Poemas para antes y después de navegar


  • Amparo Dávila

    Cuando despierta el tacto

    Cuando despierta el tacto
    y se alarga el infinito
    en el tiempo suspendido,
    cuando cada poro
    es como tentáculo ávido
    de sensaciones, de color,
    de sonidos precisos;
    cuando las imágenes desleídas
    vuelven otra vez, habitadas,
    y cruzan en procesión
    por el abierto escenario:

    pasan ciudades bajo la niebla,
    oscuros pueblos cerrados,
    sombrías ventanas húmedas;
    pasan máscaras, muñecas rotas,
    lentos desenterrados sin rumbo,
    lágrimas secas y oscuras sonrisas
    apenas entreabiertas;

    siguen pasando;
    mutiladas estatuas,
    fragmentos de luna,
    esqueletos de rosas,
    amarillos papales con olor
    a despedida, a clausuradas esperanzas;
    pasan también en agobio
    los lejanos horizontes del sueño
    y caminos y mares
    y mundos imposibles.

    Hay cadenas que detienen,
    raíces que se aferran
    a la tierra que las sustenta
    como el hijo a la madre,
    y se ahondan, se alargan en el origen
    definiendo posiciones:

    —Esta es mi casa—
    la tierra atormentada;
    es mi sustancia, el barro desolado,
    el sueño y el agua,
    la ceniza y el fuego


    Este cuerpo que grita
    y no se escucha
    que se abisma
    para salir huyendo
    cuerpo sin luz
    en sí cerrado


    Sólo queda
    la memoria del tacto
    el cuerpo de mi cuerpo
    se fugó
    por la noche incierta


    El amante reposa
    en el secreto límite que separa
    el gozo del dolor
    con ojos cerrados percibe
    la fría desnudez de la alcoba
    los muros como lágrimas secas
    su propia desnudez
    y el cuerpo más solo
    cada día


    Policromía del tiempo

    Tiempo blanco
    vacío sin ti
    contigo en la memoria
    memoria que te inventa
    y te recrea

    Tiempo azul
    el sueño en que te sueño
    la clara certeza
    de hallar en ti
    la tierra prometida

    Tiempo verde
    más allá de la esperanza
    aguardo
    la certeza de tu cuerpo

    Tiempo rojo
    presiento tu cuerpo
    y se derrama
    un río de lava
    entre la sombra

    Tiempo gris
    nostalgia de tu voz
    y tu mirada
    ausente de tu ser
    cae la tarde

    Tiempo negro
    lenta muerte
    un viento de puñales
    se desata
    al no saberte cierto

    (A. Dávila. Poesía reunida. 2a ed. México: FCE, 2024)


  • Jon Fosse

    15

    rudo
    rock por los
    caminos rudo
    rock a escasos metros
    de remota cantinela rudo
    rock por los
    rincones rudo
    rock
    lila rock
    rudo rock
    rudo

    25

    la piedra está seca, y veo la mancha negra
    virar a violeta. La piedra se calienta
    y el cerro encorva su frente ebria

    sobre la playa de arena. El corazón es un turbio oleaje amarillo
    y llevo la piedra en el bolsillo
    de la cazadora vaquera. Nadie me ve.

    6

    I
    piedra y madera
    en la casa vieja: una vieja

    como casi nada

    como para perderse
    en piedra y madera

    II
    y prudente quietud: estoy
    en la casa vieja y hay
    quietud en       la música

    38

    como un cachorrillo
    entre hierba crecida
    viniste hacia mí
    nadie sabía
    que eras perro
    simplemente lo dijeron
    y fuiste perro: un niño chico
    camina por la hierba
    mientras ellos dan palmadas


    Anda y anda
    y todos los muertos nos acompañan
    también los muertos andan y andan
    en nosotros
    andan y andan
    todo anda y anda
    los muertos que han desaparecido
    los muertos que solo casi han desaparecido
    y todo anda y anda
    y todo lo que existe
    anda y anda
    los pájaros vuelan por el cielo
    los peces nadan bajo el agua
    nosotros andamos y andamos
    todo anda y anda

    (J. Fosse. Poesía completa. Volumen I. Trad. Cristina Gómez-Baggethun. México: Sexto Piso, 2023)


  • Martín López-Vega

    El amigo lejano

    Le he visto en el duermevela
    Caminaba por un largo y estrecho sendero
    Era un anciano sencillamente vestido
    con los cabellos recogidos en una coleta
    larga barba y un bastón
    Luego he reconocido el paisaje
    Lo he visto con sus ojos
    El río Lijiang iluminado entre la niebla
    por las antorchas de los pescadores
    Se ha detenido un momento
    Ha pensado un poema sobre este instante
    que ha escrito con la mano del pasado
    Luego ha continuado su camino

    Buscándose

    Huyendo de sí

    Rú Yì

    La hierba que crece en los tejados.

    El jade de un viejo poema.

    El olor de la tinta en Fuzhou.

    La estela de los mil budas.

    Los primeros brotes de té de la temporada.

    El sudor en tu espalda.

    El jardín donde no pudimos entrar.

    17,

    Como yo, también tú despiertas a veces
    y andas a oscuras por la casa
    como si acabaras de llegar de una larga travesía,
    aturdida por cientos de kilómetros
    a través de una árida meseta,
    como si de pronto descubrieras ignorar
    el motivo de tal viaje.

    Apago el candil y vuelvo a ver la luz del día,
    suelto tu mano y acaricio las frutas.

    Digo adiós y abro de nuevo los ojos,
    cierro la puerta y emprendo el camino.

    Aparto un recuerdo y encuentro una esperanza,
    enjugo una lágrima y otra vez sonrío.

    No escucho tu voz y dejo de esperarte,

    miro al cielo y de nuevo
    vuelvo a viajar por la Vía Láctea.

    Libro de presagios

    Valdrá más lo bueno por conocer que lo malo conocido.
    Quien bien me quiera no me hará llorar.
    Pensaré bien y acertaré.
    Andaré como alma en alegría.
    Siempre lloverá a gusto de todos.
    Seremos muchos y parirá la abuela.
    Ningún camino llevará a Roma.
    Separaré el grano de la paja para quedarme
    con el grano, la paja y todo lo demás.

    Epifanía de la poesía

                                  Miseria,
                                        Incurable miseria de la poesía:
                                        Intentar un poema que describa
                                        A qué sabe el sabor del agua.

                                                                José Emilio Pacheco

    El agua sabe, como el alma,
    a por dónde pasa: a roca y sol
    si bebida en un arroyo de montaña,
    a metal y cloro arrojada por la cañería,
    a vidrio en un vaso, a barro en un botijo.

    El agua, como el alma, nace transparente
    y leve en ansias de elevarse, evaporarse.
    Sólo el camino las enturbia y vuelve
    sus bocas amargas.

                                              (Y aun así a veces
    el milagro: tu alma hecha agua llega a mí
    transparente para elevarme, para evaporarnos
    al cielo de las bocas-almas).

    (M. López-Vega. El uso del radar en mar abierto. Poesía 1992-2019. Madrid: La Bella Varsovia, 2019)