Poemas para antes y después de navegar


  • Martín López-Vega

    El amigo lejano

    Le he visto en el duermevela
    Caminaba por un largo y estrecho sendero
    Era un anciano sencillamente vestido
    con los cabellos recogidos en una coleta
    larga barba y un bastón
    Luego he reconocido el paisaje
    Lo he visto con sus ojos
    El río Lijiang iluminado entre la niebla
    por las antorchas de los pescadores
    Se ha detenido un momento
    Ha pensado un poema sobre este instante
    que ha escrito con la mano del pasado
    Luego ha continuado su camino

    Buscándose

    Huyendo de sí

    Rú Yì

    La hierba que crece en los tejados.

    El jade de un viejo poema.

    El olor de la tinta en Fuzhou.

    La estela de los mil budas.

    Los primeros brotes de té de la temporada.

    El sudor en tu espalda.

    El jardín donde no pudimos entrar.

    17,

    Como yo, también tú despiertas a veces
    y andas a oscuras por la casa
    como si acabaras de llegar de una larga travesía,
    aturdida por cientos de kilómetros
    a través de una árida meseta,
    como si de pronto descubrieras ignorar
    el motivo de tal viaje.

    Apago el candil y vuelvo a ver la luz del día,
    suelto tu mano y acaricio las frutas.

    Digo adiós y abro de nuevo los ojos,
    cierro la puerta y emprendo el camino.

    Aparto un recuerdo y encuentro una esperanza,
    enjugo una lágrima y otra vez sonrío.

    No escucho tu voz y dejo de esperarte,

    miro al cielo y de nuevo
    vuelvo a viajar por la Vía Láctea.

    Libro de presagios

    Valdrá más lo bueno por conocer que lo malo conocido.
    Quien bien me quiera no me hará llorar.
    Pensaré bien y acertaré.
    Andaré como alma en alegría.
    Siempre lloverá a gusto de todos.
    Seremos muchos y parirá la abuela.
    Ningún camino llevará a Roma.
    Separaré el grano de la paja para quedarme
    con el grano, la paja y todo lo demás.

    Epifanía de la poesía

                                  Miseria,
                                        Incurable miseria de la poesía:
                                        Intentar un poema que describa
                                        A qué sabe el sabor del agua.

                                                                José Emilio Pacheco

    El agua sabe, como el alma,
    a por dónde pasa: a roca y sol
    si bebida en un arroyo de montaña,
    a metal y cloro arrojada por la cañería,
    a vidrio en un vaso, a barro en un botijo.

    El agua, como el alma, nace transparente
    y leve en ansias de elevarse, evaporarse.
    Sólo el camino las enturbia y vuelve
    sus bocas amargas.

                                              (Y aun así a veces
    el milagro: tu alma hecha agua llega a mí
    transparente para elevarme, para evaporarnos
    al cielo de las bocas-almas).

    (M. López-Vega. El uso del radar en mar abierto. Poesía 1992-2019. Madrid: La Bella Varsovia, 2019)


  • Andrea Alzati

    lo soñado

    soñé sueños lúcidos
    soñé bosques como fronteras
    soñé migrantes como ángeles
    soñé círculos como reconciliaciones
    soñé viajes como religiones
    soñé su llegada como venado
    soñé mi cuerpo al lado suyo
    soñé poder tocar su cara
    soñé su mano sobre mi espalda
    soñé nuestros cuerpos como infancia
    soñé estar en dos lugares al mismo tiempo
    soñé que me reía por haberlo logrado
    soñé a mi hermana buscando la playa en el desierto
    soñé un colmillo de elefante girando
    y de él se desprendían todos los otros animales
    y las plantas y las frutas y la nada
    soné que despertaba
    soñé que me precipitaba hacia el pasillo
    y soñé verme en el espejo y no tener el ojo izquierdo
    soñé aves de porcelana azul con blanco
    soñé que se movían con naturalidad
    soñé que mi madre tocaba la puerta
    la soñé preocupada por dejar el gas abierto
    soñé la palabra capuf

    Estocolmo

    le muevo el rabo a mi secuestrador cada mañana
    afino mi voz con gárgaras de vinagre
    entono las mañanitas en dos patas
    y mi hocico busca la curva de su mano

    amanece verde, lucecita roja
    ¿eres un avión? ¿una nave extraterrestre?
    ¿eres mi propia mente?
    ¿o un dios primitivo?

    hemos vuelto heridos de una guerra que todavía no empieza
    yo perdí una de mis extremidades
    y él las perdió todas

    costal de papas con un silbato colgado al cuello

    préstame tu linterna
    quiero iluminar tu grganta
    hacer un teatro de sombras chinescas
    entre tus pezones.

    Tinnitus

    tengo una duda enorme
    una segunda cabeza junto a la cabeza
    una duda que silba y ruge y resopla adentro en mi oído
    mi duda suena como agua corriendo
    o el sonido del mar dentro de una concha marina es mi duda

    a la hora de comer alimento dos bocas
    la mía con una fila de dientes arriba y abajo
    y la boca de mi duda hambrienta
    diez filas de dientes arriba
    diez filas de dientes abajo

    a la hora de salir, un sombrero para mi cabeza
    y para mi duda uno de copa que le cubra la frente
    con su grandísimo y pronunciado ceño fruncido
    y que todas sus orejas
    con las que me escucha decir mis palabras
    tintineo cascabel miniatura
    queden a resguardo del sol.

    (Signos oscuros de mi boca extraña. Antología de poesía mexicana reciente. Selec. y pról. Kenia Cano y Jorge Esquinca. México: Bonobos Editores, 2024)


  • Orlando Mondragón

    Mi padre era como un caballo

    oscuro y silencioso
    o su estatua
    la estatua dormida de un caballo.
    Lo cierto es que mi padre eran tan alto
    que debía mirarlo hacia arriba de su sombra.
    Su corazón tan alto,
    el relámpago de su voz tan alto,
    la oscura lluvia de sus manos cuando
    me alzaba en brazos tan alta.

    Jugábamos al centauro,
    mi padre y yo,
    montado en sus hombros de gigante
    aterrábamos a los muebles y a mamá.
    Sus ágiles cascos
    siguiendo mis órdenes.

    Arriba de él,
    juro que mi padre y yo
                                  éramos un solo cuerpo

    A un coche

    Cegaron los espejos y los faros,
    amputaron sus llantas
    dejándole cuatro muletas de ladrillos.

    Tundido, abollado por los golpes del día,
    siempre dormía afuera de mi casa.
    Me era familiar como una playera vieja,
    como el botón del cuarto piso,
    como un vecino que te encuentras al salir.

    Hoy ha desaparecido.
    Supongo que una guía vino por él en la noche.

    No sé de dónde viene esta piedad
    por objetos así: descuidados,
    abandonados a la intemperie.
    A los que no voltean a mirar.

    Pero otra vez estoy hablando de mí mismo.
    Yo nada más quería decir
    que casi extraño aquel coche.
    Su paciencia infinita,
    su vida rota.

    Supongo que no les gustaba verlo
    porque recordaba lo sencillo que es
    que el motor se apague.
    No llegar nunca.

    Edificio H

    Me gusta la palabra edificio.
    El sonido apilado y vertical,
    las vidas que embotella,
    que rellena con los mismos cables,
    las mismas tuberías.

    Departamento
    tiene algo que encierra,
    es necesario acomodarle sílabas
    para que entre en la boca.

    En cambio, habitación
    es más cercana a mí.
    Tiene un desorden donde me conozco,
    un silencio al inicio
    con el que voy a tientas por sus letras.
    Posee más de hogar que el propio hogar.
    Posee algo de cápsula crogénica
    de donde se renace.

    Es de las pocas palabras que brotan
    de la mudez, que nacen
    de los espacios en blanco que se requieren
    para dar un respiro.
    Así como la palabra almohada,
    que tiene un hueco a la mitad,
    posee un sitio sin ocupante
    para dejar que alguien
    entre
                y nos habite.

    (Signos oscuros de mi boca extraña. Antología de poesía mexicana reciente. Selec. y pról. Kenia Cano y Jorge Esquinca. México: Bonobos Editores, 2024)