Poemas para antes y después de navegar


  • Jesús Gardea

    Mira

    yo vuelvo a ti
    como el río al mar

    como la luz y el viento
    a las cuerdas
    de una guitarra
    sola

    como
    el tigre
    al reposo
    entre las hierbas

    como el sol

    como el sol a la tierra.


    Apenas
    te fuiste

    salí
    a buscarte al viento

    entre
    los niños

    en las últimas
    horas
    de la tarde

    en mí

    de noche

    como uno que se ha perdido

    en ti misma

    agua
    de todas
    mis soledades.


    Me asomé
    a mirarte
    como el sol
    se asoma
    a una
    casa

    dos palomas
    tenías
    en la sombra

    un alhelí
    en las blancas
    fronteras
    de tu
    ombligo

    agua
    de mayo
    corriendo
    por la
    hierbabuena
    de tus piernas

    me asomé a mirarte

    y dos palomas
    volaron
    hasta
    mí.


    No quiero
    entrar
    solo
    por las
    puertas
    del agua
    este verano

    contigo
    quiero entrar

    secretamente
    y cantando

    contigo

    contigo

    por las puertas
    del agua
    este verano.


    Un día
    voy a encontrarte

    para siempre

    en el agua
    que bebo

    por
    camino
    de altas
    hierbas

    de soles
    claros

    cantando tú

    mirándote yo como acostumbro

    como a una
    flor

    como
    a una ventana
    de luz
    abierta
    en mis
    manos.

    (J. Gardea. Canciones para una sola cuerda. Songs for a Single String. Translation Robert L. Giron. Arlington, Virginia: Gival Press, 2002)


  • Adriana Díaz Enciso

    Los últimos deseos

    Que no se hunda mi cuerpo en ese pozo
    y no rueden sobre mi lengua las cuentas del olvido
    Que no camine sonámbula pasillos acerados
    gritando llamados risibles a media oscuridad

    (Despierta estoy Despierta
    Pétalos caen entre mis dedos
    Tengo los ojos abiertos en la noche
    )

    Que la vastedad no me toque
    y no susurren las voces omniscientes en mi oído
    Que no caven un canal en mi garganta
    para arrancarme las perlas del sueño eterno

    Que en el delirio no caiga a solas
    Que no entre el extraño el ladrón ni el enemigo

    Que no ruede mi pena en esta luz

    Verano en Madrid

    La muerte arranca todas las cosas de sus goznes
    Fantasmas pálidos se derriten en el barrio de Chueca
    Cuarenta y un grados
    Ni gota de agua
    y ese charco en la calle huele a pescado y a inmundicia

    Ellos se dejan deshacer
    Apenas nada queda de sus cuerpos

    Algo
    que ni tú ni yo vemos ni nombramos
    se ha desprendido del cielo impávido y ardiente
    Una membrana
    fina película de nata

    Estamos mudos
    torpes al tocarnos
    y vemos fantasmas en las ventanas

    El ángel

    Es la sombra que se alza desde el rincón
    Oscuro como las mañanas del invierno
    Alienta el remolino que levanta hojas y tierra
    Flota sobre las cabezas de los hombres
    Ve sus pensamientos, la escritura
    del desesperado
    Cuando besa su frente, se estremece

    Soporta en sus alas el peso de una multitud ensangrentada
    De ahí sus ojos hundidos que atraviesan la oscuridad

    Cuando acaricia los cuerpos extenuados
    se hunden en la fiebre
    Él es quien cierra con su mano helada los ojos de los muertos
    los párpados frágiles como papel viejo
    (Conoce la gloria de tocar los ojos de los muertos)

    Sobrevuela las ciudades
    los ojos que se elevan en una pregunta inútil
    Sobrevuela los campos asolados
    La selva sembrada de cadáveres

    Él es el ángel protector
    que guarda nuestra voz en su mirada ardiente

    (A. Díaz Enciso. Hacia la luz. México: Ditoria, 1997)

    Cuando el viento agita la ropa tendida
    y el sol da marcha atrás
    se acerca la tormenta

    Entonces se alejan miradas
    por no reconocerse en la humedad de la puerta
    en la penumbra del único resguardo

    Sucede que la lluvia aún golpea los tejados
    el cuerpo tensa huesos fríos

    y habrá que poner las manos sobre el rostro ajeno
    por inventar sus rasgos

    Pero es cierto también que pasan autos sobre la lluvia
    ese rostro se recarga desconfiado contra el muro
    y habrá que buscar otra puerta
    despoblada

    Además
    en realidad no llueve

    La lluvia es un deseo
    un pretexto inútil
    por encontrar refugio

    Podría aparecer un ángel mirando por la ventana

    Pero es un parpadeo
    y aquí
    bajo el sol
    el viento sólo agita la ropa en la azotea


    Déjate salir
    Escribe lo que no amas
    Lo que no bebes de las manos del día

    Escribe la casa sola
    el hablar a solas
    y el andar a ciegas

    Escribe el gato que duerme
    el sudor del verano
    el recuerdo insistente

    Escribe tu cuerpo ajeno
    tu boca blasfema
    tu terror callado
    y tu muerte viéndote pasar

    Escribe en el cuaderno en la pared
    Escribe con navajas en tu piel
    Exprime la palabra

    Bebe esa gota única


    La noche
    rompe la piel delgada que me envuelve

    Es mi desnudez
    entonces absoluta

    Si me tocas no voy a abrir los ojos
    No voy a abrir jamás los labios
    por no dejar que escape el beso
    por no dejar que la noche se diluya

    Guardo tus manos dentro de mi cuerpo
    Guardo una caricia oscura de cada noche que se ha abierto
    sobre mi vientre abierto
    sobre esta inevitablemente abierta desnudez

    Bebo los nombres
    los silencios que me tocan
    cuando el tacto hace a la noche

    Guardo tus dedos en mis venas
    como guardo ortigas de otro aleteo nocturno
    como guardo retratos en la lengua
    Recojo celosa cada astilla de tu cuerpo
    todo los caracoles de mis mareas soñadas
    Me construyo dentro todo lo que se rompe
    todo lo que dejas
    cuando cierras persianas en mi rostro
    para ser otra palabra de memoria

    Guardo todos los vocablos
    para la vista ajena que me mira sin recuerdo
    para que me crea el cristal si digo que soy yo
    la misma desnuda de la noche
    que agota el amor en su boca


    Sentir de nuevo el miedo del abismo
    el aguijón venenoso de lagsoledad
    la nobleza del dolor que dicen que enaltece el alma
    y lo deja a uno azorado ante la inaudita insistencia de la vida
    la nitidez insoportable del filo del mundo
    la orilla de las cosas
    la presencia total de los objetos

    (A. Díaz Enciso. Pronunciación del deseo (de cara al mar). México: UNAM, 1992)


  • Fabián Casas

    El malogrado

    De no haberse tensado en tu fuerza
    mis poemas no hubieran sido así.
    Alguien corría muebles mientras te los leía.
    Después me enceguecí,
    me faltó el aire
    y el polvo fue un tatuaje
    para todos los objetos de mi casa.

    La maquinaria psicosomática se atascó.
    El gallo muerto es una peluca en el medio del camino.
    Y cuando en la Academia se habla de mis versos,
    jamás te nombro. Te empujo
    hacia el fondo del canasto
    con los Levis sucios y las obsesiones.

    Algunos pasos nos sirven
    para salir de nuestra pieza;
    otros pocos para salir de nuestra vida.
    Y, mientras me regodeo
    en la costumbre pagana del vermut,
    espero tu llamada, tu advocación.
    Hazlo, Señor,
    y da origen a un nuevo animal.

    Biografía no autorizada

    Entonces bajó la tensión del espíritu
    y aunque pasé todo el día tratando de traducir nuestra relación
    fue inútil.
    Mi inglés se arrastraba como Molloy.
    Desde lo alto de la colina,
    la ciudad de Iowa era una torta de cumpleaños
    que alguien llevaba hacia la mesa
    por un corredor oscuro.

    En el vidrio

    Después de insistir mucho,
    conseguí quedarme diez minutos solo con mi madre.
    Un guardia gordo, que mascaba chicle,
    me llevó hasta el lugar de visitas.
    Estaba ahí, de pie, con su delantal naranja.
    Separados por un vidrio inmenso
    nos sentamos uno frente al otro.
    Ella agarró su teléfono, yo agarré el mío.
    Su idioma era un extraño
    caminando por una voz muy débil.
    Entonces, viendo mi desesperación,
    se acercó al vidrio
    y lo empañó con el aliento.
    Con el dedo índice escribió ahí
    el día y la hora en que va a resucitar.

    Brasas

    Toda la noche caminando sobre brasas
    y a lo lejos las puertas de los autos
    que se cierran de un golpe.
    Estás harto de la comida seriada de los aviones
    y del doble que crece a costa de tus nervios
    tratando de conquistar el mundo
    o metabolizar el día.
    Que está extraviado. La buena onda
    se echó a perder hace una semana.
    A los jeans mojados les crecieron hongos.
    Y las palabras que elaboraste de disculpa
    son las migas que deja un paranoico,
    para saber cómo volver a casa.

    (Pulir huesos. Veintitrés poetas latinoamericanos (1950-1965). Selec. y pról. Eduardo Milán. Barcelona: Galaxia Gutenberg, 2007)