Rainer Maria Rilke

III

Tomé una vez entre mis manos
tu rostro. Lo iluminó la luna.
De los objetos, el más incomprensible
bajo un desbordado llanto.

Como algo que, dócil, permanece quieto,
era posible retenerlo casi como una cosa,
y, con todo, en la noche fría no había ser
que me huyera tan infinitamente.

Oh, corremos entonces hacia esos lugares;
empujamos a la exigua superficie
todas las olas de nuestro corazón,
deseo y desfallecimiento,
y, en suma, ¿a quién se lo entregamos?

Ah, al extraño que no nos comprende,
al otro, ay, al que nunca hallamos,
a los siervos que nos encadenan,
a los vientos de primavera que así se alejaron
y al perdedor, el silencio.

XV

Fuera yo entonces o sea ahora: avanzas
sobre mí, infinita oscuridad de luz.
Y lo sublime que en el espacio dispones, yo,
disimulado, lo acojo en mi efímero rostro.

Noche, oh, si llegaras a saber cómo te miro,
cómo mi ser, cobrando impulso, retrocede
hasta osar lanzarse muy cerca de ti;
¿puedo entender que el doble uso de la ceja
se eleva sobre tales corrientes de mirada?

Aunque sea naturaleza. Aunque sea solo una
naturaleza unida, osada: esta vida y al otro lado
aquel astro delimitado al que en la ignorancia lloro:
oh, así quiero aplicarme a estar engarzado
como las piedras en la figura.

XXII

Levantando los ojos del libro, de las cercanas numerales líneas,
hacia la exterior noche perfecta:
Oh, cómo se esparcen tal estrellas los comprimidos sentimientos,
como si uno desatara
un campestre ramillete:

Juventud de los ligeros y oscilante inclinarse de los grávidos
y duda y vacilación de los tiernos-,
Ansia de relación por todas partes, y por ninguna afán;
mundo excesivo, y suficiente tierra.

(R. M. Rilke. Poemas a la noche. Prelim. Clara Janés. Trad. Clara y Alfonsina Janés. Madrid: ediciones del oriente y del mediterráneo, 2009)