Mercedes Roffé

XIII

catedrales
que alguien
construye
a voluntad

cabañas de humo
donde
se cobija
la espera inexpugnable

a uno y otro lado
se oye
agonizar
un instrumento
tañido por el agua

se arremolina en el aire
el son
luctuoso

se empina
y cae

como caen

tres gotas de sangre
sobre la nieve

XX

entre el ser
luminoso
y el sombrío
se abate
un invisible frente
marino
capaz de entrar / corporeizarse
espectral / histriónicamente
entre los impasibles
bucles
de la noche
ávidos / voraces
de cohabitar
las fauces / las entrañas
de las más tortuosas
formas de espera:
sus fallas y oquedades
sus fosos
sus resquicios
sus caries
sus fisuras
sus brechas, sus rendijas
sus huecos, sus ranuras
sus claros, muescas, rajas
y res-
quebrajaduras

XXVI

roca lunar
roce secreto
de un pie
infantil
en la siesta del patio

asperezas
recién lavadas

sonámbulo arlequín
pispeando
tras el postigo
más sensual de la casa

III

tras el cristal
-ausente
contraído-
el semblante sumido
en su propia
niebla
-en su vacío-
deja
que el desdén
-quizá el olvido-
le trace
terco
una mueca perenne

XV

como a golpes de timón
rigen la línea
las gotas
cargadas
de tinta agonizante

aguada desleída, parda y sucia
deslizándose
ocre y silente
por la rugosidad de la grieta
-la urdimbre, el grano-
tallada en el papel

reguero que se precipita
por la sinuosa vertiente
preñando el suelo
-ajeno y ávido-
de líquida memoria

(M. Roffé. Carcaj: Vislumbres. Madrid: Vaso Roto Ediciones, 2014)

Seamus Heaney

Un artista

Me fascina imaginar su cólera.
Su obstinación ante la roca, su contención
de la sustancia de las manzanas verdes.

El modo en que supo ser perro ladrando
frente a su imagen ladrando.
Y su odio por la propia actitud
ante el único trabajo que merecía la pena,
la vulgaridad de esperar si acaso
gratitud o admiración, significado
al fin de un robo de sí mismo.

Y el modo en que su fortaleza se erguía,
segura de estar haciendo lo que sabía hacer.
Su frente como una boule arrojada,
surcando el incoloro espacio
tras la manzana y la montaña.

Una noche de agosto

Sus manos eran cálidas y pequeñas y sapientes.
Cuando las volví a ver anoche, eran dos hurones,
Jugando solos en el campo bajo la luz de luna.

VIII

Cuentan los anales que los monjes de Clonmacnoise
Se hallaban rezando en el oratorio
Cuando un barco, volando, se posó encima de ellos.

El ancla cayó tan hondo que se enganchó
En los barandales del altar, y luego,
Mientras el gran casco se mecía hasta detenerse,

Un miembro de la tripulación bajó por la soga
Con intención de zafarla. Pero en vano.
“Este hombre no soportará la vida que llevamos, se ahogará”,

Dijo el abad. “A menos que le ayudemos”. Y así
Lo hicieron. El barco liberado navegó, y el hombre regresó
Desde lo maravilloso, según se le había concedido.

XXIII

De viaje en autobús rumbo al país de las sagas,
Ivan Malinowski escribió un poema
Acerca de los submarinos nucleares en la costa

De una estación ballenera abandonada.
Yo recuerdo un escalofrío, pero no puedo
Recordar ni una palabra. Lo que quería entonces

Era un poema de tarde cabal:
El extraño sol de medianoche del siglo trece,
Poniéndose a nivel del ojo de Snorri Sturluson,

Que ha venido a tomar un baño en las fuentes termales
Y a sentarse a presenciar la quietud después de la ordeña,
A buen resguardo en la habitación del trono de su mente.

Milagro

No el que se levanta y anda
Sino los que lo conocen de toda la vida
Y lo llevan dentro en andas,

Con los hombros entumecidos, el dolor por la encorvadura
Alojado muy hondo en la espalda, las manijas de la camilla
Resbalosas de sudor. Y no hay que ceder la lucha

Hasta que quede bien firme, ya ladeable, en guardia
Para elevarlo al tejado, y bajarlo a curación.
Tenlos en cuenta mientras esperan y aguardan

Que las sogas al soltarse queden frías,
Que pasen la incredulidad, la ligera confusión
De quienes de toda la vida lo conocían.

(S. Heaney. Obra reunida. Ed. bilingüe. Trad. e introd. Pura López Colomé. México: Trilce Ediciones / Conaculta / Universidad Autónoma de Nuevo León, 2015)

Cantares de Asturias

1

Y luego, a media noche, cuando empezamos a descender
Hacia el ardiente valle de Gijón,
Hacia sus negros y carmesíes, in media res,
Era como si mi propia cara ardiera otra vez
Ante el labio aventado y la boca carmesí
Del montón de periódicos al que prendimos fuego
Una tarde de viento, papeles que volaban
En atadillos de llamas, diminutos brulotes por el aire
Que amenazaban el techo de paja de la casa y los almiares:
Porque casi nos asustó el épico crepitar
De aquellas ardientes fundiciones y hornos
En los que el turno de noche trabajaba en lo suyo
Y perdimos toda esperanza de entender el mapa
Y aceleramos maldiciendo la pésima carretera.

2

La mañana siguiente, camino de Piedras Blancas,
Me sentí como ánima por la cual alguien rezara.
Vi hombres con guadañas cortando los rastrojos,
Riqueza de colmenas, una bocamina y una ermita,
Cuévanos llenos de oro de maíz.
Era yo un peregrino nuevo en aquella escena
En la que entraba sin embargo como en terreno familiar,
El Gaeltacht, pongamos, en 1950,
Cuando me saludaban, aunque poco les importaba
A las familias que trabajaban en los campos junto a la carretera
Que me miraban y movían la mano desde su otro mundo,
Como era costumbre cerca de Piedras Blancas.

3

En San Juan de las Arenas
Un deslumbrante día de corpus.
Dos ríos seguían su curso bajo el sol.
Incisión de los cauces sobre los llanos arenales.
El mar estaba en calma y deslumbraba más allá de los bajíos.
Por la tarde, gaviotas in excelsis
Subían y bajaban por el aire como monaguillos
Con sus quiebros rápidos y velas y respuestas
En la solemne penumbra catedralicia llena de ecos
De la lejana Compostela, stela, stela.

El Santuario de la ropa

Era toda una grata novedad
Hallar antaño
Leves blusas de muselina blanca
En la cuerda de nylon transparente
Secándose y chorreando en el baño
O una combinación de nylon resplandeciendo
Con electricidad propia
-Como si Santa Brígida, una vez más,
Hubiera aparejado un rayo de sol
Como el que extendió en el aire
Para colgar el hábito a secar
(La atareada Brígida, tan
Imparablemente activa siempre)-.
La humedad, el escurrir, el mucho, injusto
Y pesado trabajo diario
Subestimado y terminado,
Como de costumbre, de forma brillante.

Altramuces

Estaban. Y con razón. Sólo estando.
Aguardando. Inútiles. Pero allí,
Sin duda alguna. Firmes e inflexibles.
Flor de la Aurora de rosados dedos y de medianoche azul.

Para empezar, bolsitas de semillas, rosa y azur,
Cribando menudencias y leves promesas de malestar:
Tallos del altramuz, erótica del futuro,
Pincel para los labios del azul y botín de la tierra.

Ah, torrecillas pastel, vainas y tallos cónicos,
Que aguantaban el tipo a pesar de nuestros cambios veraniegos,
Que no cedían, decolorados y todo.
Nada excedía nuestra comprensión.

(S. Heaney. Luz eléctrica. Electric Light. Trad., pról. y notas Dámaso López García. Madrid: Visor, 2003)

Joseph Brodsky

Trasatlántico

Los últimos veinte años fueron buenos para casi todo el mundo,
salvo para los muertos. Pero tal vez también para ellos.
Tal vez el propio Todopoderoso se ha aburguesado un poco
y maneja tarjeta de crédito. Si no, el paso del tiempo
carece de sentido. De aquí la memoria, los recuerdos,
los valores, la conducta. Uno espera no haber extenuado del todo
a su madre, a su padre, a ambos o a un puñado de amigos,
pues dejan de asediar nuestros sueños. En nada semejantes
a la ciudad, nuestros sueños se despueblan
conforme envejecemos. Por eso el descanso eterno
cancela el análisis. Los últimos veinte años fueron buenos
para casi todo el mundo y representamos la vida venidera
para los muertos; cabe poner en entredicho su calidad,
no así su duración. A los muertos, se supone, no les importaría
alcanzar la condición de las personas sin hogar y dormir en paseos con arcadas,
u observar submarinos preñados que regresan
a su muelle de origen después de un viaje por todo el mundo
sin destruir la vida sobre la tierra, y sin contar siquiera
con una bandera propia que izar.

1991

Dédalo en Sicilia

Pasó su vida entera construyendo algo, inventando algo.
Primero, una vaquilla artificial para la reina de Creta
con que poner los cuernos al rey. Luego un laberinto, esta vez
para el propio rey, a fin de ocultar de las miradas de azoro
a un engendro insufrible. O un artefacto volador, cuando
el rey al fin descubrió quién en su corte
lo mantenía tan ocupado con nuevas patentes.
Su hijo pereció en el viaje, cayendo al océano,
como Faetón, quien, según cuentan, también hizo caso omiso
del consejo del padre. Aquí, en Sicilia, entumido en la calcinante arena,
hay un viejo sentado, capaz de viajar por aire
si no le dejan otro medio de transporte.
Pasó su vida entera construyendo algo, inventando algo.
Pasó su vida entera huyendo de esas ingeniosas construcciones,
de esos artilugios. Como si invenciones
y artificios, hijos avergonzados de sus padres,
desearan deshacerse de sus heliógrafos. Cabe suponer que se trataba del miedo
a la repetición. Las olas corren por la arena;
a sus espaldas, brillan los colmillos de los montes lugareños.
Pero él ya había inventado el balancín en sus años mozos,
sirviéndose del estrecho parecido entre dinámica y estática.
El anciano se inclina, ata a su frágil tobillo
un hilo largo (para no extraviarse),
se endereza con un gruñido y se encamina al Hades.

1993

Después de nosotros

Después de nosotros, claro, ni el diluvio
ni la sequía. Probablemente, el clima
del Reino de la Justicia con sus cuatro estaciones,
será templado para que el colérico,
el melancólico, el sanguíneo y el flemático puedan
gobernar sus tres meses correspondientes.
Desde la perspectiva de alguna enciclopedia,
es tiempo de sobra. Aunque, sin duda, los caprichos
de la presión atmosférica o los de la temperatura
podrían confundir a un reformista. Pero el dios del comercio
sólo se complace con un alza en la demanda de trajes de lana,
paraguas ingleses, abrigos de estameña. Sus más terribles enemigos
son las medias zurcidas y los pantalones parchados.
Parecería que la lluvia que se ve por la ventana
aboga de manera explícita por este enfoque claramente
económico del pasaje o, en general, de todo el universo.
Pero la Constitución no habla de la lluvia.
En ella no aparece una sola referencia
a los barómetros, ni, por lo demás, a nadie
que sentado en un taburete, con una madeja de hilaza,
como robusto Alcibíades, pase la noche leyendo
con atención las manoseadas páginas de una revista de modas
en la sala de espera de la Edad de Oro.

1994

Una fotografía

Vivíamos en una ciudad teñida con el color del vodka helado.
La electricidad llegó de muy lejos, de los pantanos,
y el departamento parecía por la noche
estar picado de mosquitos y manchado de turbera.
La ropa era incómoda y revelaba
la cercanía del Ártico. Al fondo del corredor
resonaba el teléfono, renuente a recobrar su sano juicio
luego de la guerra recién concluida.
Los billetes de tres rublos lucían mineros y aviadores.
Yo ignoraba que un día todo aquello desaparecería.
En la cocina, ollas charoladas
infundían confianza en el mañana,
al trocarse en el sueño, tercamente, ya en cascos
ya en un ejército de Marte. Los automóviles también rodaban
con rumbo al futuro y casi todos eran negros,
grises, y a veces -los taxis-
incluso castaño claros. Resulta raro y no muy agradable
pensar que ni siquiera el metal conoce su destino
y que la vida ha transcurrido para propiciar una apoteosis
de la compañía Kodak, con su fe en las copias
y su tendencia a suprimir los negativos.
Aves del Paraíso cantan aunque no salten las ramas.

1994

(J. Brodsky. Y así por el estilo. So Forth. Trad. José Luis Rivas. Xalapa, Veracruz: Universidad Veracruzana, 2009)