Poemas para antes y después de navegar

Manuel Maples Arce

Ruta

A bordo del expreso
volamos sobre la irrealidad del continente.

La tarde apagada en los espejos,
y los adioses sangran en mi mente.

El corazón nostálgico presiente
a lo largo de este viaje,
literaturas vagabundas
que sacudieron las plumas
de sus alas,
en los fríos corredores del paisaje.

Van pasando las campiñas sonámbulas
mientras el tren se aleja entre los túneles del sueño.

Allá de tarde en tarde,
ciudades
apedreadas de gritos y adioses.

Ríos de adormideras
que vienen del fondo de los años,
pasan interminablemente,
bajo los puentes,
que afirmaron
su salto metálico
sobre las vertientes.

Después, montañas, silenciosos ejércitos
aúllan a la muerte.

Entre las rendijas de la noche
me atormenta el insomnio de una estrella.
Trenes que marchan siempre hacia la ausencia,
un día,
sin saberlo,
nos cruzamos
en la geografía.

Verano

La mañana es un grito salpicado de pianos
que abre las ventanas al ardor del verano;
la brisa hace volar su ropa de campiñas
en las playas de luz por donde van sus pasos.

Oh desnudez marina de palmas exaltada,
reconozco la espuma de sus hombros
en el salto de mármol sin apoyo,
vuelo frágil que se quiebra en el agua.

Su mirada difunde el azul de las fábulas
y palpita en sus labios un rumor de riberas.
Viene la geometría perenne de las olas
a mezclar su compás a nuestro abrazo
mientras el mar mueve sus máquinas
bajo la claridad de frías devastaciones.

Tú sonríes desde el borde de un éxtasis desnudo
y despiertan de pronto los júbilos arcanos,
pero la forma sólo responde por el tacto.
Una caricia flota desprendida del mundo.

Desvanecimiento

Por la tarde encantada
que recorren patrullas invernales,
yo busco en la dulzura de una imagen borrada
la dicha que rompieron los abrazos fatales.

Viene un rumor tremante
de cristales
de los barrios lejanos como una marejada,
hasta el silencio errante
de los hospitales.

En el jardín de alma deshojada
presiento su sonrisa a la melancolía ligada.
Mas su llegada espero
sin signo de apariencia,
pues su pisar ligero
no toca ya sendas terrenales:
desvestida de carne camina en la balada.

Tiempo y eternidad

El tiempo que me acribilla
me da mucho en qué pensar:
es cosa que maravilla
que siendo sólo arenilla
se mezcle a la eternidad.

La vida es la tarabilla
que ahonda nuestra ansiedad:
yo no voy tras lo que brilla.
Yo busco la eternidad.

El mundo de la mirilla
se me ha vuelto obscuridad:
fuera danza la gavilla.
Yo marcho en la eternidad.

(M. Maples Arce. Las semillas del tiempo. Obra poética 1919-1980. 2a ed. Est. prel. Rubén Bonifaz Nuño. México: FCE, 2023)