Somos caracoles en el desierto,
babosos perseguimos la labia del otro.
La coraza pesa, la saliva es el rastro,
secreción natural a falta de agua.
No creo que descendamos del mono
más bien venimos del caracol,
viscoso y arrastrado forja su destino,
lento y sin chistar,
así como nosotros queriendo regar la baba en otro lado,
limpiar la espuma de otros caracoles que avanzan despacio.
Nunca viajes con vestido,
las piernas se rozan con la fricción de los días,
si tienes que correr caerás cada tres pasos.
El vestido es un anzuelo diseñado para quedar en él,
no hay nada que avance más allá de lo redondo.
Llueve y pienso en los tendederos repletos de ropa,
en la ligera angustia de mojar los trapos.
Las casas se deberían construir un ladrillo arriba
para evitar que los ciclones no toquen
la almoneda furiosa en el asfalto.
Hay que buscar la casa en otro sitio,
hay que buscar el ladrillo
como se busca la papa;
buscar la forma de construir bajo las aguas,
cruzar la aguas,
secar las aguas,
buscar un impermeabilizante que no acabe con el cuerpo.
El desierto hace que la saliva te refresque,
te ahogue con tus propias aguas.
La sed es una plaga que aparece en el antiguo testamento,
un aviso para no asomar las cabezas en terrenos
donde hay lobos disfrazados de profetas.
Desde la línea fronteriza se ven las bardas de alambres oxidados
por el peso de los cruces,
paredes con tabiques picados,
desmoronados por las ansias del pase,
por ahí trepan a diario colgados de una sábanas
que reúnen el último sudor de la casa,
resbalan de golpe,
no se libran del trueque,
de la mano negra del coyote.
(Y. Ruíz. Coyote. Monterrey, Nuevo Léon: Universidad Autónoma de Nuevo León / Posdata Editores / Editorial Buró Blanco, 2023)
