Francisco Hernández

Palabras de la griega

He conocido a la criatura nocturna.
En plena oscuridad me asalta el azul
de la mirada que la contiene,
Su territorio empieza donde le mío termina.
Cuando aleteaban los gallos,
el amanecer abre sus venas
con brillo de arma blanca.
Para entrar en el sueño,
la criatura nocturna se despierta.
Por el valle que la conduce a otras regiones
llega a los crímenes de la primera edad.
Es densa la criatura nocturna.
De su voz cuelga el eco de fecundas parvadas.
Su piel sangra en la noche.
Llueve sobre puentes levadizos,
golpea el porvenir de las tinieblas.
En bosques de Tubinga su nombre
es oración y hoguera.
Al pronunciarse sin motivo,
las niñas alimentan un aura de ceniza.
Al encenderse sin plenilunio,
los niños abandonan su espalda por el cuello.
Quiero cerrar los ojos para verla,
para decir, sobre las urnas del insomnio:
la criatura nocturna se desnuda
y flota sin cesar en el lenguaje.

Escribe Scardanelli

Está la mente en blanco y el papel se oculta.
En la memoria hay árboles
aferrados al polvo,
a ese polvo de siglos
donde el verano ha instalado su tienda.
En tu piel, cuántas fogatas llegadas
de otras lumbres.
Tus labios: moras humedecidas en mis dedos.
Tu saliva: lago donde flotan cisnes descuartizados.
Si respiro es por celebrar
el lujo de tu ausencia.
Si cuerpo asumo es para que lo aspires
en los claustros saqueados por la luna.
El párrafo termina: busca el idioma
un gato devorador de rosas.
Desde su altura la luz hace sudar mis daños.
Está el papel escrito y el pensar se muestra.

(F. Hernández. Vaincus par les démons. Vencidos por los demonios. Trad. Émile et Nicole Martel. México / Québec: Écrits des Forges / UNAM / Editorial Aldus, 2001)

Palabras de la griega

Con las últimas lluvias
me han crecido los ojos.

Se derraman con avidez en tierra seca.
Se extienden como un alud de moscas por el lodo.

Nada detiene a mis ojos cuando llueve.
Ni aquellas nubes por cimas atrapadas
ni los sapos que pegan, después de muertos,
en las campanas del cementerio.

Nada detiene a mis ojos cuando llueve.
Déjalos acercarse. Van a lamer tus dedos.

(F. Hernández. Habla Scardanelli. México: Ediciones del Equilibrista, 1992)