Gonzalo Rojas

Acorde Clásico

Nace de nadie el ritmo, lo echan desnudo y llorando
como el mar, lo mecen las estrellas, se adelgaza
para pasar por el latido precioso
de la sangre, fluye, fulgura
en el mármol de las muchachas, sube
en la majestad de los templos, arde en el número
aciago de las agujas, dice noviembre
detrás de las cortinas, parpadea
en esta página.

La piedra

Por culpa de nadie habrá llorado esta piedra.

Habrá dormido en lo aciago
de su madre esta piedra
precipicia por
unimiento cerebral
al ritmo
de donde vino llameada
y apagada, habrá visto
lo no visto con
los otros ojos de la música, y
así, con mansedumbre, acostándose
en la fragilidad de lo informe, seca
la opaca, habráse anoche sin
ruido de albatros contra la cerrazón
ido.

Vacilado no habrá por esta decisión
de la imperfección de su figura que por oscura no vio nunca
nadie
porque nadie las ve nunca a esas piedras que son de nadie
en la excrecencia de una opacidad
que más bien las enfría ahí al tacto como nubes
neutras, amorfas, sin lo airoso
del mármol ni lo lujoso
de la turquesa, ¡tan ambiguas
si se quiere pero por eso mismo tan próximas!

No, vacilado no, habrá salido
por demás intacta con su traza ferruginosa
y celestial, le habrá a lo sumo dicho al árbol: -Adiós
árbol que me diste sombra; al río: -Adiós
río que hablaste por mí; lluvia, adiós,
que me mojaste. Adiós,
mariposa blanca.

Por culpa de nadie habrá llorado esta piedra.

Gato negro a la vista

Gato, peligro
de muerte, perversión
de la siempreviva, gato bajando
por lo áspero, gato de bruces
por lo pedregoso en
ángulo recto, sangrientas
las úngulas, gato gramófono
en el remolino de lo áfono, gato en picada
de bombardero, gato payaso
sin alambres en lo estruendoso
del Trópico, arcángel
negro y torrencial de los egipcios, gato
sin parar, gato y más gato
correveidile por los peñascos, gato luz,
gato obsidiana, gato mariposa,
gato carácter, gato para caer
guardabajo, peligro.

Mariposas para Juan Rulfo

Cómo fornicarán felices las mariposas en
el césped oliendo
de aquí para allá a Dios sin
que vaca alguna muja encima de
su transparencia, jugando a jugar
un juego vertiginoso a unos pasos
blancos del cementerio con el mar
del verano zumbando allá abajo ocio y
maravilla.

Rulfo habrá soplado en ellas tanta
locura, Juan Rulfo cuyo Logos
fue el del Principio; les habrá dicho: -Ahora, hijas,
nos vamos de una vez
del páramo.

¿Y Ellas? Ahora ¿qué harán
ellas sin Juan que cortó tan lejos
más allá de Comala en caballo único tan
invisible?; ¿bailarán, seguirán
bailando para él por si vuelve, por
si no ha pasado nada y de repente
estamos todos otra vez?

Por mi parte nadie va a llorar, ni
mi cabeza que vuela ni la otra
que no duerme nunca. Se ha ido
y se acabó, nadie
corre peligro así acostado oyendo
los murmullos aleteantes.
Con tal
de que no sea una nueva noche.

Perdí mi juventud

Perdí mi juventud en los burdeles
pero no te he perdido
ni un instante, mi bestia,
máquina del placer, mi pobre novia
reventada en el baile.

Me acostaba contigo,
mordía tus pezones furibundo,
me ahogaba en tu perfume cada noche,
y al alba te miraba
dormida en la marea de la alcoba,
dura como una roca en la tormenta.

Pasábamos por ti como las olas
todos los que te amábamos. Dormíamos
con tu cuerpo sagrado.
Salíamos de ti paridos nuevamente
por el placer, al mundo.

Perdí mi juventud en los burdeles,
pero daría mi alma
por besarte a la luz de los espejos
de aquel salón, sepulcro de la carne,
el cigarro y el vino.

Allí, bella entre todas,
reinabas para mí sobre las nubes
de la miseria.
A torrentes tus ojos despedían
rayos verdes y azules. A torrentes
tu corazón salía hasta tus labios,
latía largamente por tu cuerpo,
por tus piernas hermosas
y goteaba en el pozo de tu boca profunda.

Después de la taberna,
a tientas por la escala,
maldiciendo la luz del nuevo día,
demonio a los veinte años,
entré al salón esa mañana negra.

Y se me heló la sangre al verte muda,
rodeada por las otras,
mudos los instrumentos y la sillas,
y la alfombra de felpa, y los espejos
que copiaban en vano tu hermosura.

Un coro de rameras te velaba
de rodillas, oh hermosa
llama de mi placer, y hasta diez velas
honraban con su llanto el sacrificio,
y allí donde bailaste
desnuda para mí, todo era olor
a muerte.

No he podido saciarme nunca en nadie,
porque yo iba subiendo, devorado
por el deseo oscuro de tu cuerpo
cuando te hallé acostada boca arriba,
y me dejaste frío en lo caliente,
y te perdí, y no pude
nacer de ti otra vez, y ya no pude
sino bajar terriblemente solo
a buscar mi cabeza por el mundo.

(G. Rojas. Qedeshím Qedeshóth. Antología. Santiago de Chile: FCE, 2009)

Charles Wright

El norte

Esto es el norte, los jirones de las nubes que se arrastran contra el suelo
y se enganchan
en las copas empapadas de las coníferas.
Incluso el corazón se alzaría más alto que ellas,
el empapado corazón de ramas salpicadas,
pero no lo hace porque esto es el norte,
y aquí todo lo oscuro, el deseo y su gramo de más, se contiene
y repta, resentido y babeante, entre los árboles.
Una tarde sin apariciones,
con una parte de agua, y dos partes de lo que sea que la luz no nos desvela.

El norte no es el recuerdo del norte sino su repetición
y sus cadencias, San Agustín tiznado, una mano delante y otras detrás:
el norte es donde vamos cuando no nos queda sitio adonde ir.
Es donde están los otros que hemos sido,
resplandecientes, impertérritos, completamente irreconocibles.
Llevamos aquí años,
entre retazos de niebla y lluvia y rachas de sol,
y hay mundos ya idos tras nosotros, lentas apariciones como el fundido en negro de Jimmy Durante
jugando a la rayuela sobre la hierba del prado.
Este es nuestro paisaje y nuestra zona de aterrizaje, este es nuestro cristal oscuro.

La generación silenciosa II

Contamos nuestra historia. Por partida doble, y nos llevamos los palos.
Nos encontrarás aquí, claro, al final de la última página,
firmamos con un garabato de humo.

Las tormentas nos iluminan y pasan atronando.
Las ramas se comban con el viento de mayo
pero no se parten, las flores se comban y ellas sí se parten, la hierba se apelmaza.

Y entonces baja el gris inalterable,
irreductible a címbalo o tambor, sin notas que le pongan música a los pies.
Pero nos lo subimos hasta el cuello; es ya la vida nuestra.

Parlanchines, perdidos por una palabra, senescentes,
¿quién iba a saber que tendríamos tanto que decir, o lengua para decirlo?
El viento, supongo, que ya lo ha oído todo antes y arruga nuestras páginas.

Y así seguimos, apretando los labios, relajando los labios,
suspirando por palabras que no sean efímeras, pequeñas palabras,
hechas de viento y de intemperie, que no desdigan nuestros nombres.

Sacre

Hay cosas sobre las que no podemos escribir, hay viajes
tan largos y sagrados que no podemos emprenderlos.

No hay naturaleza en la eternidad, ni se muda el viento, ni la mala hierba.

Sea cual sea la visión, cual sea el implemento,
miramos en lugar equivocado, buscamos lo que no teníamos que buscar.

No somos lo que es nuevo, no somos lo que hemos encontrado.

Breve historia de mi vida

A diferencia de Lao Tsé, según se dice concebido de una estrella fugaz,
quien permaneció en el vientre de su madre
durante 62 años y nació, según se dice una vez más, con el pelo blanco,
yo nací una mañana de domingo,

intocado por los cielos,

con poco pelo, sin dientes, con las sombras del crepúsculo en el corazón,
y a mucho camino del camino.
Shiloh, campo de batalla de la Guerra Civil, estaba justo al lado,
el río Tennessee viraba suavemente a mi cabeza y a mis pies.
El búfalo de agua, las arenas del desierto,
guardián y caracteres,

todo eso quedaba a años de dragón de allí.

Como Dionisios, yo también nací dos veces.
De la carne del muslo izquierdo de Italia, emergí un enero
en un mundo diferente.

Tenía todo mucho sentido,

escondido como había estado una vida entera.
Y entré en ese mundo con los ojos abiertos, con el viento en los oídos,
con la saciedad del vino lento y de la miel triscándome la lengua.
Tres años estuve a las puertas de San Ceno,

y tomé, más Roma que Roma,

todo lo que me ofrecieron.
Las nieves de los Dolomitas se postraban a mis pies.
Los limones del lago Garda me caían en las manos.

Pasad la cinta hacia adelante unos cuarenta y cinco años

y hay una tercera depresión postparto.

Pero ¿dónde, preguntó el poeta, está ese punto ciego de la historia?,
refiriéndose a otra cosa.

Aquí y sólo aquí, amado espacio mío, aquí y sólo aquí.
Mis oídos y mis sentidos enfermos parecen puros con el son del agua.
He vuelto, y es el tiempo de las lilas,
los arroyos corren hacia el este sin ser vistos a través de la mañana fría y húmeda
a primeros de junio. No hay luz sobre las hojas,
ni viento en las coníferas, ni nada que doblegue la pajiza hierba.
Solo el mundo con su gracia oscura.

Y yo he intentado retratarlo.

(C. Wright. Cicatriz. Ed. bilingüe. Trad. Carlos Jiménez Arribas. Madrid / México: Vaso Roto Ediciones, 2014)

John Burnside

Pensaba que vendría al amanecer:
oscuros pasos cruzando el patio, o una sombra
tímida en un ángulo del muro,

trazas de rocío o de nieve en el armario
de abajo, o una ocurrencia de mirra
disuelta en bruma en la bruma del espejo del baño;

y, aún hoy, cuando todo conduce
a la duda, imagino ese retorno,
distinto al del dios del que me hablaban

en la catequesis: más atmósfera que carne,
parecido a una frecuencia, a una
estática, al ruido rosa de la radio:

la voz de todas las cosas: la música
que me prometía el sueño
de la niñez, cuando la primera nevada alcanzaba

el bordillo de la espera y su constancia
-la del sosiego por venir, la de la grácil revelación-
flotaba entre lo buscado y lo entregado.

Penitencia

Tiempo para regresar y releerlo todo,
cubriendo de blanco las palabras que entiendes
hasta que nada sea visible sino esto:

avergonzado, evangelio, prudente, inexacto,
patrimonio, silencio, golpe de estado.

Tiempo para rehusar tus quince minutos de fama,
el premio que ganaste y que no puedes aceptar,
la letra pequeña del documento, la prima de no reclamación.

Fuera, en la oscuridad, en el frío, en un destello de la nieve,
algo inesperadamente vuelve, para dar testimonio:
una sombra, un fantasma, tu doble, u otro que
se te parece, o que se parecería a ti, si estuvieras,
vuelve para desentrañar el fantasma de un fuego extinto,
y revolviendo la escoria y la ceniza, recobrar el ritmo del corazón.

***

De madrugada,
despierto y solo,
aguardando que nieve, o mirando nevar,
desde mi alto aposento;

lejano como estoy de casa
y tan desconocido como me siento,

¿qué podría preferir, realmente,
al peso del yo?

Su destreza, en noches como esta,
su inmutable gracia:
los únicos medios de que dispongo
para dar testimonio.

Más allá

Cuando hayamos partido
nuestras vidas seguirán sin nosotros;

cuando menos eso creemos,
y hasta tratamos de imaginar

el hueco que dejaremos, lleno
del fulgor de algún otro:

a otro recogiendo los frutos
del ciruelo, del jardín;

a otro a lo suyo, en un cuarto
repleto de estrellas,

sin sacar nada en claro
que no sea

el falido goce, la inarticulada
convicción de que el después no vendrá

sin que aceptemos
desapegarnos de las cosas

y dejemos escapar
el fantasma de un alma

que solo aparentaba ser
al pasar.

El cuerpo como metáfora

Solo podemos imaginar que termine
como la infancia o la lluvia:
la fiebre, el pespuntar de los huesos, el remendado
lustre del yo, todo purpurina y encajes,

como si se hubiese decidido hace mucho
que la carne es un periplo,
algo inmenso que corre por la sangre,
como un verano de acacias,

o algo no tan visible, fugaz,
como las semillas del abedul, o un cable
que se conecta, en el sueño y el éxtasis, con la mano
tendida desde la luz, para abrirla o cerrarla.

(J. Burnside. Dones. Trad. Juan Antonio Montiel. Barcelona: Lumen, 2013)