Carta a un purista
Ese grandioso coloso que
Se erguía a horcajadas
Frente a los envidiosos embates del mar
(El cual intentaba, ola tras ola,
Marea tras marea,
Continuamente, acabar con él),
No tiene nada de ti,
Oh, amor mío,
Oh, gran idiota mío que,
Con un pie
Atrapado (digamos) en la alcantarilla
De carne y hueso,
Dudas si coger la otra salida
En las absurdas provincias de la alocada
Babia,
Observando boquiabierto la impecable luna.
Llorosa
Sobre un colchón de lama, bajo el signo de la bruja
Y en un espasmo de sangre, la virgen que habla en sueños
Ahorca con su maldición al hombre de la luna, ese fulano
Que acarrea un haz de leña en su huevo impecable:
Alumbrado con un enorme barril de clarete para él solo,
Reina a sus anchas, con el ombligo anudado para no gemir;
Pero el precio que han de pagar las muchachas con cola de pez
Para adquirir una piernas blancas es llevar la piel cosida a puntadas.
Incomunicada
La marmota en la montaña no salió huyendo
Sino que correteó pesadamente hasta un helecho desplegado
Y me hizo frente, acorralada por una cornisa de tierra,
Castañeteando sus amarillentos dientes de roedor
Ante mí, que la observaba agachada, sin querer intercambiar
Por ese cauteloso matraqueo ningún sonido o gesto
De amor: las zarpas bien afirmadas, en peligro —mi valía, no la suya.
Encuentros así no se dan nunca en los cuentos de hadas,
En los que las marmotas que hallan el amor aman a su vez,
Y en los que la regla es hablar sin tapujos, ya sea con afecto
U hostilidad que ningún rudo animal malinterpreta.
Pero qué desgracia la mía. Las lenguas son algo extraño,
Los signos no dicen nada. El halcón que habla a las claras
A la joven Canace le grita un galimatías a su tosco oído.
Al despertar en invierno
Noto el sabor a estaño del cielo: la única cosa realmente de estaño.
El color del alba en invierno es el del metal,
Los árboles se quedan paralizados, rígidos como nervios ardidos.
Me he pasado la noche soñando con destrucciones, exterminios:
Un sinfín de gargantas degolladas, y tú y yo
Avanzando muy despacio en el Chevrolet gris, bebiendo el verde
Veneno de los prados inmóviles, las pequeñas lápidas de tablillas,
Silenciosos, en el coche, camino de un balneario junto al mar.
¡Cómo resonaban los ecos en las balaustradas! ¡Cómo encendía el sol
Las calaveras, los huesos descoyuntados frente a aquella vista!
¡Espacio! ¡Espacio! Las sábanas colgaban abandonadas a su suerte.
Las patas de la cuna se fundían en terribles actitudes, y las enfermeras…
Cada una conectaba temporalmente su alma a una herida y desaparecía.
Los cadavéricos huéspedes no estaban satisfechos ni con las habitaciones,
Ni con las sonrisas, ni con las hermosas plantas de plástico, ni con el mar,
Por mucho que éste calmara sus sentidos en carne viva como la Vieja Madre Morfina.
Palabras
Hachas
Tras cuyos golpes resuena la madera,
¡Y los ecos!
Ecos que parten
Desde el centro, como caballos.
La savia
Brota como las lágrimas, como el
Agua que se esfuerza
En restablecer su espejo
En la roca,
Deshaciendo y horadando
Este cráneo blanco,
Carcomido por las malas hierbas.
Años después, vuelvo
A encontrármelas por el camino:
Las palabras secas y sin jinete,
El estruendo incansable de los cascos.
Mientras,
Desde el fondo de la charca, las estrellas fijas
Gobiernan una vida.
I de febrero de 1963
(S. Plath. Dime mi nombre. Poesía completa, 1956-1963. Ed. introd. y notas Ted Hughes. Preámbulo, traducción revisada y notas correspondientes, revisadas y ampliadas Xoán Abeleira. Barcelona: Editorial Navona, 2022)
