Poemas para antes y después de navegar


  • Janet McAdams

    Terrícola

    Ese invierno, ese invierno caluroso, nadie
    quería ser ordinario. Nos sentamos sobre
    una pila de plástico, tan amenazados como
    una granja donde el perro que ladra está atado.
    Tierra, queríamos decirle que lo sentíamos
    —lo sentimos mucho—
    al polvo rojo de tu cuerpo.
    Queríamos decir carne o agua sucia.
    Decirlo antes de que nuestros huesos se volvieran encaje
    antes de que tuviéramos que inclinarnos para tragar.
    Tú recuerdas cómo termina la historia: llegamos en paz.
    Pero dile eso a una gota de agua que intente quedarse.

    La guerra de los mil años

    Imagínate, si puedes, un pueblo que dormía.
    Imagínate cómo, cuando cambió el tiempo,
    nos encogimos de hombros
    y nos ocupamos de nuestro placer.
    Entonces: tierra, cielo, agua.
    Todo
    cambió de color.
    Apartamos la mirada, inquietos.

    La próxima vez que miramos, vimos los campos
    volverse secos y vacíos,
    ese largo septiembre hacia el otoño,
    los Años Invernales que siguieron.
    Empequeñecemos: un pueblo que muere
    más rápido que nace.

    Decimos que nadie vive más allá de la frontera,
    esa línea que separa
    el sitio donde uno jamás puede vivir
    de aquí, donde uno puede vivir apenas.
    Los pocos que se fueron no regresaron.

    Te escribo esta carta,
    aunque nunca me escribas.
    Por pena o sufrimiento, dudo
    que sepa. Trato de recordarte,
    en un momento en que no se soporta recordar.
    Mas esto sí lo sé: los ocasos
    se volvieron más bellos, no menos, la lluvia
    era paulatina y cálida. Gorda. gorda
    fue nuestro último otoño.
    Las frutas eran ricas y anaranjadas.

    Ahora las cosas se desgastan. Las cosas
    que amábamos se desgastan.
    Poco a poco, empujamos los trastos
    más allá del territorio cercado.
    Allí puede ser que encuentres cualquier cosa:
    ingeniosos aparatos metálicos
    cuyo uso se ha perdido,
    un vaso de plumas de pavo real,
    libros de fotografías
    que nadie tiene la voluntad de abrir.

    Imagínate un mundo reducido al invierno.
    Imagínate, si puedes, una tierra
    que suspiró, se volcó,
    y durmió mil años más.
    En el tiempo que nos queda,
    ¿hablaremos?
    ¿Nunca hablaremos de eso?

    La guía del cuerpo para la evolución

    Rema toda la noche hacia la línea entre la nube y el agua.
    Sal del agua como el hierro.
    Bendice el camino con el pie, el aliento, el anhelo.
    Bendice el día que el cuerpo aprendió a yacer en el agua
    como un planeta azul dentro de su sol
    o un pez feliz en la red que lo sostiene.

    Si la piel es la puerta al pasado,
    la sal es el agente que nos llevó allí.
    El borde del agua es blanco
    los muertos están tan cerca como los vivos.
    ¿Cómo van a dormir en las sombras del agua?
    ¿Qué cantarían si sus gargantas no estuvieran mohosas?

    ¿Qué podemos soportar y en qué nos vamos a caer?
    ¿El hambre? ¿Los dedos que se pusieron blancos en invierno?
    La forma en que el hielo zumba, se rompe con el calor y el
    olvido.
    Incluso el zapato está cansado del viaje: suela
    y ojetes, la lengua arrugada
    que se arrastra a la orilla opuesta. Un ojo cerrado
    y otro con la costra del orzuelo de no decir.

    Donde la pìel se quiebra, me he escurrido
    los rojos y los azules, la parte que sangra
    y la parte, incluso ahora, que se endurece en historia.
    La que comienza con un anillo de oro y una copa.
    En la que una niña vive silvestre en el bosque.
    En la que el regalo de tres deseos lleva a los muertos
    a llamar a tu puierta en la alta noche azul.

    Cuando era un pez quería salir del agua.
    Humano, quería que mi piel nadara abierta.
    Quería acurrucarme en la gelatina de sal del cuerpo
    antes de mi cuerpo. Quería sal con cada
    bocado, carne o melón o dedos
    —la lengua amante, el pezón amante.

    Demasiado tarde el mar helado
    agotará los ríos del cuerpo.
    El pie o el borde de la oreja o el dedo— ¿qué parte
    primero se convertirá en una piedra que anhele volver?
    ¿Qué se quedará y qué derivará hacia la orilla?
    El lenguaje nos corta hasta los huesos
    y luego el cuerpo se aleja.

    Un día la niña

    Un día la niña
    se quitó el tubo
    de la garganta
    y se fue a caminar,
    a sentir el suelo bajo
    sus pies arrugados y tiernos.
    Un cuervo le preguntó su nombre
    y un zorro gris
    se frotó contra sus piernas
    de la misma manera que un gato
    se frota contra un huésped
    sin esperar nada.
    Todos los animales
    se cansaron de llorar

    por ella, la niña

    con la garganta lastimada.
    Lloraron para que
    sus lágrimas salobres
    remediaran los años
    de su herida,
    la carne viva por el tubo
    que indicaba que en ella
    no se podía confiar.

    Se cansaron mucho antes
    de que pudiera balbucir:
    Zorro, regresa
    con un cuento en la comisura de la boca.
    No el cuento de un cuarto blanco
    con una ventana
    sino de este lugar
    de un verde tan profundo que
    a la sombra se convierte en negro.

    Viento, haz el sonido
    de dormir en los árboles.
    Haz la resonancia de un suspiro,
    esto que ensayo
    mientras aprendo a no balbucir.

    Cuerpo, enciéndete
    hasta que la luz pálida de pena
    se vaya al mar,
    deje este cuerpo
    sus colinas y surcos,
    deje esta tierra
    sus venas de sal
    sus huesos y tendones.

    Huesitos

    Saldremos de esto, dijiste, estudiaremos
    cómo ser humanos.
    Dejé un dedo en cada encrucijada
    y dientes dispersos como piedras
    —cualquier cosa que te indicara el camino
    que dijiste que tenías que tomar. Nunca
    miré hacia atrás. Conocía la maldición.

    Para la primera boya usé un hombro,
    lo anclé con una trenza de cabello.
    Miré con el ojo izquierdo en alto
    hacia el cielo del norte,
    recogí la piel para enredar un hambre
    última, para ofrecerte
    una comida de conchas rotas para chupar

    y levanté el mástil de mi columna
    hasta que el viento llenó una vela
    cosida con pestañas, con las visceras
    que rodean el corazón
    y seguías navegando
    —el mar estaba tan tranquilo—
    a ese otro país

    y cómo guardabas
    un nudillo o un pezón
    para recordar
    —que se perdió hace mucho en la calurosa
    felicidad de esa otra nación
    y que no recordaste
    como el aire que una vez llenó un pulmón
    la tenue sal de la piel de alguien
    un sabor, que luego desaparece, como cualquier cosa
    comida alguna vez.

    (J. McAdams. Búfalo en seis direcciones y otros poemas. Trad. Katherine M. Hedeen y Víctor Rodríguez Núñez. México: Aldus, 2021)


  • Li Cheng’en

    Regalo del Frío

    La estepa es llana
    El arroyo refleja el sol
    Estoy como un ser del otro mundo
    Torpe de manos y pies
    sin entender el sentimiento mundano

    El frío es el primer regalo que me dio la estepa
    Lo acepté
    Me puse el frío
    El corazón
    se sintió caliente

    He aceptado buenos vinos
    He aceptado piedras
    He aceptado antologías poéticas
    He aceptado balas

    Pero todavía no he aceptado
    un regalo
    del frío

    Al señor Estepa

    Señor, tu cara la corta el sol
    Tu cara colecciona la luz solar, el sentido del sol
    está cambiando, se vuelve más humano

    Señor, no hay mucha sonrisa en tu rostro
    Una persona con muchas sonrisas me da miedo
    Le he tenido confianza a una persona sonriente
    Sin embargo ahora, confío en la persona
    que golpea al sol con el látigo, señor, en la oscuridad
    da latigazos a la persona escondida en una sonrisa aduladora

    Señor, el aire enrarecido de la meseta es a tu gusto
    Brota un amor obeso en las comisuras obstinadas de la boca
    Tu amor es el amor de toda la pradera
    Y antes de ser la pradera
    Todas las hirebas verdes no tienen sentido alguno
    Antes de verte
    Los poemas nada tienen que ver contigo

    Señor, soy la persona que duerme con la montaña nevada en brazos
    Solo amo a la montaña nevada, solo amo
    ese rayito de luz solar de azul claro en la cumbre helada
    Antes de verte
    yo consideraba dorado el sol
    Y ahora, señor, señor callado
    me di cuenta que el sol es de azul ligero

    Señor, no importa cómo te llamas
    Lo importante es que eres el señor Estepa
    Eres el señor bondadoso de un rebaño de yaks
    Eres el señor tan vasto como una pradera con la que me encuentro
    tras atravesar una montaña nevada y otra

    Leyenda del Vacío

    He estado en la casa del Vacío
    La casa del Vacío, grande y luminosa

    La planta verde echa sus labios grandes y carnosos
    Es característica de lo precoz, tengo el inconveniente en señalar
    el peligro escondido. Visité la casa del Vacío
    Tomé el té caliente que me servía la señora Vacío
    Charlaba con ella, y la señora Vacío abrigaba sospecha sobre mí
    Con una chica de esta edad es normal hablar de la vida
    Todavía es pronto para hablar de Nietzsche

    Le presté oído y escuché atentamente
    ¡Qué cantidad de lecturas tenía la señora Vacío!
    De astronomía a geografía, de Marxismo-Leninismo a Maoísmo
    ella lee de todo, con una postura prudente
    No parece una persona vacía
    Tiene una mirada suave, como si se viera su corazón
    Sus dedos son muy limpios, los dientes, blancos y lisos
    A pesar de la edad avanzada, su gracia
    nada muestra la vejez sino un mensaje joven
    dulce de frutas, frutas puestas en el plato

    Es completamente diferente de un modo de hablar presuntuoso
    La señora Vacío es bien educada
    Cría a dos hijos del vacío
    Es buena madre del vacío
    Es gobernante del vacío
    Charló conmigo toda la tarde
    hasta cuando entraron sus hijos del vacío
    Aún ella me tomaba las manos
    Como mi propia madre, sus palabras cálidas
    apenas hacían que mis ojos se llenaran de lágrimas

    Yo intentaba extraer las manos
    Me di cuenta de que no era capaz de ser su rival
    Me las tomaba demasiado fuerte, como si cogiera a las manos del
    ángel
    No quería soltar la mano, la señora Vacío
    La señora ya tenía sesenta y pico de años, de buen corazón
    Aparecían las menores arrugas en su rostro, parecía a una niña
    cuando se reía

    Se me entumecieron las manos, y me dolio vagamente la cabeza
    Pero la señora Vacío no tenía ganas de parar, seguía moviendo su
    boca
    Mareada, poco a poco me surgieron alucinaciones
    Iba a colapsarme y me daban ganas de vomitar
    Moviendo la silla me esforzaba en sostener el cuerpo vacilante
    La luz en la casa de la señora Vacío se venía oscureciendo
    Vi ir y venir en el salón a sus dos hijos del vacío
    como dos asesinos del vacío, de repente se detuvieron detrás de ella
    Grité, la señora Vacío se vino abajo

                                                          Trad. de poemas: Li Ni y Yang Hong

    (Un mínimo destello en el mar del atardecer. Poetas chinos en América Latina. Ed. Sun Xintang. Monterrey, Nuevo León, México: Universidad Autónoma de Nuevo León, 2019)


  • Régis Bonvicino

    Sexto poema

    Bajo la ira de las víboras
    en la agonía de las cortinas
    donde tiraban piedras

    en el terraplén de mí mismo
    meses en vilo
    el veneno de acónitos

    en el prenderse fuego
    en el azuzar el nervio del azúcar
    querer algo más allá de las lomas
                                                      Trad. Odile Cisneroos

    La página

    La página, pétalo
    único
    se insinúa
    en blanco

    aguardar.
    Es pasaje
    de pájaros —
    y lluvia

    abrupta
    como éxtasis
    intenta una

    certeza
    hojas recuerdan
    guardar lo que
                             Trad. Odile Cisneros

    La mañana

    La mañana nace
    defendida
    dispersiva
    miope

    nace en una esquina
    sola
    entre cortinas
    nace

    en línea recta
    ramas y pétalos
    como un color
    al revés
                             Trad. Rodolfo Mata

    Estar vivo

    Estar vivo
    no valía la pena
    para él
    se mataba en el espejo
    del otro
    para cada muerto
    un tatuaje
    en su cuerpo
    a flor de piel
    cadáveres
    dentro de sí
                             Trad. Odile Cisneros

    En el trébol

    en el trébol, la cuarta hoja,
    que hace de la suerte, destino.

    en la piedra, el ramo,
    que se dibuja dendrito.

    en la hormiga, la narrativa,
    que inventa una cigarra.
                                       Trad. Odile Cisneros

    (R. Bonvicino. Poemas [1990-2004]. Selec. y organización Odile Cisneros y Rodolfo Mata. Presentación Eduardo Milán. Pról. Rodolfo Mata. Trads. Odile Cisneros, Reynaldo Jiménez, Rodolfo Mata y Víctor Sosa. Revisión de traducciones Rodolfo Mata. México: Alforja Arte y Literatura / CONACULTA / FONCA, 2006)