Valerio Magrelli

La pluma no debería dejar nunca
la mano del que escribe.
Ya es un hueso suyo, un dedo.
Como un dedo rasca, aferra e indica.
Es una rama del pensamiento
y da sus frutos:
amparo y sombra ofrece.

No tengo un vaso de agua
en la cama:
tengo este cuaderno.
A veces anoto palabras en la oscuridad
y el día siguiente las encuentra
deformadas por la luz y mudas.
Son objetos nocturnos
puestos a secar,
que al sol se rajan
y estallan. Quedan trozos esparcidos,
pobres cerámicas del sueño
que colman la página.
Es el cementerio del pensamiento
que se recoge entre mis manos.

Esta página es un cuarto deshabitado.
De vez en cuando traigo una silla rota
o un fajo de periódicos, y los abandono
en un rincón: nada más.
Lo que sobra se coloca aquí
y en la tregua del uso se deposita.
Es la última parada de los objetos
antes de salir del horizonte de la casa,
en la luz clara de su atardecer.

Hay que reflexionar sobre las ideas
como si fueran quesos
y hacerlas bullir y hacerlas
fermentar.
Cuando la tapa
de mimbre se quite
el ojo de la crema
relucirá blanco.
Se vierte mucho suero alrededor,
agujas de pino se entrelazan
para filtrar y la leche
cae tronando al fondo de los cubos.
Es un trabajo nocturno éste,
deben ladrar los perros
y el aire hacerse frío
y cálido el requesón y claro.

No conozco
de lo que escribo,
más bien lo escribo
porque lo ignoro.
Es un acto delicado,
es el límite
que confunde la presa
con el cazador.
Aquí coinciden
el objeto que busco y la causa
de esta búsqueda.
Para mí la razón
de la escritura
es siempre escritura
de la razón.

(V. Magrelli. Ora Serrata Retinae. Trad. y pról. Carmen Romero. Madrid: Visor Libros, 1990)