Poemas para antes y después de navegar

Mariana Finochietto

37

Ya no quiero
escribir sobre el amor
ni sus sórdidos
espejitos de colores,
deslumbrantes baratijas
de algún genio maligno.

Ya no quiero
escribir del desamor,
ni de la loba herida
que desgarra mi carne
cada noche
que el insomnio
me derrota.

Me bebí de un trago
las grandes palabras
y ahora
sólo quiero
sentarme a la orilla de un
verso
que me sane.

22

Como quien se queda esperando el tren
y se pierde mirando los galpones de chapa
erguidos e impunes contra el horizonte.

Como quien recuerda que carga valijas
y comprende el peso
del polvo de siglos dormido en las vías.

Como quien se cansa de aguardar la tarde
sentado en un banco más solo
que el andén desierto de hierro y madera.

Como quien despierta de una pesadilla
y entiende de pronto que ya no hay regresos,
que no habrá partidas.

Estirpe

Hay mujeres
que llevan
entre los dedos la fragilidad,
como gemas del aire.
Aves raras,
de delicada belleza,
cuando sonríen,
la risa las penetra
como si le bastara ir hacia adentro
para comprender la felicidad.
Se mueven
en este territorio blanco
entre la madurez y la ingenuidad,
porque nacieron viejas
y van, como en sueños,
hacia la inocencia.
Son de la estirpe que no baja los ojos:
las que heredarán la tierra.

Desde mis pies

Desde mis pies
hasta el mechón de pelo
que corona mi frente de señora gentil,
desde los huesos
de mis anchas caderas de parir,
a los hombros
donde a veces reposó la lluvia,
desde mis manos de jardinera,
mi lengua
de amar y maldecir,
mis ojos y la perra presbicia
que llega,
con el hambre de la edad,
nada en mi cuerpo,
nada,
aprendió a esperar el tiempo del deseo.

La voz lisiada

A veces digo
y otra veces
no.
El silencio
es muñón de la lengua nacida para callar,
esa voz lisiada
de las mujeres de mi generación
que alternan la canción de cuna y el gemido,
y se aguantan.
Madre,
¿qué cordón de seda me anudaste
en la garganta?
¿Dónde canta, abierta, la voz de las mujeres
que aprendimos a callar?
¿Dónde se abre el cuero para liberar la sed?
La grieta
abre el cuerpo a la mitad,
en el desgarro crece la palabra
como las flores brotan de la piedra.

IX

Harta de mí
comienzo a disgregarme.
Suelto
pedacitos de mí,
como palomas
que un mago triste abandonó en la plaza.

(M. Finochietto. Quiero sacar la cabeza por la ventanilla de tu coche. Poesía reunida. Chihuahua, Chihuahua, México: Medusa Editores, 2024)