Poemas para antes y después de navegar

Jaime Augusto Shelley

Entre mis obligaciones

Para salir a la calle
hay que pertrecharse.
Son zapatos, camisas y miradas
a ponerse, diariamente.
A fuerza
de costumbre.
Algunas veces, boca entrecerrada
y cigarrillo a flor de diente;
a silbidos otras.
Pero hay que ponerse algo,
pronto,
antes de la puerta.
Ante los espejos,
invocar al espectro necesario
que es el orden.

El huésped

Esta es una habitación
de paredes blancas
y muebles en reposo.

En cada sitio predilecto
se detienen, por un instante,
perros y enseres de arcilla roja.

Eso es todo.
Para alegrarme,
por las noches me despido de la luz
y dejo que el viento,
largo tiempo asomado a la ventana,
entre y silbe ruidosamente
entre los libros.

Poética

Devoras esta soledad,
hambruna,
para hacerla tuya.

He aquí que la muerdes y masticas,
salobre,
hasta hacerla pan.

Tu cada día.

De los frutos de otoño

Abro la mañana solar
ávido de los frutos que caen,
madurando,
en el otoño solo.

Las frases que no pronunciamos,
el olvidado (y temido) ámbito original de las
      palabras,
nos confrontan, nos yerguen, nos erizan
los vellos y los párpados.
Ungidos vamos de esa cera
que enraiza los murmullos
de las bocas distantes en la piel.
Sin voz.

En las afueras vibrantes,
tentáculos que afectan con deleite
la sorda propalación de los sentidos,
de sus átomos que estallan
y silban y se estrellan. Sin palabras.

Grávidas, tan distantes
de los sucios aledaños de las uñas,
tangiendo otros silencios,
ordenadamente poseyendo otros desastres,
las bocas que se abren al colmillo de la ira
o del ansia,
queman sus naves de burbujas
y se dan,
por esta vez
sedientas,
como carne.

10

Toda la noche hemos bailado, bebido ron.
Nos hemos agredido con toda la prisa y el miedo
de los cementerios.
Desenfundamos la orfandad de los sentidos,
pero no llegamos con los besos y caricias
a ninguna parte,
porque para llegar aquí
hemos tenido que cruzar
aledaños de cólera,
insurgencias de olores y metal que no dejan seguir,
ser como uno quisiera,
sin otra cicatriz que no sea la del amor.
[De “Himno a la impaciencia”]

(J. A. Shelley. Abuso del poder. Lecturas mexicanas 79. Segunda serie. México: Siglo XXI Editores / SEP, 1987)