Oremus
Para Bernardo Couto Castillo
Oremos por las nuevas generaciones,
abrumadas de tedios y decepciones;
con ellas en la noche nos hundiremos.
Oremos por los seres desventurados,
de mortal impotencia contaminados…
¡Oremos!
Oremos por la turba que a cruel prueba
sometida, se abate sobre la gleba;
galeote que agita siempre los remos
en el mar de la vida revuelto y hondo,
danaide que sustenta tonel sin fondo…
¡Oremos!
Oremos por los místicos, por los neuróticos,
nostálgicos de sombra, de templos góticos
y de cristos llagados, que son supremos
desconsuelos recorren su ruta fiera,
levantando sus cruces como bandera.
¡Oremos!
Oremos por los que odian los ideales,
por los que van cegando los manantiales
de amor y de esperanza de que bebemos,
y derrocan al Cristo con saña impía,
y después lloran, viendo el ara vacía…
¡Oremos!
Oremos por los sabios, por el enjambre
de artistas exquisitos que mueren de hambre.
¡Ay!, el pan del espíritu les debemos,
aprendimos por ellos a alzar las frentes,
y helos pobres, escuálidos, tristes, dolientes…
¡Oremos!
Oremos por las células de donde brotan
ideas resplandores, y que se agotan
prodigando su savia: no las burlemos.
¿Qué fuera de nosotros sin su energía?
¡Oremos por el siglo, por su agonía
del Suicidio en las negras fauces…!
¡Oremos!
Londres
Desde el vitral de mi balcón distingo,
al fulgor del crepúsculo, la ignota
marejada de calles, en que flota
la bíblica modorra del domingo.
La bruma lenta y silenciosa, empieza
fantasmagorizando los perfiles
a envolver la metrópoli en sutiles
velos trémulos —Yo tengo tristeza:
la bíblica tristeza de este día,
la tristeza de inútil romería
que remata en inviernos agresores;
el tedio de lloviznas pertinaces,
y tu spleen, niebla límbica, que haces
manchas grises de todos los colores.
Como blanca teoría por el desierto…
Como blanca teoría por el desierto
desfilan silenciosas mis ilusiones,
sin árbol que les preste sus ramazones,
ni gruta que les brinde refugio cierto.
La luna se levanta del campo yerto
y, al claror de sus lívidas fulguraciones,
como blanca teoría mis ilusiones
desfilan silenciosas por el desierto.
En vano al cielo piden revelaciones:
son esfinges los astros, Edipo ha muerto;
y a la faz de las viejas constelaciones,
desfilan silenciosas mis ilusiones
como blanca teoría por el desierto.
Yo vengo de un brumoso país lejano…
Yo vengo de un brumoso país lejano,
regido por un viejo monarca triste…
Mi numen sólo busca lo que es arcano,
mi numen sólo adora lo que no existe.
Tú lloras por un sueño que está lejano,
tú aguardas un cariño que ya no existe:
se pierden tus pupilas en el arcano
como dos alas negras, y estás muy triste.
Eres mía; nacimos de un mismo arcano
y vamos, desdeñosos de cuanto existe,
en pos de ese brumoso país lejano,
regido por un viejo monarca triste…
Libros
Libros, urnas de ideas;
libros, arcas de ensueño;
libros, flor de la vida
consciente; cofres místicos
que custodiáis el pensamiento humano;
nidos trémulos de alas poderosas,
audaces e invencibles;
atmósferas del alma;
intimidad celeste y escondida
de los altos espíritus.
Libros, hojas del árbol de la ciencia;
libros, espigas de oro
que fecundara el Verbo desde el caos;
libros en que ya empieza desde el tiempo
el milagro de la inmortalidad;
libros (los del poeta)
que estáis, como los bosques,
poblados de gorjeos, de perfumes,
rumor de frondas y correr de agua;
que estáis llenos, como las catedrales,
de símbolos, de dioses y de arcanos.
Libros, depositarios de la herencia
misma del universo:
antorchas en que arden
las ideas eternas e inexhaustas;
caja sonora donde custodiados
están todos los ritmos
que en la infancia del mundo
las musas revelaron a los hombres.
Libros, ¡ay!, sin los cuales
no podemos vivir: sed siempre, siempre,
los tácitos amigos de mis días.
Y vosotros, aquellos que me disteis
el consuelo y la luz de los filósofos,
las excelsas doctrinas
que son salud y vida y esperanza,
servidle de piadosos cabezales
a mi sueño en la noche que se acerca.
(A. Nervo. Antología poética. Selec. y pról. Juan Domingo Argüelles. México: Océano, 2014)
