Terrícola
Ese invierno, ese invierno caluroso, nadie
quería ser ordinario. Nos sentamos sobre
una pila de plástico, tan amenazados como
una granja donde el perro que ladra está atado.
Tierra, queríamos decirle que lo sentíamos
—lo sentimos mucho—
al polvo rojo de tu cuerpo.
Queríamos decir carne o agua sucia.
Decirlo antes de que nuestros huesos se volvieran encaje
antes de que tuviéramos que inclinarnos para tragar.
Tú recuerdas cómo termina la historia: llegamos en paz.
Pero dile eso a una gota de agua que intente quedarse.
La guerra de los mil años
Imagínate, si puedes, un pueblo que dormía.
Imagínate cómo, cuando cambió el tiempo,
nos encogimos de hombros
y nos ocupamos de nuestro placer.
Entonces: tierra, cielo, agua.
Todo
cambió de color.
Apartamos la mirada, inquietos.
La próxima vez que miramos, vimos los campos
volverse secos y vacíos,
ese largo septiembre hacia el otoño,
los Años Invernales que siguieron.
Empequeñecemos: un pueblo que muere
más rápido que nace.
Decimos que nadie vive más allá de la frontera,
esa línea que separa
el sitio donde uno jamás puede vivir
de aquí, donde uno puede vivir apenas.
Los pocos que se fueron no regresaron.
Te escribo esta carta,
aunque nunca me escribas.
Por pena o sufrimiento, dudo
que sepa. Trato de recordarte,
en un momento en que no se soporta recordar.
Mas esto sí lo sé: los ocasos
se volvieron más bellos, no menos, la lluvia
era paulatina y cálida. Gorda. gorda
fue nuestro último otoño.
Las frutas eran ricas y anaranjadas.
Ahora las cosas se desgastan. Las cosas
que amábamos se desgastan.
Poco a poco, empujamos los trastos
más allá del territorio cercado.
Allí puede ser que encuentres cualquier cosa:
ingeniosos aparatos metálicos
cuyo uso se ha perdido,
un vaso de plumas de pavo real,
libros de fotografías
que nadie tiene la voluntad de abrir.
Imagínate un mundo reducido al invierno.
Imagínate, si puedes, una tierra
que suspiró, se volcó,
y durmió mil años más.
En el tiempo que nos queda,
¿hablaremos?
¿Nunca hablaremos de eso?
La guía del cuerpo para la evolución
Rema toda la noche hacia la línea entre la nube y el agua.
Sal del agua como el hierro.
Bendice el camino con el pie, el aliento, el anhelo.
Bendice el día que el cuerpo aprendió a yacer en el agua
como un planeta azul dentro de su sol
o un pez feliz en la red que lo sostiene.
Si la piel es la puerta al pasado,
la sal es el agente que nos llevó allí.
El borde del agua es blanco
los muertos están tan cerca como los vivos.
¿Cómo van a dormir en las sombras del agua?
¿Qué cantarían si sus gargantas no estuvieran mohosas?
¿Qué podemos soportar y en qué nos vamos a caer?
¿El hambre? ¿Los dedos que se pusieron blancos en invierno?
La forma en que el hielo zumba, se rompe con el calor y el
olvido.
Incluso el zapato está cansado del viaje: suela
y ojetes, la lengua arrugada
que se arrastra a la orilla opuesta. Un ojo cerrado
y otro con la costra del orzuelo de no decir.
Donde la pìel se quiebra, me he escurrido
los rojos y los azules, la parte que sangra
y la parte, incluso ahora, que se endurece en historia.
La que comienza con un anillo de oro y una copa.
En la que una niña vive silvestre en el bosque.
En la que el regalo de tres deseos lleva a los muertos
a llamar a tu puierta en la alta noche azul.
Cuando era un pez quería salir del agua.
Humano, quería que mi piel nadara abierta.
Quería acurrucarme en la gelatina de sal del cuerpo
antes de mi cuerpo. Quería sal con cada
bocado, carne o melón o dedos
—la lengua amante, el pezón amante.
Demasiado tarde el mar helado
agotará los ríos del cuerpo.
El pie o el borde de la oreja o el dedo— ¿qué parte
primero se convertirá en una piedra que anhele volver?
¿Qué se quedará y qué derivará hacia la orilla?
El lenguaje nos corta hasta los huesos
y luego el cuerpo se aleja.
Un día la niña
Un día la niña
se quitó el tubo
de la garganta
y se fue a caminar,
a sentir el suelo bajo
sus pies arrugados y tiernos.
Un cuervo le preguntó su nombre
y un zorro gris
se frotó contra sus piernas
de la misma manera que un gato
se frota contra un huésped
sin esperar nada.
Todos los animales
se cansaron de llorar
por ella, la niña
con la garganta lastimada.
Lloraron para que
sus lágrimas salobres
remediaran los años
de su herida,
la carne viva por el tubo
que indicaba que en ella
no se podía confiar.
Se cansaron mucho antes
de que pudiera balbucir:
Zorro, regresa
con un cuento en la comisura de la boca.
No el cuento de un cuarto blanco
con una ventana
sino de este lugar
de un verde tan profundo que
a la sombra se convierte en negro.
Viento, haz el sonido
de dormir en los árboles.
Haz la resonancia de un suspiro,
esto que ensayo
mientras aprendo a no balbucir.
Cuerpo, enciéndete
hasta que la luz pálida de pena
se vaya al mar,
deje este cuerpo
sus colinas y surcos,
deje esta tierra
sus venas de sal
sus huesos y tendones.
Huesitos
Saldremos de esto, dijiste, estudiaremos
cómo ser humanos.
Dejé un dedo en cada encrucijada
y dientes dispersos como piedras
—cualquier cosa que te indicara el camino
que dijiste que tenías que tomar. Nunca
miré hacia atrás. Conocía la maldición.
Para la primera boya usé un hombro,
lo anclé con una trenza de cabello.
Miré con el ojo izquierdo en alto
hacia el cielo del norte,
recogí la piel para enredar un hambre
última, para ofrecerte
una comida de conchas rotas para chupar
y levanté el mástil de mi columna
hasta que el viento llenó una vela
cosida con pestañas, con las visceras
que rodean el corazón
y seguías navegando
—el mar estaba tan tranquilo—
a ese otro país
y cómo guardabas
un nudillo o un pezón
para recordar
—que se perdió hace mucho en la calurosa
felicidad de esa otra nación
y que no recordaste
como el aire que una vez llenó un pulmón
la tenue sal de la piel de alguien
un sabor, que luego desaparece, como cualquier cosa
comida alguna vez.
(J. McAdams. Búfalo en seis direcciones y otros poemas. Trad. Katherine M. Hedeen y Víctor Rodríguez Núñez. México: Aldus, 2021)
