Seamus Heaney

Un artista

Me fascina imaginar su cólera.
Su obstinación ante la roca, su contención
de la sustancia de las manzanas verdes.

El modo en que supo ser perro ladrando
frente a su imagen ladrando.
Y su odio por la propia actitud
ante el único trabajo que merecía la pena,
la vulgaridad de esperar si acaso
gratitud o admiración, significado
al fin de un robo de sí mismo.

Y el modo en que su fortaleza se erguía,
segura de estar haciendo lo que sabía hacer.
Su frente como una boule arrojada,
surcando el incoloro espacio
tras la manzana y la montaña.

Una noche de agosto

Sus manos eran cálidas y pequeñas y sapientes.
Cuando las volví a ver anoche, eran dos hurones,
Jugando solos en el campo bajo la luz de luna.

VIII

Cuentan los anales que los monjes de Clonmacnoise
Se hallaban rezando en el oratorio
Cuando un barco, volando, se posó encima de ellos.

El ancla cayó tan hondo que se enganchó
En los barandales del altar, y luego,
Mientras el gran casco se mecía hasta detenerse,

Un miembro de la tripulación bajó por la soga
Con intención de zafarla. Pero en vano.
“Este hombre no soportará la vida que llevamos, se ahogará”,

Dijo el abad. “A menos que le ayudemos”. Y así
Lo hicieron. El barco liberado navegó, y el hombre regresó
Desde lo maravilloso, según se le había concedido.

XXIII

De viaje en autobús rumbo al país de las sagas,
Ivan Malinowski escribió un poema
Acerca de los submarinos nucleares en la costa

De una estación ballenera abandonada.
Yo recuerdo un escalofrío, pero no puedo
Recordar ni una palabra. Lo que quería entonces

Era un poema de tarde cabal:
El extraño sol de medianoche del siglo trece,
Poniéndose a nivel del ojo de Snorri Sturluson,

Que ha venido a tomar un baño en las fuentes termales
Y a sentarse a presenciar la quietud después de la ordeña,
A buen resguardo en la habitación del trono de su mente.

Milagro

No el que se levanta y anda
Sino los que lo conocen de toda la vida
Y lo llevan dentro en andas,

Con los hombros entumecidos, el dolor por la encorvadura
Alojado muy hondo en la espalda, las manijas de la camilla
Resbalosas de sudor. Y no hay que ceder la lucha

Hasta que quede bien firme, ya ladeable, en guardia
Para elevarlo al tejado, y bajarlo a curación.
Tenlos en cuenta mientras esperan y aguardan

Que las sogas al soltarse queden frías,
Que pasen la incredulidad, la ligera confusión
De quienes de toda la vida lo conocían.

(S. Heaney. Obra reunida. Ed. bilingüe. Trad. e introd. Pura López Colomé. México: Trilce Ediciones / Conaculta / Universidad Autónoma de Nuevo León, 2015)

Cantares de Asturias

1

Y luego, a media noche, cuando empezamos a descender
Hacia el ardiente valle de Gijón,
Hacia sus negros y carmesíes, in media res,
Era como si mi propia cara ardiera otra vez
Ante el labio aventado y la boca carmesí
Del montón de periódicos al que prendimos fuego
Una tarde de viento, papeles que volaban
En atadillos de llamas, diminutos brulotes por el aire
Que amenazaban el techo de paja de la casa y los almiares:
Porque casi nos asustó el épico crepitar
De aquellas ardientes fundiciones y hornos
En los que el turno de noche trabajaba en lo suyo
Y perdimos toda esperanza de entender el mapa
Y aceleramos maldiciendo la pésima carretera.

2

La mañana siguiente, camino de Piedras Blancas,
Me sentí como ánima por la cual alguien rezara.
Vi hombres con guadañas cortando los rastrojos,
Riqueza de colmenas, una bocamina y una ermita,
Cuévanos llenos de oro de maíz.
Era yo un peregrino nuevo en aquella escena
En la que entraba sin embargo como en terreno familiar,
El Gaeltacht, pongamos, en 1950,
Cuando me saludaban, aunque poco les importaba
A las familias que trabajaban en los campos junto a la carretera
Que me miraban y movían la mano desde su otro mundo,
Como era costumbre cerca de Piedras Blancas.

3

En San Juan de las Arenas
Un deslumbrante día de corpus.
Dos ríos seguían su curso bajo el sol.
Incisión de los cauces sobre los llanos arenales.
El mar estaba en calma y deslumbraba más allá de los bajíos.
Por la tarde, gaviotas in excelsis
Subían y bajaban por el aire como monaguillos
Con sus quiebros rápidos y velas y respuestas
En la solemne penumbra catedralicia llena de ecos
De la lejana Compostela, stela, stela.

El Santuario de la ropa

Era toda una grata novedad
Hallar antaño
Leves blusas de muselina blanca
En la cuerda de nylon transparente
Secándose y chorreando en el baño
O una combinación de nylon resplandeciendo
Con electricidad propia
-Como si Santa Brígida, una vez más,
Hubiera aparejado un rayo de sol
Como el que extendió en el aire
Para colgar el hábito a secar
(La atareada Brígida, tan
Imparablemente activa siempre)-.
La humedad, el escurrir, el mucho, injusto
Y pesado trabajo diario
Subestimado y terminado,
Como de costumbre, de forma brillante.

Altramuces

Estaban. Y con razón. Sólo estando.
Aguardando. Inútiles. Pero allí,
Sin duda alguna. Firmes e inflexibles.
Flor de la Aurora de rosados dedos y de medianoche azul.

Para empezar, bolsitas de semillas, rosa y azur,
Cribando menudencias y leves promesas de malestar:
Tallos del altramuz, erótica del futuro,
Pincel para los labios del azul y botín de la tierra.

Ah, torrecillas pastel, vainas y tallos cónicos,
Que aguantaban el tipo a pesar de nuestros cambios veraniegos,
Que no cedían, decolorados y todo.
Nada excedía nuestra comprensión.

(S. Heaney. Luz eléctrica. Electric Light. Trad., pról. y notas Dámaso López García. Madrid: Visor, 2003)