Emily Dickinson

340

Sentí un Funeral, en los Sesos,
y Dolientes aquí y allá
que pisaban – pisaban – parecióme
que el Sentido calaba –

y cuando todos se sentaron,
un Oficio, un Tambor –
que golpeba – golpeba – hasta sentir
en la mente un torpor –

y entonces les oí izar una Caja
y crujirles por mi Alma
las Botas de Plomo, otra vez,
luego Espacio – doblaba,

tal Campana fueran los Cielos,
y el Ser, un mero Oído,
y yo, y Silencio, Raza extraña
aquí, a solas, hundidos –

355

No era la Muerte, pues yo me erguí,
y todos los Muertos, yacen –
no era Noche, pues toda Campana
sacó la Lengua, a las Doce.

No era Escarcha, pues por mi Carne
sentí Sirocos – trepar –
ni Fuego – pues mis pies de mármol solo
matendrán fría un Ara –

y no obstate, sabía, a todos ellos,
las Figuras que ya vi
dispuestas, para la Tumba,
me recordaron, la mía –

tal si afeitaran mi vida,
y la adaptaran a un marco,
y respirar sin llave no pudiera,
y era cual Medianoche, algo –

cuando todo tic tic – ha cesado –
y el espacio en torno – escruta –
o Atroces hielos – albas de Otoño,
la Tierra Latente abrogan –

pero, aún más cual Caos -Imparable – frío –
sin Oportunidad alguna, o mastelero –
o ni siquiera un Rumor de Tierra –
para justificar – el Desespero.

581

Claro – yo rezaba –
¿y a Dios le Importaba?
Importábale tanto cual si en el Aire
pataleara – un Pájaro –
y gritara <<Dame>> –
mi Razón – Vida –
no tuve – sino para Ti –
Mayor Caridad fuera
dejarme en la Tumba del Átomo –
risueña, y nada, y gaya, y atónica –
que esta viva Miseria.

935

Como el Dolor, imperceptible,
se alejaba el Estío –
tan imperceptible, que a lo último
no pareció Perfidia –
una Quietud destilada,
como avanzado Crepúsculo,
o Natura pasando a solas
una Tarde Recluida –
el Ocaso entraba antes –
el Alba extraña ardía –
cortés, pero saqueada Gracia,
tal Huésped, que se iría –
y así, sin un Ala
ni de una Quilla el uso
Nuestra Estación huyó ligera
luz en lo Hermoso –

(E. Dickinson. 71 poemas. Ed. y trad. Nicole d’Amounville Alegría. Barcelona: Lumen, 2005)

Abbas Beydoun

Un deseo insatisfecho

Las hojas que enrojecen con fuerza antes de caer y los anhelos que se inflaman sin cumplirse, nos los frotamos contra la piel mientras el frío del otoño respira por la tela de nuestras camisas. Vemos montones, pero no podemos tirar así como así nuestro placer en la calle, agobia la ceniza espesa del deseo insatisfecho.

El soldado

Ahora voy a ser el soldado de mi vida. La sirvo como sirvo a mi bandera. El soldadito de mi vida soy, mi sola tarea es desfilar. Yo con mis zapatos lo haré. El viento en la cara. En mi pecho canta, avanzo. Se enciende mi sangre, me chorrea la existencia por la camisa, avanzo. Firmes las rodillas, llenas de secretos y de fuerza, avanzo. Pasos rotundos y prietos, imprimo mi corazón, imprimo mi alma, le doy un puntapié, avanzo. A cada paso encierro y libero una vida bajo mi pie, levanto y aplasto mi destino. Ahí está, el soldadito de mi vida, mi sola tarea es desfilar.

Calles

Donde se encuentran dos calles, cuando necesito ser un punto me paro ahí. Con la intersección de cuatro me convierto en una esquina. Cuando mis ojos se encuentran con el asfalto, no me devuelve la mirada y huye a toda prisa. Quizá se pare antes del final y se vuelva y me mire. Mi alma le sigue y se diluye en la lejanía. Mi mirada se difumina en la luminosidad. Se vacía sin trazas de ceguera. Quizá me esté observando sin yo saberlo. Quizá se funda con el aire y la luz y se esparza con ellos. La calle no me devuelve mi cara, en su negro ojo asfáltico no me es posible reconocerme, no logro verla en el trasiego incesante de cuatro calles. Tengo la esperanza de que el tráfico pare y el silbato del guardia me despierte, tengo la esperanza de que mi alma, que ha enloquecido con las prisas y el trasiego, vuelva a mí. En realidad nada se para, todavía no necesito mis pasos, mis ojos son esa negrura asfáltica y mi alma mi camino.

La inspiración

Los poemas que le he arrancado al hastío a la vista está que me han costado. Que fue dura la batalla, que disputé cada palabra tumbado en la cama. Salieron a trancas y barrancas y hasta de la pluma con que los escribí me hube de ganar con paciencia la tinta clara. Si he de decirlo con imágenes, diría que al escarbar, surgieron con heridas en el rostro de las palabras, no llegaron fácilmente, vinieron llenos de rasguños y todos cubiertos de polvo.
Resumiendo, no llegaron por inspiración ni por ningún otro arte de magia. Fueron cosa, sin duda, de mis huesos anquilosados, mi oído duro al que le costaba captarlos, y mi dificultad para respirar que aumentaba según los perseguía.
Fueron cuatro poemas que me dejé bajo un montón en un hotel, y cuando sin saber cómo, los recuperé, vi que servían, que el destino los había señalado. Pero no siempre fue así, la estilográfica borboteó y me dejó en los dedos unas manchas oscuras que me recordaron la lucha en la cama, que los extraje uno a uno del hastío y la soledad, quizá de un desierto anímico, por la noche. Pero la tinta se fue al mero contacto con el agua, y lo único que significó aquello es que otra vez, quizá por mucho tiempo, había perdido la inspiración.

(A. Beydoun. Un minuto de retraso sobre lo real. Trad. y pról. Luz Gómez García. Madrid: Vaso Roto Ediciones, 2012)

Constantino Cavafis

La ciudad
(1910)

Dijiste <<Iré a otra tierra, iré a otro mar.
Otra ciudad ha de haber mejor que esta.
Cada esfuerzo mío es una condena dictada;
y mi corazón está -como un muerto- enterrado.
¿Hasta cuando seguirá mi alma en este marasmo?
Adonde vuelva mis ojos, adonde quiera que mire
veo aquí las negras ruinas de mi vida,
donde pasé tantos años que arruiné y perdí>>

No hallarás nuevas tierras, no hallarás otros mares.
La ciudad te seguirá.
Vagarás por las mismas calles.
Y en los mismos barrios te harás viejo;
y entre las mismas paredes irás encaneciendo.
Siempre llegarás a esta ciudad. Para otra tierra -no lo esperes-
no tienes barco, no hay camino.
Como arruinaste aquí tu vida,
en este pequeño rincón,
así en toda la tierra la echaste a perder.

Troyanos
(1905)

Son nuestras fatigas, las de los infortunados,
son nuestras fatigas como las de los troyanos.
A poco que triunfemos; a poco que orgullosos
nos sintamos, comenzamos ya
a tener ánimo y buenas esperanzas.

Pero siempre ocurre algo y nos detiene.
Aquiles surge en la trinchera ante nosotros
y a grandes voces nos espanta.

Son nuestras fatigas como las de los troyanos.
Pensamos que con arrojo y decisión
vamos a mudar la hostilidad de la fortuna
y nos echamos fuera a pelear.

Mas cuando llega el momento decisivo,
el arrojo y decisión se desvanecen;
se turba nuestra alma y paraliza;
y en redor corremos de los muros
buscando salvarnos en la huida.

Nuestra derrota es, sin embargo, segura.
Arriba, en las murallas, el treno ya ha empezado.
De nuestros días lloran recuerdos y pasiones.
Con amargura lloran por nosotros Príamo y Hécuba.

Vuelve
(1912)

Vuelve muchas veces y tómame,
sensación amada, vuelve y tómame-
cuando el recuerdo del cuerpo despierta
y un viejo deseo recorre la sangre;
cuando los labios y la piel recuerdan
y sienten las manos como si de nuevo palparan.
Vuelve muchas veces y tómame en la noche,
cuando los labios y la piel recuerdan…

Cuando despierten
(1916)

Intenta guardarlas, poeta,
por pocas que sean las que puedan detenerse,
las visiones de tus amoríos.
Ponlas a escondidas en tus frases.
Intenta, poeta, retenerlas
cuando despierten en tu cabeza
de noche o a la luz del mediodía.

Las ventanas
(1903)

En estas alcobas oscuras, donde paso
días de angustia, ando arriba y abajo
buscando las ventanas. -Cuando se abra
una ventana tendré consuelo-.
Pero las ventanas no aparecen o no puedo
encontrarlas. Mejor quizá no hallarlas.
Quizá la luz sería una nueva tiranía.
Quién sabe qué de nuevo nos traería.

Murallas
(1896)

Sin miramiento, sin piedad, sin pudor
grandes y altas murallas en torno mío levantaron.

Y ahora estoy aquí sin esperanza.
No pienso en otra cosa: este destino devora mi razón;

porque fuera, mucho tenía yo que hacer.
¿Por qué, ay, no reparé cuando iban levantando la muralla?

Mas nunca oí el ruido ni la voz de sus autores.
Sin sentirlo, fuera del mundo me cercaron.

(C. P. Cavafis. Poesía completa. 6a ed. Ed., trad. del griego, introd. y notas Pedro Bádenas de la Peña. Madrid: Alianza Editorial, 2011)

Regresa

Regresa con frecuencia y tómame,
amada sensación; regresa y tómame.
Cuando despierte el recuerdo en mi cuerpo,
y el antiguo deseo me recorra la sangre,
cuando los labios y la piel recuerden
y sienta aquellas manos que aún me tocan,
regresa con frecuencia, y tómame en la noche
cuando los labios y la piel recuerdan.
1912

Los caballos de Aquiles

Cuando vieron a Patroclo muerto,
tan fuerte, joven y gallardo,
prorrumpieron en llanto los caballos de Aquiles.

Su naturaleza inmortal se conmovió
al ver la obra de la muerte;
movieron las cabezas, agitaron las crines en el aire
y golpearon la tierra con sus patas.

Lloraban a Patroclo al darse cuenta que estaba sin vida,
al ver su carne inerte,
su alma perdida, sin aliento, salida a la gran nada.

Zeus vio las lágrimas de los inmortales caballos
y se entristeció: “No debí de actuar impulsivamente
en la boda de Peleo. No debí regalarlos.
Tristes caballos.

¿Qué tenían que hacer allá,
entre los desdichados humanos, juguetes del destino?
Ustedes, para quienes no existe la muerte ni la vejez,
si algún problema humano los alcanza
caerán también en la desdicha”.

Sin embargo, los caballos continúan llorando
por el interminable desastre que es la muerte.
A. 1911

Deseos

Como bellos cuerpos que murieron jóvenes,
encerrados con lágrimas en ricos mausoleos,
con rosas en el pelo y a los pies jazmines,
se ven los deseos que pasaron sin cumplirse,
sin que alguno de ellos haya alcanzado
la plenitud de una delicia sensual,
o un amanecer iluminado por la luna.
A. 1911

(C. Cavafis. Poemas completos. Trad. Cayetano Cantú. Pról. F. José Férez Kuri. 3a. ed. México: Diógenes, 1987)

Ítaca

Cuando emprendas el viaje hacia Ítaca,
ruega que tu camino sea largo
y rico en aventuras y descubrimientos.
No temas a lestrigones, a cíclopes o al fiero Poseidón;
no lo encontrarás en tu camino
si mantienes en alto tu ideal,
si tu cuerpo y alma se conservan puros.
Nunca verás los lestrigones, los cíclopes o a Poseidón,
si de ti no provienen,
si tu alma no los imagina.

Ruega que tu camino sea largo,
que sean muchas las mañanas de verano,
cuando con placer llegues a puertos
que descubras por primera vez.
Ancla en mercados fenicios y compra cosas bellas:
madreperla, coral, ámbar, ébano
y voluptuosos perfumes de toda clase.
Compra todos los aromas sensuales que puedas;
ve a las ciudades egipcias y aprende de los sabios.

Siempre ten a Ítaca en tu mente;
llegar allí es tu meta, pero no apresures el viaje.
Es mejor que dure mucho,
mejor anclar cuando estés viejo.
Pleno con la experiencia del viaje,
no esperes la riqueza de Ítaca.
Ítaca te ha dado un bello viaje.
Sin ella nunca lo hubieras emprendido;
pero no tiene más que ofrecerte,
y si la encuentras pobre, Ítaca no te defraudó.

Con la sabiduría ganada, con tanta experiencia,
habrás comprendido lo que las Ítacas significan.
1911

Hedonismo

El gozo y la esencia de mi vida
es el recuerdo de las horas en que encontré
y retuve el placer como quise.

El gozo y la esencia de mi vida
fue así, para mí
que rehusé todo el sabor de los amores de rutina.
1917

(C. Cavafis. Poesía erótica. Trad. Cayetano Cantú. Xalapa, Veracruz: Instituto Veracruzano de Cultura, 1997)