, el remendado
lustre del yo, todo purpurina y encajes,

como si se hubiese decidido hace mucho
que la carne es un periplo,
algo inmenso que corre por la sangre,
como un verano de acacias,

o algo no tan visible, fugaz,
como las semillas del abedul, o un cable
que se conecta, en el sueño y el éxtasis, con la mano
tendida desde la luz, para abrirla o cerrarla.

(J. Burnside. Dones. Trad. Juan Antonio Montiel. Barcelona: Lumen, 2013)

Idea Vilariño

Te estoy llamando

Amor
desde la sombra
desde el dolor
amor
te estoy llamando
desde el pozo asfixiante del recuerdo
sin nada que me sirva ni te espere.
Te estoy llamando
amor
como al destino
como al sueño
a la paz
te estoy llamando
con la voz
con el cuerpo
con la vida
con todo lo que tengo
y que no tengo
con desesperación
con sed
con llanto
como si fueras aire
y yo me ahogara
como si fueras luz
y me muriera.
Desde una noche ciega
desde olvido
desde horas cerradas
en lo solo
sin lágrimas ni amor
te estoy llamando
como a la muerte
amor
como a la muerte.

(1957)

Casi todas las veces

Conozco tu ternura
como la misma palma de mi mano.
A veces entre sueños la recuerdo
como si ya la hubiese perdido alguna vez.
Casi todas las noches
casi todas las veces que me duermo
en ese mismo instante
tú con tu grave abrazo me confinas
me rodeas
me envuelves en la tibia caverna de tu sueño
y apoyas mi cabeza sobre tu hombro.

(1969)

Ahora soy una mano,
una mano tendida,
una mano vacía,
abierta, azul y helada.

Para qué las violetas
y para qué la vida.
Para nada.

Ahora soy unos ojos,
unos ojos sin llamas
que se alargan vacíos
en la luz desolada.

Para qué los jazmines
y para qué la vida.
Para nada.

¿Y las claras estrellas
y las hojas caídas
y los libros azules
y las cuerdas del arpa
y los brazos en alto
y las manos transidas
y los gritos del cuerpo
y los gritos del alma?
Ah, no sé, ya no sé.

He quemado mi frente,
he quemado
los candores más íntimos,
la más alta esperanza,
he quemado mis panes
y he quemado mis trigos,
he quemado mi tierra
y he quemado mi agua.

Y ahora qué.
Ah, los ojos,
estos ojos sin nada.

(1941)

Si no quiero

Si no quiero
si no estoy esperando
si es mentira
si lo hago por vivir
por ir pasando
si estoy aquí sin sueños
sin esperanza y
sin nada que me sirva
ni le sirva a la vida
y los miro sin asco
con paciencia
y me digo
se creen todo se
dedican a la vida
sufren
no dudan nunca
miran besan se ríen
y sin sospechar nada
aseguran que aman.

(1952)

Todo es muy simple

Todo es muy simple mucho
más simple y sin embargo
aun así hay momentos
en que es demasiado para mí
en que no entiendo
y no sé si reírme a carcajadas
o si llorar de miedo
o estarme aquí sin llanto
sin risas
en silencio
asumiendo mi vida
mi tránsito
mi tiempo.

(1962)

Este dolor, raíz, esencia de este
pobre cuerpo que habito, que soy,
que me hace ser,
este dolor sin ecos,
de pétalo arrancado,
que a veces totalmente se vacía en mi forma,
que es como una ventana cerrada al infinito.
Este dolor oscuro, rasgado, delirante,
ese dolor que a veces tiene mi misma forma,
que me hacer creer que soy,
sin cuerpo, sin sentidos, sin dolor,
sólo un grito en la sombra.
Este dolor de fuego quemando mis paredes,
consumiendo mis noches en su llama amarilla,
este dolor de grito desgarrado,
de luna destrozada.
Este dolor, mi vida, esta agonía.
Este dolor, mi cuerpo.

(1942)

(I. Vilariño. Poesía completa. Barcelona: Lumen, 2016)

Martha Favila

Como tener un estropajo
en vez de lengua,
como sentir metal entre los dientes,
como querer gritar y tener
una cuerda que corta la garganta.

Hay sentimientos que se quedan atorados
como las burbujas que agito
de un refresco:
presión en movimiento
sin escape.

***

No saber sobre la propia muerte
alimenta el ansia de la espera.

Es una herida punzante,
es la punta de un tallo que vencido
se aproxima
a la tierra.

¡Ay multitud de mí
con la nostalgia en todo el cuerpo!

***

Caras nuevas
corazones viejos,
desechados,
flácidos,
sosos,
falsos,
vanos;

hacia allá
tus pasos decididos,
hacia todo aquello
que es la nada.

***

Cuando la imagen
desaparezca de mis ojos
tejeré la silueta
de tu cuerpo
con hilos arrancados
a tu sombra

***

El sol es distinto
en soledad:
toca la piel, la besa
sin besarla; se siente
apenas como el vaho
de un suspiro.

***

Cuando me miro al espejo
y me doy cuenta
que soy la misma de todos los días
me maquillo
en cuerpo y alma.

(M. Favila. La frente de las cosas. Poesía reunida 1988-2008. Pról. Antonio Deltoro. Santiago de Queretaro, México: Instituto Queretano de la Cultura y las Artes, 2008)