Vladimir V. Maiakovski

¡Escuchad!

¡Escuchad!
Si brillan las estrellas
¿quiere decir que alguien las necesita?
¿quiere decir que alguien quiere que estén?
¿que alguien les llama perlas a esos escupitajos pequeñitos?
y, sin aliento,
en un turbión de polvo, al mediodía,
se dirige hacia Dios,
temiendo llegar tarde,
llora,
besa su áspera mano,
implora
que haya una estrella al menos.
¡Jura
que no puede aguantar este tormento de que no haya
estrellas!
Después
pasea tembloroso
—fingiéndose sereno—
y comentando a otro:
“Así va mejor ¿no?
No da miedo
¿verdad?”
¡Escuchad!
Si brillan
las estrellas
¿quiere decir que alguien las necesita?
¿quiere decir que es necesario
que cada noche
por sobre los tejados
al menos una estrella se ilumine?
(1914)

El puerto

Bajo los vientres sábanas de agua
que un blanco diente laceraba en olas.
Las chimeneas rugen, como si recorriesen
lujuria y amor juntos sus gargantas de bronce.
Las barcas se apretujan en la cuna del muelle
prendidas a las ubres de la férrea madre.
En las orejas de los buques sordos
ardían los zarcillos de las áncoras.
(1912)

Himno al científico

La población de todos los imperios
—hombres, aves, ciempieses—,
erizados las plumas y el cabello,
se agolpó en la ventana, desesperada de curiosidad.

Y se interesa el sol, y abril también,
y el deshollinador sucio de hollín,
por el impresionante e infrecuente espectáculo:
la figura de un célebre científico.

Lo miran y remiran, y no lo ven humano.
Y no es un hombre, cierto, sino una enclenquez bípeda
que tiene por cabeza un libro titulado
Tratado de verrugas brasileñas.

Con los ojos mastica la letra y la devora
—¡pena me da la letra!—.
Acaso el ictiosauro extinguido mascó
así alguna violeta entre sus maxilares.

Tiene hundidos los hombros, como molido a palos,
mas ¿qué importa a un científico defecto tan trivial?
Él sabe con certeza, porque lo dijo Darwin,
que somos, nada más, descendientes de simios.

Se filtra el sol por una estrecha grieta
igual que el pus de una pequeña herida
y va a esconderse entre el montón de trastos
de un polvoriento estante.

Un  corazón de chica hervido en yodo.
Un trozo endurecido de hace ya dos veranos.
Y, clavado en un hierro, hay algo que parece
la cola disecada de un pequeño cometa.

Se pasa aquí las noches. Desde las galerías
ríe de nuevo el sol de las tristes humanas pequeñeces
y abajo, par la acera, una vez más los chicos de primero
van, enérgicamente, al instituto.

Pasan, orejas rojas, pero a él no le indigna
que el hombre crezca estúpido, sumiso.
En cambio, sí podrá, en cualquier momento,
extraer bien una raíz cuadrada.
(1915)

¿Usted podría?

Embadurné de golpe el mapa de mis días grises
salpicándole tinta de un frasquito.
He enseñado en un plato —después— de gelatina
los pómulos oblicuos del océano.
En las escamas de un pescado en lata
leí la invitación de nuevos labios.
¿Usted
podría
tocar un nocturno
en una flauta de cañerías?
(1913)

(V. Maiakovski. Poemas (1912-1920). Selec. y trad. Santos Hernández, Joaquim Horta y Manuel de Seabra. Barcelona: Laia, 1984)