Ana Elisa Ribeiro

Penélope nerviosa

entre olvido y recuerdo
tomé varios vasos
de agua como luz
y tejí una noche más
pacientemente

las noches de espera
son lentas
de hilo opaco y extenso
las noches de espera son
varios hilos de la mañana
mil días de vejez
y millones de corazones
de madre preocupada
las noches de espera
fermentan cánceres

Canción del amor jodido

No me demoro
tendida en ningún pecho
ni entrego
a cualquier cuerpo
mis buenas caderas.

Hago amor de fingimientos
viviendo a espacios
retozando entre desgastes
con ardor
de llama al viento

Traigo de tu cuerpo
la memoria de este tacto fracasado gusto
a rebabas de rocío salado

El amor está jodido, mi amor,
no se entretiene en el recuerdo
y no se cansa
de ser vulgarizado.
Como si fuera fácil
amar sin desgastarse.

Salvando la relación

yo sé, mi bien,
que tu sueño era tirarte
una sueca alta, rubia y buena

finge, mi amor,
cierra los ojos y finge

que para eso mis cabellos
los teñí.

(¿Qué será de ti? / Como vai você? Poesía joven de Brasil. Ed. bilingüe. Selec. y trad. Luis Aguilar. México: Universidad Autónoma de Nuevo Léon / Vaso Roto Ediciones, 2014)

Salvador Novo

La poesía

Para escribir poemas,
para ser un poeta de vida apasionada y romántica
cuyos libros están en las manos de todos
y de quien hacen libros y publican retratos los periódicos,
es necesario decir las cosas que leo,
esas del corazón, de la mujer y del paisaje,
del amor fracasado y de la vida dolorosa,
en versos perfectamente medidos,
sin asonancias en el mismo verso,
con metáforas nuevas y brillantes.

La música del verso embriaga
y si uno sabe referir rotundamente su inspiración
arrancará las lágrimas del auditorio,
le comunicará sus emociones recónditas
y será coronado en certámenes y concursos.

Yo puedo hacer versos perfectos,
medirlos y evitar sus asonancias,
poemas que conmuevan a quien los lea
y que les hagan exclamar: “¡Qué niño tan inteligente!”

Yo les diré entonces
que los he escrito desde que tenía once años:
No he de decirles nunca
que no he hecho sino darles la clase que he aprendido
de todos los poetas.

Tendré una habilidad de histrión
para hacerles creer que me conmueve lo que a ellos.
Pero en mi lecho, solo, dulcemente,
sin recuerdos, sin voz,
siento que la poesía no ha salido de mí.

Amor

Amar es este tímido silencio
cerca de ti, sin que lo sepas,
y recordar tu voz cuando te marchas
y sentir el calor de tu saludo.

Amar es aguardarte
como si fueras parte del ocaso,
ni antes ni después, para que estemos solos
entre los juegos y los cuentos
sobre la tierra seca.

Amar es percibir, cuando te ausentas,
tu perfume en el aire que respiro,
y contemplar la estrella en que te alejas
cuando cierro la puerta de la noche.

Las ciudades

En México, en Chihuahua,
en Jiménez, en Parral, en Madera,
en Torreón,
los inviernos helados y las montañas claras,
las casas de la gente,
los grandes edificios en que no vive nadie
o los teatros a los que acuden y se sientan
o la iglesia donde se arrodillan
y los animales que se han habituado a la gente
y el río que pasa cerca del pueblo
y que se vuelve turbulento con la lluvia de anoche
o el pantano en que se crían las ranas
y el jardín en que se abren las maravillas
todas las tardes, a las cinco, cerca del quiosco
y el mercado lleno de legumbres y cestas
y el ritmo de los días y el domingo
y la estación del ferrocarril
que a diario deposita y arranca gentes nuevas
en las cuentas de su rosario
y la noche medrosa
y los ojos de Santa Lucía
en el quitasol de la sombra
y la familia siempre
y el padre que trabaja y regresa
y la hora de comer y los amigos
y las familias y las visitas
y el traje nuevo
y las cartas de otra ciudad
y las golondrinas al ras del suelo
o en su balcón de piedra bajo el techo.
Y en todas partes
como una gota de agua
mezclarse con la arena que la acoge.

Elegía

Los que tenemos unas manos que no nos pertenecen,
grotescas para la caricia, inútiles para el taller o la azada,
largas y fláccidas como una flor privada de simiente
o como un reptil que entrega su veneno
porque no tiene nada más que ofrecer.

Los que tenemos una mirada culpable y amarga
por donde mira la Muerte no lograda del mundo
y fulge una sonrisa que se congela frente a las estatuas
     desnudas
porque no podría nunca cerrarse sobre los anillos de oro
ni entregarse como una antorcha sobre los horizontes del
     Tiempo
en una noche cuya aurora es solamente este mediodía
que nos flagela la carne por instantes arrancados a la
     eternidad.

Los que hemos rodado por los siglos como una roca
     desprendida del Génesis
sobre la hierba o entre la maleza en desenfrenada carrera
para no detenernos nunca ni volver a ser lo que fuimos
mientras los hombres van trabajosamente ascendiendo
y brotan otras manos de sus manos para torcer el rumbo
     de los vientos
o para tiernamente enlazarse.

Los que vestimos cuerpos como trajes envejecidos
a quienes basta el hurto o la limosna de una migaja que
     es todo el pan y la única hostia
hemos llegado al litoral de los siglos que pesan sobre
     nuestros corazones angustiados
y no veremos nunca con nuestros ojos limpios
otro día que este día en que toda la música del universo
se cifra en una voz que no escucha nadie entre las palabras
     vacías
y en el sueño sin agua ni palabras en la lengua de la arcilla
     y del humo.

1962

Rosa del aire, pétalo vencido;
onda en el mar del Tiempo sin arena;
caricia, sed, espuma, gloria, pena;
breve fulgor del astro presentido.

Día fugaz apenas poseído,
que forja y bruñe grávida cadena;
triunfo que en la memoria se enajena,
posesión del recuerdo en el olvido.

Polvo, ceniza; fuego consumido
en luz trocado fúlgida, serena;
náufrago a rocas húmedas asido.

Año: tesoro, cripta, cuna, vena;
de cuantos dones hayas, sólo pido
la mano amiga, de ternura llena.

Aritmética

Yo busco los árboles cómodos
y aguardo. Sé percibir
los segundos, mas sin contarlos.
-¿Hay más números?- Uno es
uno mismo y uno único.

Ellos vienen atrás apenas
o abajo -¿hay lugares?-
Y contemplan cada color
y se asombran de sus sentidos.
¡Yo fui tan aprisa que tuve
la luz!
Mas hoy sé que hay tan solo siete
colores y cinco sentidos…

Y sé que el sol, la noche, el alba…
El sol juega a esconderse. Oigo
el eco de su grito impúber
(la luna llega tras el sol).

(S. Novo. Poesía. 2a. ed. México: FCE, 2004)

Mi vida es como un lago

Mi vida es como un lago taciturno.
Si una nube lejana me saluda,
si hay un ave que canta, si una muda
y recóndita brisa
inmola el desaliento de las rosas,
si hay un rubor de sangre en la imprecisa
hora crepuscular,
yo me conturbo y tiendo mi sonrisa.

¡Mi vida es como un lago taciturno!
Yo he sabido formar, gota por gota
mi fondo azul de ver el universo.
Cada nuevo rumor me dio su nota,
cada matiz diverso
me dio su ritmo y me enseñó su verso.
Mi vida es como un lago taciturno…

El amigo ido

Me escribe Napoleón:
“El colegio es muy grande,
nos levantamos muy temprano,
hablamos únicamente inglés,
te mando un retrato del edificio…”

Ya no robaremos juntos dulces
de las alacenas, ni escaparemos
hacia el río para ahogarnos a medias
y pescar sandías sangrientas.

Ya voy a presentar sexto año;
después, según todas las probabilidades,
aprenderé todo lo que se deba,
seré médico,
tendré ambiciones, barba, pantalón largo…

Pero si tengo un hijo
haré que nadie nunca le enseñe nada.
Quiero que sea tan perezoso y feliz
como a mí no me dejaron mis padres
ni a mis padres mis abuelos
ni a mis abuelos Dios.

(S. Novo. Antología personal. Poesía, 1915-1974. México: CNCA, 1991)

Jaime López

El viejo continente

Tres naves se acercaban
allá por Portugal
y al ver que ya encallaban
la voz corrió a avisar.

Qué raro se vestían
aquellos navegantes,
sus plumas eran signos
de una interrogante.

¿De dónde vienen éstos?,
perplejos preguntaban;
comiéndose las uñas,
los pelos se arrancaban.

Tocaban a la puerta
del Viejo Continente,
llegaban espantando
a aquella vieja gente.

Y ya el juglar cantaba
que el mito se cumplía,
entonces recordaron
la antigua profecía:

De allende el mar siniestro,
en pos de sacrificios,
buscando nuestra tierra
vendrán un día los indios.

Tres lanchas atracaron
allá por Portugal,
la fecha en que arribaron
la tierra dio en rodar.

El mundo, al fin, giró,
sonando rechinantes
los sesos oxidados
de los occidentales.

La salvación del alma
tenía buen mercado
guardando a los creyentes
en un cielo cuadrado.

Creían que venían
de aquel abismo eterno
a echar a todo el mundo
en un redondo infierno.

Y así fue que los indios
Europa descubrieron,
hallando caras pálidas
con máscaras de miedo.

-Levanten la mirada,
no teman, ya nos vamos.
¡Qué zonzos! ¿Se creían
en un planeta plano?

Soneto destartalado

Soy una sensación destartalada,
sin más, un alma que anda en pos de un cuerpo
y no quien en monedas de desprecio
mendiga amor en esta madrugada.

Soy sangre en carne como forma, es cierto;
soy una pulsación desenvainada
que suele arremeter contra la calma,
aquesta calma chicha de tu lecho.

No soy, entonces, sangre de tu sangre.
Escucha, corazón, el propio eco
nos cambia pulso a pulso de lenguaje.

Discúlpame, bellísimo pellejo:
tampoco soy yo carne de tu carne…
nomás un alma que anda en pos de un cuerpo.

Soneto del automovilista

El vértigo maneja los peligros
en este auto aniquilante propio
por esta carretera de nosotros,
que aún algunos llaman fatalismo.

Tal vez ha sido suerte ante el arrojo,
soy un sobreviviente de mí mismo;
ningún consejo doy para el abismo,
pues uno sólo aprende en riesgo propio.

Por más que se le atienda a quien advierte,
es uno el que se interna en las edades,
salvándose o quedándose en la ruta.

Por estas curvas tan de vida o muerte,
cambiar a tiempo las velocidades
no es fácil y además es cosa tuya.

Panteón del neón

Alguien mató a la noche
en las calles de esta ciudad,
dicen que fue la tele,
chance fue el eje vial,
cierta moral incluso,
dizque la autoridad;
sea quien haya sido,
juro que no fui yo,
aaay,
panteón del neón.

Cuenta la gran leyenda
-y en el cine se ve mejor-
que hubo muy buenos tiempos
donde no los hay hoy,
por estas viejas calles
alguien la asesinó;
sea quien haya sido,
juro que no fui yo,
aaay,
panteón del neón.

Panteón del neón
centro de la ciudad,
donde hasta la Llorona
desaparecerá.

Luce tan sedentario
el futuro en su propia red
y desde allá un enviado
trajo la nueva fe,
dice que de aventones,
viaje por Internet;
sea quien haya sido,
juro que no fui yo,
aaay,
panteón del neón.

La calle no morirá

Esto no es un videoclip
ni la gran telenovela,
algo acá me hace click
cuando veo vacío afuera,
pero la calle no morirá,
pero la calle no morirá.

Esto no es un compactdisc
ni es un walkman, ya despierta,
algo está pasando aquí
más acá de tu cabeza
y es que la calle no morirá
y es que la calle no morirá.

Las parabólicas caerán,
pero la calle no morirá.
Y tus audífonos caerán,
pero la calle no morirá.

(J. López. Lírica. México: Ediciones Cal y arena, 1997)