Poemas para antes y después de navegar


  • Wisława Szymborska

    ABC

    Ya nunca sabré
    qué pensaba de mí A.
    Si B. llegó a perdonarme de verdad.
    Por qué C. aparentaba que no pasaba nada.
    Qué papel jugó D. en el silencio de E.
    Qué esperaba F., si es que esperaba.
    Qué aparentaba G., a pesar de estar segura.
    Qué quería ocultar H.
    Qué quería añadir I.
    Si el hecho de que yo estuviera a su lado
    tuvo alguna importancia
    para J. para K. y para el resto del alfabeto.
    (Trad. A. M.)

    Perspectiva

    Se cruzaron como dos desconocidos,
    sin gestos ni palabras,
    ella de camino a la tienda
    él de camino hacia el coche.

    Quizá entre la consternación,
    o el desconciertro,
    o la inadvertencia,
    de que por un breve instante
    se amaron para siempre.

    No hay sin embargo garantía
    de que fueran ellos.
    Quizá de lejos sí,
    pero de cerca en absoluto.

    Los vi desde la ventana,
    y quien mira desde arriba
    se equivoca con mayor facilidad.

    Ella desapareció tras una puerta de cristal,
    él subió al coche
    y arrancó rápidamente
    Así que no pasó nada
    ni siquiera si pasó.

    Y yo sólo por un momento
    segura de lo que vi,
    intento ahora en un popema casual
    convenceros a Vosotros, Lectores,
    de que aquello fue triste.
    (Trad. A. M.)

    La cortesía de los ciegos

    Un poeta lee poemas a unos ciegos.
    No se imaginaba que fuera tan difícil.
    Le tiembla la voz.
    Le tiemblan las manos.

    Siente que cada frase
    debe superar la prueba de la oscuridad.
    Tendrá que arreglárselas sola,
    sin luces ni colores.

    Peligrosa aventura
    para las estrellas de sus poemas,
    para la aurora, el arco iris, las nubes, los neones, la luna,
    para los peces hasta ahora tan plateados bajo el agua
    y los azores tan callados, altos en el cielo.

    Lee —porque es ya demasiado tarde para no leer—
    sobre el niño de la cazadora amarilla en el verde prado,
    sobre los rojos tejados que se pueden contar en los valles,
    sobre los vivaces números en las camisetas de los jugadores
    y sobre una mujer desnuda tras una puerta entreabeirta.

    Quisiera omitir —aunque eso no es posible—
    a todos aquellos santos en la bóveda de la catedral,
    aquel gesto de despedida desde la ventana del vagón,
    la lente del microscopio y el destello en el anillo,
    y las pantallas y los espejos y el álbum con rostros.

    Pero grande es la cortesía de los ciegos,
    grandes su comprensión y su magnanimidad.
    Escuchan, sonríen, aplauden.

    Algunos de ellos incluso se acerca
    con un libro abierto al revés
    pidiendo un autógrafo invisible para él.
    (Trad. G. B.)

    Estatua griega

    Con la ayuda de la gente y otros elementos
    el tiempo ha hecho con ella un buen trabajo.
    Primero eliminó la nariz, después los genitales.
    Luego los dedos de las manos y los pies,
    con el paso de los años los brazos, uno tras otro,
    el muslo derecho y el muslo izquierdo,
    los hombros, las caderas, la cabeza y las nalgas,
    y lo ya caído lo ha hecho pedazos,
    escombros, residuos, arena.

    Cuando así muere alguien vivo,
    brota mucha sangre tras cada golpe.

    Las estatuas de mármol, sin embargo, mueren blancamente
    y no siempre del todo.

    De ésta que hablamos ha quedado el torso
    y está como contenido en el esfuerzo de la respiración,
    porque ahora debe
    atraer
    hacia sí
    toda la gravedad y la gracia
    del resto perdido.

    Y eso lo consigue,
    eso aún lo consigue,
    sigue y deslumbra,
    deslumbra y perdura.

    El tiempo también merece una mención elogiosa,
    porque ha hecho una pausa
    y algo dejó para después.
    (Trad. G. B.)

    (W. Szymborska. Dos puntos. Pról. Ricardo Cano Gaviria. 2a ed. Trad. Gerardo Beltrán y Abel A. Murcia Soriano. Tarragona, España: Ediciones Igitur, 2011)


  • Manuel Maples Arce

    Ruta

    A bordo del expreso
    volamos sobre la irrealidad del continente.

    La tarde apagada en los espejos,
    y los adioses sangran en mi mente.

    El corazón nostálgico presiente
    a lo largo de este viaje,
    literaturas vagabundas
    que sacudieron las plumas
    de sus alas,
    en los fríos corredores del paisaje.

    Van pasando las campiñas sonámbulas
    mientras el tren se aleja entre los túneles del sueño.

    Allá de tarde en tarde,
    ciudades
    apedreadas de gritos y adioses.

    Ríos de adormideras
    que vienen del fondo de los años,
    pasan interminablemente,
    bajo los puentes,
    que afirmaron
    su salto metálico
    sobre las vertientes.

    Después, montañas, silenciosos ejércitos
    aúllan a la muerte.

    Entre las rendijas de la noche
    me atormenta el insomnio de una estrella.
    Trenes que marchan siempre hacia la ausencia,
    un día,
    sin saberlo,
    nos cruzamos
    en la geografía.

    Verano

    La mañana es un grito salpicado de pianos
    que abre las ventanas al ardor del verano;
    la brisa hace volar su ropa de campiñas
    en las playas de luz por donde van sus pasos.

    Oh desnudez marina de palmas exaltada,
    reconozco la espuma de sus hombros
    en el salto de mármol sin apoyo,
    vuelo frágil que se quiebra en el agua.

    Su mirada difunde el azul de las fábulas
    y palpita en sus labios un rumor de riberas.
    Viene la geometría perenne de las olas
    a mezclar su compás a nuestro abrazo
    mientras el mar mueve sus máquinas
    bajo la claridad de frías devastaciones.

    Tú sonríes desde el borde de un éxtasis desnudo
    y despiertan de pronto los júbilos arcanos,
    pero la forma sólo responde por el tacto.
    Una caricia flota desprendida del mundo.

    Desvanecimiento

    Por la tarde encantada
    que recorren patrullas invernales,
    yo busco en la dulzura de una imagen borrada
    la dicha que rompieron los abrazos fatales.

    Viene un rumor tremante
    de cristales
    de los barrios lejanos como una marejada,
    hasta el silencio errante
    de los hospitales.

    En el jardín de alma deshojada
    presiento su sonrisa a la melancolía ligada.
    Mas su llegada espero
    sin signo de apariencia,
    pues su pisar ligero
    no toca ya sendas terrenales:
    desvestida de carne camina en la balada.

    Tiempo y eternidad

    El tiempo que me acribilla
    me da mucho en qué pensar:
    es cosa que maravilla
    que siendo sólo arenilla
    se mezcle a la eternidad.

    La vida es la tarabilla
    que ahonda nuestra ansiedad:
    yo no voy tras lo que brilla.
    Yo busco la eternidad.

    El mundo de la mirilla
    se me ha vuelto obscuridad:
    fuera danza la gavilla.
    Yo marcho en la eternidad.

    (M. Maples Arce. Las semillas del tiempo. Obra poética 1919-1980. 2a ed. Est. prel. Rubén Bonifaz Nuño. México: FCE, 2023)


  • José Luis Hereyra Collante

    Acantilado

    El mar se ha comido la costa.
    Lo que fue playa hoy es acantilado.
    Algún día, la tenue espuma
    habrá limado la roca que nos queda.
    Días nuestros, piedra sobre piedra,
    ante el agua eterna.
    Aún no hemos partido.
    Mas la caricia de un musgo secreto
    será sobre la roca
    lo que alguna vez tuvimos.
    Sobre el filo de su suelo ido
    y el golpe de la espuma en sus raíces
    quedó el último espino.
    Alguien será también
    un curvo horizonte de brumas,
    un murmullo.
    Pecho de peso líquido, las olas.
    Hoy, suelo de un océano que fueron pasos.
    Cristal de alas, libélula, jardín.
    Un hombre ante la inmensidad
    tratando de entender las piedras,
    el secreto azul,
    lo que fue, lo que será.

    TimeLess

    La rosa y el tiempo
    son regalo
    del Universo
    que aguarda sin descanso.

    La rosa en el tiempo
    se marchita;
    el tiempo sin rosa
    es solo un paso.

    Círculo de piedra

    Y el hombre ascendía un camino de piedra
    Víboras emergiendo
    Temor natural
    Y la mano descubriendo su poder
    Dominio de las formas del sueño
    Comprensión de la aparente inmaterialidad
    Ascendiendo
    Hacia la muralla circular de piedra oscura
    Saltando la rodilla sin dolor sobre la piedra
    Hombres silenciosos
    Con las cabezas caídas sobre el pecho
    Como un nido dormido
    Pero el arma oscura crucificando sus brazos
    Esperando la orden
    Imposibilidad del estruendo
    Fondo verde e infinito
    Dos puertas verdes e infinitas
    Sin tiempo
    Con todo el Espacio
    Dos puertas que eran el cielo
    Y eran dos puertas
    Hechas para no ser penetradas
    Llegando suma de voces
    Del silencio de los cuidadores
    Extrañeza
    Ansiedad honda como el abismo
    Base del Mundo
    Y el arma oscura ofrecida
    Suma de silencios pensantes
    Voz que entra por los huesos
    Por la piel se transmite
    Ojos internos de la lógica secreta
    Dimensión última
    Experiencias en el umbral de lo intuido
    El arma apunta
    Solo apuntando van cayendo
    En el horrible silencio
    Que veda los gritos
    Algodón humano
    Sordo sonido que invoca la Muerte
    El borde del abismo
    Un paso al vacío: un escalón
    Otro pie: otro escalón
    Ascendiendo
    Más allá de la Inteligencia

    (J. L. Hereyra Collante. Canción del día y de la noche. Poesía escogida. Sincelejo, Sucre, Colombia: Corporación Universitaria del Caribe, 2021)