Yorgos Seferis

Eurípides el ateniense

Envejeció entre las llamas de Troya
y las canteras de Sicilia.

Le gustaban las grutas de la playa y los paisajes del mar.
Vio las venas de los hombres
como una red donde los dioses nos atrapan como a bestias:
intentó romperla.
Era un hombre amargo; sus amigos eran pocos.
Cuando llegó la hora, los perros lo despedazaron.

Comerciante de Sidón

El joven comerciante llegó desde Sidón
sin miedo de la ira del fiero Poseidón.

Los rizos azabaches y la túnica púrpura
ceñida al hombro con dorada fístula.

Su cuerpo exhala mirra, afeites olorosos.
Llegó a Chipre cruzando la puerta de Amojosto

y ahora en la soleada Nicosia se deleita.
En el patio una niña turca poda una enredadera

que se estremece al tacto del nácar de sus dedos.
Él cruza el río del sol cual divino barquero

y canta como en sueños: “Rosas en tus pañuelos…”
Quizá sus labios granas buscan besar las sandalias de Zeus.

Fue a sentarse a la vera de una pilastra gótica
donde el león de San Marcos hacía presa propiciatoria

en un pastor dormido, que olía a sudor y a oveja.
De entre sus ropas sacó una estatuilla y se puso a mirarla:

un desnudo que ambiguo se adentraba en el cauce salmácida
entre el cóncavo Hermes y Afrodita convexa.

Penteo

El sueño lo inundó con imágenes de frutas y de hojas;
la vigilia no lo dejó coger ni siquiera una mora.
Y juntos los dos repartieron sus miembros entre las Señoras.

(Y. Seferis. Chipre (Poemas, fotografías, fragmentos). Ed. trad. y notas Selma Ancira y Francisco Segovia. México: CNCA, 2012)