María Negroni

     Nada esperes
      de las cosas
         mortales.

          Nada
  de las inmortales.

         Apenas
        —quizá—
      un recuerdo
     sin recuerdo.

        La biografía
      de un vestigio
     de la deficiencia.

       Fuera de eso,
   los sustos infantiles,

           sus lobos
en la declinación de un bosque
    alto y de ojos díscolos.


Al corazón no le importa
        la letra chiquita
    de las transacciones,

         se conforma
       con esos sueños
      que tienen frescura
         y no la tienen.

             Por eso,
         ningún poema
       es más que todo.

   Canta con muchas bocas
     y nace por la muerte
         a mejor cielo.

    En su gama infinita
     una música blanca
        que se cuida
              sola.


          Como cuando
          un ángel sexual
  llama a la jauría con malicia
  y el libro de grandes árboles
                se llena
      de besos carnívoros
    persiguiendo a un ciervo
             imaginario.

      Es escaso lo humano
         en lo humano.

        Insolvente el afán
       de escribir y seguir
              muriendo.

   Tanta nerviosa insistencia
        para una acústica
              muda.

    Tanto renglón ingenioso
        y ninguna caricia.


    Habrá que morir
        varias veces,

  practicar con esmero
      lo más profano,

        ser a las anchas
    eso que llega en secreto
        y por altavoces.

        La felicidad
  tiene su silla en el cielo
      y otras rarezas
      de la gravedad.

    No importa el final
       sino el adentro
                :
          esta ceniza,
         estos huesos,

    esta flor manchada
        sin atenuantes.


Se trata de una elección
          de tinieblas,

    de una estela sonora
      que hace antiguo
          a lo antiguo.

Cada criatura es un folio
    Cada folio un verbo
      que se conjuga
        en acusativo.

    Se incinera el mundo,
entra en la noche que era
         mañana adentro.

¡Larga vida a lo efímero!

          ¡Larga boca
    a aquello que no cesa
de dormirse como un niño!

(M. Negroni. Exilium. Madrid: Vaso Roto Ediciones, 2016)

Gabriel Zaid

La ofrenda

Mi amada es una tierra agradecida.
Jamás se pierde lo que en ella se siembra.
Toda fe puesta en ella fructifica.
Aun la menor palabra en ella da su fruto.
Todo en ella se cumple, todo llega al verano.
Cargada está de dádivas, pródiga y en sazón.
En sus labios, la gracia se siente agradecida.
En sus ojos, su pecho, sus actos, su silencio.
Le he dado lo que es suyo, por eso me lo entrega.
Es el altar, la diosa y el cuerpo de la ofrenda.

Siesta anaranjada

No te levantes, temo
que el mundo siga ahí.

Las nubes imponentes,
el encinar umbrío,
los helechos en paz.

Todo tan claro
que da miedo.

Ipanema

El mar insiste en su fragor de automóviles.
El sol se rompe entre los automóviles.
La brisa corre como un automóvil.

Y de pronto, del mar, gloriosamente,
chorreando espumas, risas, desnudeces,
sale un automóvil.

Alucinaciones

Él vio pasar por ella sus fantasmas.
Ella se estremeció de ver en él sus fantasmas.

Él no quería perseguir sus fantasmas.
Ella quería creer en sus fantasmas.

Montó en ella, corrió tras sus fantasmas.
Ella lloró por sus fantasmas.

Elogio de lo mismo

¡Qué extraño es lo mismo!
Descubrir lo mismo.
Llegar a lo mismo.

¡Cielos de lo mismo!
Perderse en lo mismo.
Encontrarse en lo mismo.

¡Oh, mismo inagotable!
Danos siempre lo mismo.

(G. Zaid. Reloj de sol. México: Random House Mondadori, 2009)

Irene Selser

La casa

Ahí está, porfiada y señorial
sosteniendo la esquina de los recuerdos,
blanca como una gaviota a la espera de nuestro
      regreso.
Entre sus muros la niñez fue crecer oyendo tangos,
mi padre con los brazos al aire jugando a dirigir
      orquestas,
Brahms, Villa-Lobos, Musórgski
y una biblioteca como nido de párrafos.

Los años transcurren hechos siglos
y ella aún sigue ahí
como diciendo vuelvan, aquí estoy
extraño los geranios en los balcones firmes
y las risas de hermanas girando en calesita.
También el carrusel se quedó anclado
en la plaza del barrio, rincón de añoranzas
arrancada mi juventud de cuajo,
las botas militares pisotearon la patria.

De nada sirve —lo sé— prometer no volveré
a esa esquina santificada por la melancolía
porque cuando menos lo espere
allí estaré para honrar su piedra sólida,
recoger los escombros de lo perdido,
el reloj del comedor marcando en su péndulo
de bronce el paso de la vida.
Y el deambular de sombras obstinadas
detrás de las ventanas de mi casa.
Penélope del sur, muelle y ombligo.

Canal de Sicilia

El Mediterráneo devuelve los cuerpos del naufragio,
los entrega vestidos en una playa de Libia
de donde partieron una semana atrás.
Trescientos muertos en apenas siete días
regresados a casa con las ropas puestas.
Uno emprendió el viaje de camisa negra y pantalón
      caqui,
el otro de azul marino a tono con las aguas.
También era de color azul el pantalón de Aylan Kurdi,
el niño sirio de tres años hallado en una playa
      de Turquía.
La embarcación en la que viajaban naufragó.
Se ahogó junto con se hermano Galip y su madre
      Rehana
cerca de la isla griega de Cos
con sus impresionantes puestas de sol.
Lo encontraron dormido boca abajo,
las agujetas de sus zapatitos sin atar.
Cuna blanca de arena.

Dura patria

No es de maíz ni ajonjolí mi suave patria
ni siquiera es tan suave, mucho menos mía
no puedo amarla como López Velarde,
con ropas de percal su memoria mestiza.
Y sin embargo, extraño sus olores a pan
      recién horneado
y vino tinto a las puertas del Río de la Plata,
sus calles soledosas y tranquilas
como las nombraba Evaristo Carriego,
faroles taciturnos, utopías de neón.

Paradójica patria es la Argentina,
artificio del ser y no poder estar,
arrebato de pétalos violáceos
sus jacarandas en flor
y una niña de la mano del padre
con el velero de madera a cuestas
surcando los ríos de la fuente,
espejismos de libertad
antes de ser yo también
una migrante del pasado,
media luz destinada a morir
como los náufragos
con los ojos abiertos sobre la arena.

En el tren

Canta un ciego en el vagón del metro,
nombra su voz las cosas
que la mejor canción de amor
nombraba en los años perdidos
—la tonada de Carlos Barocela—
cuando mi piel se acostumbró a tu mano
y tu frente a la sombra de mi pelo.
Tan lejos este miércoles de protestas y lluvia
la Cruz del Sur de la Ciudad de México.

Se tambalea el ciego en el tren del mediodía,
equilibrista de la oscuridad
y el mar vuelve a besar tu nombre en la arena,
el faro de piedra como una estrella rota
anunciando la vigilia de otro puerto.

Se va cantando el ciego como un adolescente
      apresurado,
hace sonar su lata con la única moneda.
Se lleva el túnel aquellas noches anchas,
el súbito fulgor de los recuerdos.

Detrás de los murmullos

Un pie sigue mirando al sur,
el otro, adúltero, se hunde complacido
en mi norte mexicano de tortillas azules,
sinfonías de maíz y cementerios
donde la gente conversa con las ánimas
como antaño los muertos de abuela Beatriz
junto a la mesa de tres patas,
un hervidero de tías acostumbradas al ir y venir
entre lo inanimado y este lado de la vida.
Nunca temí las voces de ultratumba
—habitantes del Fuego Perpetuo—
que Beatriz hacía suyas con los ojos cerrados
sin importar quién fuera el difunto.
(Mamá, por favor ya no llores
hay mucha luz aquí).

Como el poeta yo también estoy donde estuve,
solo me queda ir detrás de los murmullos
sin renegar ni maldecir conjugando gerundios
porque la vida se conjuga en gerundio,
decía mi hermana Claudia
con ese modo tan suyo de amar
habiendo amado
o llorado
o reído.
Un sol pluscuamperfecto.

(I. Selser. Sur, Silencio. México: Ediciones El Tucán de Virginia, 2017)