Poemas para antes y después de navegar

Orlando Mondragón

Mi padre era como un caballo

oscuro y silencioso
o su estatua
la estatua dormida de un caballo.
Lo cierto es que mi padre eran tan alto
que debía mirarlo hacia arriba de su sombra.
Su corazón tan alto,
el relámpago de su voz tan alto,
la oscura lluvia de sus manos cuando
me alzaba en brazos tan alta.

Jugábamos al centauro,
mi padre y yo,
montado en sus hombros de gigante
aterrábamos a los muebles y a mamá.
Sus ágiles cascos
siguiendo mis órdenes.

Arriba de él,
juro que mi padre y yo
                              éramos un solo cuerpo

A un coche

Cegaron los espejos y los faros,
amputaron sus llantas
dejándole cuatro muletas de ladrillos.

Tundido, abollado por los golpes del día,
siempre dormía afuera de mi casa.
Me era familiar como una playera vieja,
como el botón del cuarto piso,
como un vecino que te encuentras al salir.

Hoy ha desaparecido.
Supongo que una guía vino por él en la noche.

No sé de dónde viene esta piedad
por objetos así: descuidados,
abandonados a la intemperie.
A los que no voltean a mirar.

Pero otra vez estoy hablando de mí mismo.
Yo nada más quería decir
que casi extraño aquel coche.
Su paciencia infinita,
su vida rota.

Supongo que no les gustaba verlo
porque recordaba lo sencillo que es
que el motor se apague.
No llegar nunca.

Edificio H

Me gusta la palabra edificio.
El sonido apilado y vertical,
las vidas que embotella,
que rellena con los mismos cables,
las mismas tuberías.

Departamento
tiene algo que encierra,
es necesario acomodarle sílabas
para que entre en la boca.

En cambio, habitación
es más cercana a mí.
Tiene un desorden donde me conozco,
un silencio al inicio
con el que voy a tientas por sus letras.
Posee más de hogar que el propio hogar.
Posee algo de cápsula crogénica
de donde se renace.

Es de las pocas palabras que brotan
de la mudez, que nacen
de los espacios en blanco que se requieren
para dar un respiro.
Así como la palabra almohada,
que tiene un hueco a la mitad,
posee un sitio sin ocupante
para dejar que alguien
entre
            y nos habite.

(Signos oscuros de mi boca extraña. Antología de poesía mexicana reciente. Selec. y pról. Kenia Cano y Jorge Esquinca. México: Bonobos Editores, 2024)