Gerardo Deniz

Método

En el cuadrado azul del tragaluz
contemplábamos el borde de una nube;
yo te había enseñado a ver esas cosas, decías.
Sin cambiar de voz y sin prisa y sin pausa
le atribuí cualidades por orden alfabético
que sin duda dejaban todo igual
pero tú aprobabas con la vista en alto,
pues las mujeres hallan natural la falacia patética.
Cuando algo te sonó por fin desconcertante
y advertiste que lo que le colgaba yo al cielo
te lo quitaba a ti,
acabaste de quedar desnuda.

Norte

Ésta era tu casa,
donde nunca entré,
que nunca vi de día
cuando hace siglos te acompañaba, tarde,
esperaba que entrases por la puerta donde me he
detenido
y volvía, húmedo de ti aún a través de la noche blanda,
segura,
porque la certidumbre de tu vida y de tu carne
era un arroyo de leche prodigiosa y confiada.

Ahora es mediodía, azul y nubes;
me da vértigo entender de pronto
que esta calle que hasta hoy no conocí a la luz
fue tuya antes de hallarnos;
luego llegué y dudabas, recorriste esta acera
semanas, pensando a qué nueva extraña prueba
someterme;
quizá mirabas aquel balcón de esquina al decidirte
y la siguiente noche que nos trajo aquí juntos
nos había encontrado mezclándonos lejos.

Dormiste aquí adentro entonces como en toda otra fecha;
¿qué repasabas al unir los párpados?
¿qué al despertar en un domingo igual a éste?
Saliste, y quien pasara te siguió con la vista deseándote.
Por donde ahora me alejo me llevaste en los ojos, los
oídos, en la piel, en las vísceras.
Algo de mi sustancia se hacía matiz tuyo
en el albor de nuestro primer año.

(G. Deniz. Mansalva. México: SEP, 1987)