Poemas para antes y después de navegar


  • Rossella Di Paolo

    Enigma

    El castillo ha llegado con el viento
    con la lluvia se han abierto las banderas
    como soles.
    (Pasa el rey con su sonrisa
    incrustada en la corona)
    Los muros estiran su piel de tambor
    en tanto doblan cabezas las campanas
    y la hierba arde tres siglos
    bajo los pies de los hombres
    enzarzados en la danza.

    El cuerpo donde habito

    I
    Todo este buen objeto que es un cuerpo:
    sus brazos flacos despegados por arriba
    sus alocadas piernas cortadas hacia abajo
    y en el medio el pedacito de torso
    con su corazón puntual, sus riñones limpios
    y este pulmón que se asoma a la ventana
    y conversa con el otro
    sobre si el cerebro encabezado, si la boca armada
    si las altas hogueras parpadeando al unísono.
    Ah este cuerpo alegre como un perro chico
    con su sexo despierto saltando en la puerta.
    Sin este honroso cuerpo, duro y claro,
    sin su lúcida arquitectura
    de huesos quietos y pellejo alzado
    dónde habitaría y cómo
    tanta tierra acongojada nada?

    II
    En los brazos de mi cuerpo estoy
    en sus pies me alzo y ando.
    De mi cuerpo soy hija única
    y en su piel me sumerjo entera.
    Sin mi cuerpo no hay voz
    ni mi voz ni tu voz
    sin las orejas de mi cuerpo
    ni tu cuerpo sin los ojos del mío
    sin sus manos.
    Me ama este cuerpo que yo habito
    me abre sus ventanas y me teje
    y desteje cada día que me asomo.
    Es él quien fabrica las palabras
    la conciencia de estar / de ser aquí
    porque así lo quiere
    y si no lo quiere entonces nada
    de nada.

    Las altas distancias

    Si yo escribo tu nombre en la arena
    y tú escribes mi nombre en la arena
    pero en esta playa
    es que hemos descuidado las cosas
    hemos dejado crecer el mar como hierba mala
    y habrá que arrancarlo con cuidado
    hasta allanar la arena de esa playa
    donde puedas escribir mi nombre y rozar el dedo
    que está escribiendo el tuyo despacito.

    Al hipócrita lector

    Sólo estas palabras que junto frente a tus ojos
    como un montón de basura
    para que tropieces cada vez que salgas
    silbando a la calle
    mil veces además porque escribo en Lima
    y están de huelga los muchachos del alcalde
    los tristes, los olvidados muchachos de la orquesta
    con su camión ón ón y su triángulo recolector
    de cajas y bolsas reventando de palabras
    y otras inmundicias.

    Cesare P.

    Sé que lo tuyo es revolverse entre las brasas
    arrancarte los cabellos
    y las barbas si las tuvieras
    aplastar con los dedos la más pequeña luz antes que crezca
    como una espada de sol
    que te arroje de ese fosco paraíso
    que levantaste a pulso, severamente,
    y con exactas lágrimas regaste.
    Oh señor de la voluntad y del fierro,
    oh cáustico,
    sé que bajo tus pasos terribles no vuelve a crecer la hierba
    que tu aliento parte las sillas en dos
    en tres la fiesta.
    Sé que fui el ratón entre los anillos
    de la serpiente de fuego,
    el gato atrapado sobre el témpano de hielo.
    No soy digna de que entres en mi casa:
    hay demasida luz en ella,
    verdes pastos, blandas camas,
    pero una palabra tuya bastará para derribarla.

    (R. Di Paolo. Poesía reunida, 1985-2016. Presentación Ana María Gazzolo. México: FCE, 2023)


  • Amado Nervo

    Oremus

                                        Para Bernardo Couto Castillo

    Oremos por las nuevas generaciones,
    abrumadas de tedios y decepciones;
    con ellas en la noche nos hundiremos.
    Oremos por los seres desventurados,
    de mortal impotencia contaminados…
                                  ¡Oremos!

    Oremos por la turba que a cruel prueba
    sometida, se abate sobre la gleba;
    galeote que agita siempre los remos
    en el mar de la vida revuelto y hondo,
    danaide que sustenta tonel sin fondo…
                                  ¡Oremos!

    Oremos por los místicos, por los neuróticos,
    nostálgicos de sombra, de templos góticos
    y de cristos llagados, que son supremos
    desconsuelos recorren su ruta fiera,
    levantando sus cruces como bandera.
                                  ¡Oremos!

    Oremos por los que odian los ideales,
    por los que van cegando los manantiales
    de amor y de esperanza de que bebemos,
    y derrocan al Cristo con saña impía,
    y después lloran, viendo el ara vacía…
                                  ¡Oremos!

    Oremos por los sabios, por el enjambre
    de artistas exquisitos que mueren de hambre.
    ¡Ay!, el pan del espíritu les debemos,
    aprendimos por ellos a alzar las frentes,
    y helos pobres, escuálidos, tristes, dolientes…
                                  ¡Oremos!

    Oremos por las células de donde brotan
    ideas resplandores, y que se agotan
    prodigando su savia: no las burlemos.
    ¿Qué fuera de nosotros sin su energía?
    ¡Oremos por el siglo, por su agonía
    del Suicidio en las negras fauces…!
                                                          ¡Oremos!

    Londres

    Desde el vitral de mi balcón distingo,
    al fulgor del crepúsculo, la ignota
    marejada de calles, en que flota
    la bíblica modorra del domingo.

    La bruma lenta y silenciosa, empieza
    fantasmagorizando los perfiles
    a envolver la metrópoli en sutiles
    velos trémulos —Yo tengo tristeza:

    la bíblica tristeza de este día,
    la tristeza de inútil romería
    que remata en inviernos agresores;

    el tedio de lloviznas pertinaces,
    y tu spleen, niebla límbica, que haces
    manchas grises de todos los colores.

    Como blanca teoría por el desierto…

    Como blanca teoría por el desierto
    desfilan silenciosas mis ilusiones,
    sin árbol que les preste sus ramazones,
    ni gruta que les brinde refugio cierto.

    La luna se levanta del campo yerto
    y, al claror de sus lívidas fulguraciones,
    como blanca teoría mis ilusiones
    desfilan silenciosas por el desierto.

    En vano al cielo piden revelaciones:
    son esfinges los astros, Edipo ha muerto;
    y a la faz de las viejas constelaciones,
    desfilan silenciosas mis ilusiones
    como blanca teoría por el desierto.

    Yo vengo de un brumoso país lejano…

    Yo vengo de un brumoso país lejano,
    regido por un viejo monarca triste…
    Mi numen sólo busca lo que es arcano,
    mi numen sólo adora lo que no existe.

    Tú lloras por un sueño que está lejano,
    tú aguardas un cariño que ya no existe:
    se pierden tus pupilas en el arcano
    como dos alas negras, y estás muy triste.

    Eres mía; nacimos de un mismo arcano
    y vamos, desdeñosos de cuanto existe,
    en pos de ese brumoso país lejano,
    regido por un viejo monarca triste…

    Libros

    Libros, urnas de ideas;
    libros, arcas de ensueño;
    libros, flor de la vida
    consciente; cofres místicos
    que custodiáis el pensamiento humano;
    nidos trémulos de alas poderosas,
    audaces e invencibles;
    atmósferas del alma;
    intimidad celeste y escondida
    de los altos espíritus.

    Libros, hojas del árbol de la ciencia;
    libros, espigas de oro
    que fecundara el Verbo desde el caos;
    libros en que ya empieza desde el tiempo
    el milagro de la inmortalidad;
    libros (los del poeta)
    que estáis, como los bosques,
    poblados de gorjeos, de perfumes,
    rumor de frondas y correr de agua;
    que estáis llenos, como las catedrales,
    de símbolos, de dioses y de arcanos.

    Libros, depositarios de la herencia
    misma del universo:
    antorchas en que arden
    las ideas eternas e inexhaustas;
    caja sonora donde custodiados
    están todos los ritmos
    que en la infancia del mundo
    las musas revelaron a los hombres.

    Libros, ¡ay!, sin los cuales
    no podemos vivir: sed siempre, siempre,
    los tácitos amigos de mis días.
    Y vosotros, aquellos que me disteis
    el consuelo y la luz de los filósofos,
    las excelsas doctrinas
    que son salud y vida y esperanza,
    servidle de piadosos cabezales
    a mi sueño en la noche que se acerca.

    (A. Nervo. Antología poética. Selec. y pról. Juan Domingo Argüelles. México: Océano, 2014)


  • Manuel Gutiérrez Nájera

    A Kamer

    Versos rotundos de belleza antigua
    quisiera para ti: la griega lengua
    sobria y hermosa, y juvenal y fuerte,
    como la Diana Cazadora, fuera
    la única digna de cantar tu gracia;
    por eso embebecido te contemplo,
    y mi canción, que tu beldad celebra,
    es como arroyo débil que se quiebra
    en las gradas de un templo.

    En torno tuyo vagan los deseos,
    como abejas en torno de una rosa:
    tu mirada es el beso prometido,
    tu andar, es la cadencia silenciosa.
    Cuando pasas, a labios y pupilas
    en tumulto se asoman los amores
    para verte en silencio y admirarte,
    como al pasar el vencedor de Marte,
    salen los niños a arrojarle flores.

    Y tú pasas, ¡oh joven vencedora!,
    terciado el arco en la marmórea espalda:
    mozos y viejos cantan tu hermosura
    de pie sobre tu carro marfilino.
    Mueven el aire sonorosas palmas,
    y cuando llegas cual si un Dios llegara,
    se arrodillan las almas.

    Nada a tu gloria falta: ni poetas
    Que halaguen blandamente tus oídos,
    Ni el doliente gemir de los vencidos
    Que a tu carro magnífico sujetas.

    Ondas muertas

                                A Luis Mercado

    En la sombra debajo de tierra,
    donde nunca llegó la mirada,
    se deslizan en curso infinito
    silenciosas corrientes de agua.
    Las primeras, al fin, sorprendidas,
    por el hierro que rocas taladra,
    en inmerso penacho de esdpumas
    hervorosas y límpidas saltan.
    Mas las otras, en densa tiniebla,
    retorciéndose siempre resbalan,
    sin hallar la salida que buscan,
    a perpetuo correr condenadas.

    A la mar se encaminan los ríos,
    y en su espejo movible de plata,
    van copiando los astros del cielo
    o los pálidos tintes del alba:
    ellos tienen cendales de flores,
    en su seno las ninfas se bañan,
    fecundizan los fértiles valles,
    y sus ondas son de agua que canta.

    En la fuente de mármoles níveos,
    juguetona y traviesa es el agua,
    como niña que en regio palacio
    sus collares de perlas desgrana;
    ya cual flecha bruñida se eleva,
    ya en abierto abanico se alza,
    de diamantes salpica las hojas
    o se duerme cantando en voz baja.

    En el mar soberano las olas
    los peñascos abruptos asaltan;
    al moverse, la tierra conmueven
    y en tumulto los cielos escalan.
    Allí es vida y es fuerza invencible,
    allí es reina colérica el agua,
    como igual con los cielos combate
    y con dioses y monstruos batalla.

    ¡Cuán distinta la negra corriente
    a perpetua prisión condenada,
    la que vive debajo de tierra
    do ni yertos cadáveres bajan!
    La que nunca la luz ha sentido,
    la que nunca solloza ni canta,
    esa muda que nadie conoce,
    esa ciega que tienen esclava!

    Como ella, de nadie sabidas,
    como ella, de sombras cercadas,
    sois vosotras también, las obscuras
    silenciosas corrientes de mi alma.
    ¿Quién jamás conoció vuestro curso?
    ¡Nadie a veros benévolo baja!
    Y muy hondo, muy hondo se extienden
    Vuestras olas cautivas que callan!

    Y si paso os abrieran, saldríais,
    como chorro bullente de agua,
    que en columna rabiosa de espuma
    sobre pinos y cedros se alza!
    Pero nunca jamás, prisioneras,
    sentiréis de la luz mirada:
    ¡seguid siempre rodando en la sombra,
    silenciosas corrientes del alma!
                                                                1887

    Non omnis moriar

    ¡No moriré del todo, amiga mía!
    De mi ondulante espíritu disperso,
    algo en la urna diáfana del verso,
    piadosa guardará la poesía.

    ¡No moriré del todo! Cuando herido
    caiga a los golpes del dolor humano,
    ligera tú, del campo entenebrido
    levantarás al moribundo hermano.

    Tal vez entonces por la boca inerme
    que muda aspira la infinita calma,
    oigas la voz de todo lo que duerme
    ¡con los ojos abiertos en mi alma!

    Hondos recuerdos de fugaces días,
    ternezas tristes que suspiran solas;
    pálidas, enfermizas alegrías
    sollozando al compás de las violas…

    Todo lo que medroso oculta el hombre
    se escapará, vibrante, del poeta,
    en áureo ritmo de oración secreta
    que invoque en cada cláusula tu nombre.

    Y acaso adviertas que de modo extraño
    suenan mis versos en tu oído atento,
    y en el cristal, que con mi soplo empaño,
    mires aparecer mi pensamiento.

    Al ver entonces lo que yo soñaba,
    dirás de mi errabunda poesía:
    era triste, vulgar lo que cantaba…
    ¡mas, qué canción tan bella la que oía!

    Y porque alzo en tu recuerdo notas
    del coro universal, vívido y almo;
    y porque brillan lágrimas ignotas
    en el amargo cáliz de mi salmo;

    Porque existe la Santa Poesía
    y en ella irradias tú, mientras disperso
    átomo de mi ser esconda el verso,
    ¡no moriré del todo, amiga mía!
                                                                1893

    Para entonces

    Quiero morir cuando decline el día,
    en alta mar y con la cara al cielo;
    donde parezca sueño la agonía,
    y el alma, un ave que remonta el vuelo.

    No escuchar en los últimos instantes,
    ya con el cielo y con el mar a solas,
    más voces ni plegarias sollozantes
    que el majestuoso tumbo de las olas.

    Morir cuando la luz, triste, retira
    sus áureas redes de la onda verde,
    y ser como ese sol que lento expira:
    algo muy luminoso que se pierde.

    Morir, y joven: antes que destruya
    el tiempo aleve la gentil corona;
    cuando la vida dice aún: soy tuya,
    aunque sepamos bien que nos traiciona!
                                                                1887

    (M. Gutiérrez Nájera. Obras. Estudios y antología general José Luis Martínez. México: FCE, 2003)