Poemas para antes y después de navegar

Adriana Díaz Enciso

Los últimos deseos

Que no se hunda mi cuerpo en ese pozo
y no rueden sobre mi lengua las cuentas del olvido
Que no camine sonámbula pasillos acerados
gritando llamados risibles a media oscuridad

(Despierta estoy Despierta
Pétalos caen entre mis dedos
Tengo los ojos abiertos en la noche
)

Que la vastedad no me toque
y no susurren las voces omniscientes en mi oído
Que no caven un canal en mi garganta
para arrancarme las perlas del sueño eterno

Que en el delirio no caiga a solas
Que no entre el extraño el ladrón ni el enemigo

Que no ruede mi pena en esta luz

Verano en Madrid

La muerte arranca todas las cosas de sus goznes
Fantasmas pálidos se derriten en el barrio de Chueca
Cuarenta y un grados
Ni gota de agua
y ese charco en la calle huele a pescado y a inmundicia

Ellos se dejan deshacer
Apenas nada queda de sus cuerpos

Algo
que ni tú ni yo vemos ni nombramos
se ha desprendido del cielo impávido y ardiente
Una membrana
fina película de nata

Estamos mudos
torpes al tocarnos
y vemos fantasmas en las ventanas

El ángel

Es la sombra que se alza desde el rincón
Oscuro como las mañanas del invierno
Alienta el remolino que levanta hojas y tierra
Flota sobre las cabezas de los hombres
Ve sus pensamientos, la escritura
del desesperado
Cuando besa su frente, se estremece

Soporta en sus alas el peso de una multitud ensangrentada
De ahí sus ojos hundidos que atraviesan la oscuridad

Cuando acaricia los cuerpos extenuados
se hunden en la fiebre
Él es quien cierra con su mano helada los ojos de los muertos
los párpados frágiles como papel viejo
(Conoce la gloria de tocar los ojos de los muertos)

Sobrevuela las ciudades
los ojos que se elevan en una pregunta inútil
Sobrevuela los campos asolados
La selva sembrada de cadáveres

Él es el ángel protector
que guarda nuestra voz en su mirada ardiente

(A. Díaz Enciso. Hacia la luz. México: Ditoria, 1997)

Cuando el viento agita la ropa tendida
y el sol da marcha atrás
se acerca la tormenta

Entonces se alejan miradas
por no reconocerse en la humedad de la puerta
en la penumbra del único resguardo

Sucede que la lluvia aún golpea los tejados
el cuerpo tensa huesos fríos

y habrá que poner las manos sobre el rostro ajeno
por inventar sus rasgos

Pero es cierto también que pasan autos sobre la lluvia
ese rostro se recarga desconfiado contra el muro
y habrá que buscar otra puerta
despoblada

Además
en realidad no llueve

La lluvia es un deseo
un pretexto inútil
por encontrar refugio

Podría aparecer un ángel mirando por la ventana

Pero es un parpadeo
y aquí
bajo el sol
el viento sólo agita la ropa en la azotea


Déjate salir
Escribe lo que no amas
Lo que no bebes de las manos del día

Escribe la casa sola
el hablar a solas
y el andar a ciegas

Escribe el gato que duerme
el sudor del verano
el recuerdo insistente

Escribe tu cuerpo ajeno
tu boca blasfema
tu terror callado
y tu muerte viéndote pasar

Escribe en el cuaderno en la pared
Escribe con navajas en tu piel
Exprime la palabra

Bebe esa gota única


La noche
rompe la piel delgada que me envuelve

Es mi desnudez
entonces absoluta

Si me tocas no voy a abrir los ojos
No voy a abrir jamás los labios
por no dejar que escape el beso
por no dejar que la noche se diluya

Guardo tus manos dentro de mi cuerpo
Guardo una caricia oscura de cada noche que se ha abierto
sobre mi vientre abierto
sobre esta inevitablemente abierta desnudez

Bebo los nombres
los silencios que me tocan
cuando el tacto hace a la noche

Guardo tus dedos en mis venas
como guardo ortigas de otro aleteo nocturno
como guardo retratos en la lengua
Recojo celosa cada astilla de tu cuerpo
todo los caracoles de mis mareas soñadas
Me construyo dentro todo lo que se rompe
todo lo que dejas
cuando cierras persianas en mi rostro
para ser otra palabra de memoria

Guardo todos los vocablos
para la vista ajena que me mira sin recuerdo
para que me crea el cristal si digo que soy yo
la misma desnuda de la noche
que agota el amor en su boca


Sentir de nuevo el miedo del abismo
el aguijón venenoso de lagsoledad
la nobleza del dolor que dicen que enaltece el alma
y lo deja a uno azorado ante la inaudita insistencia de la vida
la nitidez insoportable del filo del mundo
la orilla de las cosas
la presencia total de los objetos

(A. Díaz Enciso. Pronunciación del deseo (de cara al mar). México: UNAM, 1992)