Poemas para antes y después de navegar

Geoffrey Hill

Pintura de Natividad

Por el mar preservado, cubierto de restos marinos,
cuadernas, quillas, heridas de coral,
caras distantes, efímeros aceites,
depositado en las orillas exteriores del mundo,

un niño rey, mudo,
llega al lugar preciso; descansa,
impávido, entre suaves serpientes, bestias
con garras de mantequilla. En el encuentro

de la penuria bestial y común,
hombres artísticos aparecen para adorar
y rendirse; para reconocer
señales de familia; creer lo que ven sus ojos.

Sobre la maravilla, rígidas las cabezas,
los ángeles, sus artificiosas alas desplegadas,
se hielan en una actitud
que evoca a los muertos.

Los custodios

Los jóvenes, pronto levantados, se habían ido,
algunos a excursiones más allá de la bocana de la bahía,
otros a los lagos, un sol frágil reflejado.
Nubes de tormenta corrían, extrañas, desde el sur.

Los viejos los miran. Han visto cómo los seguros
y abarrotados puertos se destruían con las tormentas,
irrumpen grandes mareas, los barcos arden en los muelles,
antes desplegaban sus velas tersas en nítidos mares.

Hay silencios. Es algo que también soportan:
leves avances; suaves postraumas de calma.
Poco a poco vadean la costa arruinada; reúnen
a los muertos, los primeros muertos llegan por los pelos.

El humanista

El retrato de Venecia; está
meditando, el huésped célebre
cansado y de verbo exacto
en la mesa de las Musas.

Virtud es virtù. Estos
labios discuten y alaban
algún rico aforismo,
una vianda fina y blanca.

Las manos vulgares, antes
llenas de la sangre de Platón
(¡qué mal gusto!), ásperas,
descansan en las ropas.

Respublica

El estridente alto
trompeteo cívico
del desgobierno. Es
por lo que estamos.

Salvaje insolencia,
se agrega sin
distinción. Coraje
de hombres vulgares:

gastado en el pelotón
su testigo remanente
después de siglos
se les asegura

como un perdón.
Y otras lealtades
otras fortalezas
rotas si se nombran:

Respublica
con angustia recordada,
sus leyes arcaicas
y la himnodia;

y la destruida esperanza
que tantas veces
es arrancada con victoria
de entre de los muertos.

Epifanía en Santa María y Todos los santos

Los hombres sabios, vulnerables en yeso antiguo,
son porteados como dádivas
para depositarse como otros tesoros
en su familiar extrañeza, juguetes del misterio.

Bajo la iglesia el Stour se embrutece
a través de su estrecho tajo.
En vías de servicio las luces emiten sal ambarina
listada por una fina lluvia doblada como nieve.

Las exhibiciones no son desconocidas: un serafín de seis alas
en algún lugar se cierne; es el gesto de la invención,
no el creativo sino el espíritu del creador.
El aire nocturno canta un frío hechizo por venir.

(G. Hill. Poesía reunida. Ed., trad. y pról. Andreu Jaume. Barcelona: Lumen, 2020)