José Ángel Valente

La soledad se puebla de fantasmas de papel y
de paja, de retratos de nadie, de láminas metálicas,
de páginas desnudas donde nada está escrito.
El frío arrasa la memoria y ya empezamos a no
ser, el frío que desciende del lado más aciago de la
noche donde se inicia la consumación. Y no podemos
recordar a quién habíamos amado. Pregunto:
—¿Dónde estás? Pero ni siquiera yo mismo sabría
quién puede responder. Llamo a todas las puertas.
La única que se abre es la sola que no conoce el
perdón.


Mortecino el otoño cae despacio
(¿dónde está su triunfo?),
lame mi mano con la antigua
fidelidad del can de Ulises,
se desliza a mis pies,
se arrima al último reborde ciego
de las cosas, deja un hilo delgado
como huella del apenas estar,
se posa y vuela en la mirada y forma
en ella un horizonte para siempre
de imperceptible sombra.


En el umbral hay una figura de mujer. Temblor
del cuerpo, leve palpitación del prolongado
gris del chal sobre el que se derramaban sus cabellos.
Le pregunté: —¿De dónde vienes? Sus ojos
se perdieron en la tarde. Volví a decirle: —¿Adónde
vas? Y regresó despacio a su mirada. Entonces
comprendí que, en el umbral, no era la mujer ni
un antes ni un después. No era; estaba. Estaba,
solamente.


Me cruzas, muerte, con tu enorme manto
de enredaderas amarillas.

Me miras fijamente.
                                    Desde antiguo
me conoces y yo a ti.

Lenta, muy lenta, muerte, en la belleza
tan lenta del otoño.

Si esta fuese la hora
dame la mano, muerte, para entrar contigo
en el dorado reino de las sombras.

(J. Á. Valente. Fragmentos de un libro futuro. Barcelona: Galaxia Gutenberg, 2019)

Manuel José Othón

El perro

No temas, mi señor: estoy alerta
mientras tú de la tierra te desligas
y con el sueño tu dolor mitigas,
dejando el alma a la esperanza abierta.

Vendrá la aurora y te diré: Despierta,
huyeron ya las sombras enemigas.
Soy compañero fiel en tus fatigas
y celoso guardián junto a tu puerta.

Te avisaré del rondador nocturno,
del amigo traidor, del lobo fiero
que siempre anhelan encontrarte inerme.

Y si llega con paso taciturno
la muerte, con mi aullido lastimero
también te avisaré… ¡Descansa y duerme!

Un tiro

Duda mortal del alma se apodera
al oír en las noches la lejana
detonación, que turba y que profana
el silencio del bosque y la pradera.

¿Será la bala rápida y certera
que pone fin a la existencia humana,
o el golpe salvador que, en lucha insana,
asesta el montañés sobre la fiera?…

Ese ruido mortífero y tonante
hace temblar al alma sorprendida
cuando está de lo incógnito delante.

Para arrancar o defender la vida,
lo producen lo mismo el caminante
y el guarda, el asesino y el suicida.

Ocaso

He aquí, pintor, tu espléndido paisaje:
un lago obscuro, ráfagas marinas
empapadas en tintas cremesinas
y en el azul profundo del celaje;

un tronco que columpia su ramaje
al soplo de las auras vespertinas
y manchadas de verde las colinas
y de amarillo el fondo del boscaje;

un peñasco de líquenes cubierto;
una faja de tierra iluminada
por el último rayo del sol muerto;

y, de la tarde al resplandor escaso,
una vela a lo lejos, anegada
en la divina calma del ocaso.

Adiós al poeta

¡Santa naturaleza, madre mía!,
me has cobijado en tu regazo inmenso
y disipaste con tu soplo intenso
la nube del dolor que me envolvía.

Mas ¡ay! vuelve la vida ingrata y fría;
mi sueño celestial quedó suspenso…
Ya alza la tierra su divino incienso
y en su carro triunfal asoma el día.

Poeta: es fuerza abandonar el monte.
Bajemos, pues ya al ras del horizonte
Venus agonizante parpadea,

tú al teatro, a la clínica, al Senado;
yo a vegetar tranquilo y olvidado
en el rincón obscuro de mi aldea.

(M. J. Othón. Poesía escogida. México: CNCA, 2014)

Inger Christensen

El escenario (fragmentos)

7

Después de que el escenario, tras haber sido
minuciosamente lavado, corroído
con ácido, desapareció, surgió
el hedor, la náusea, el vacío,
la necesidad de decorado de las palabras:

“el espejo” deseaba un espejo,
“el eructo” deseaba un eructo,
incluso “el ácido” deseaba un ácido,
“el decorado”, un decorado,
las palabras
creaban sus propias condiciones,
hacían un mundo de “el mundo”.

4

Si escribo que el árbol está en una llanura
Quizá que está en un campo Solo
Que las hojas son grises Que el tronco está hueco
Que la copa es de un rojo violento y encendido
Que por eso es un espino albar Que la copa es verde
Que las hojas se marchitan Que las flores huelen bien
Que el árbol funciona Para funcionar
¿He hecho todo lo que he podido para ver?

El tiempo que se ha demorado el árbol en morir
Y el tiempo que me he demorado yo
Forma parte de sencillas combinaciones químicas
Espacio visiones sueños hechos
Espacio en el que yo estoy en una llanura Solo
Visiones en las que el árbol contempla mis hojas
Sueños en los que el cuerpo está hueco y el cráneo florece
Hechos en los que el tiempo es un espacio tangible

La acción (fragmentos)

1

Un desierto puede ser tan desolado
Que nadie va a creer en su existencia
Hace ya tanto tiempo que los muertos han expirado
Que nadie puede ver su existencia

Simplemente están tumbados en la arena
Y semejan algunas corrientes
Están tumbados esperando el agua
Que va a poner el proceso en marcha

2

Dentro del primer barracón hay un segundo, dentro del segundo
hay un tercero, dentro del tercero un cuarto barracón, etc.

Dentro del barracón n.º 3517 los hombres están amontonados

En el barracón n.º 1423 los hombres son completamente
idénticos

El hombre n.º 8611 ha estado todo el tiempo desvariando sobre la paz

Al final de todos los barracones reunidos hay un general loco

El texto (fragmentos)

2

Después de la segunda mañana busco
el gozo enloquecido de los labios

Una y otra vez formulo el viento para que
converse deliciosamente con el cielo y un
ángel deviene horrible entre nosotros

Lo que le diste a mis pensamientos es la ceguera
del acto sexual, un impulso hacia la
torpe expresión

Lo que me diste es pura imaginación

Mi pasión: seguir adelante

3

Veo que entiendo demasiado
Veo que entro en la muerte
Como si la entendiese bien
Como si eso sólo estuviese bien
Si la muerte me entendiese a mí
Si entrase en mí
Veo que tengo fiebre
Veo que tengo miedo

(I. Christensen. Eso. Det. Ed. bilingüe. Trad. Francisco J. Uriz. México: Sexto Piso / CNCA, 2015)