Gutierre de Cetina

Del dulce fuego que en el pecho me arde
no sé cómo decir que estoy quejoso;
ni en medio del ardor fiero, rabioso,
sé de quién fíe, ni de quién me guarde.

Contra la ley de Amor soy tan cobarde
que aun al mismo dolor pedir no oso
tanto tiempo de venia y de reposo
que me pueda quejar, aunque es ya tarde.

Pero si a dicha alcanzo tanta suerte
que la turbación pierda del sentido,
y al corazón torna el valor usado,

aún espero, señora, que el sonido
del triste lamentar podrá moverte
a piedad, de haberme maltratado.

IV
Sobre la cubierta de un retrato

El que el alma encender de honesto celo
quiere y hacer mejor la mejor parte,
el que por levantarse en alto vuelo
busca sujeto tal, que excede al arte,
el que procura ver beldad del cielo
y junta la que en todas se reparte,
para ver todo el bien de la edad nuestra,
mire, si sabe ver, sola esta muestra.

II

Si de la amada vista
la vida del amante se deriva,
¿qué esfuerzo hay que resista
ausencia tan esquiva?
¿Cómo es posible que sin pena viva?

Pues, bien del alma mía,
si el partirme de vos fue atrevimiento,
ya tiene mi osadía
el más duro escarmiento
que cabe en el humano sufrimiento.

No me basta paciencia,
pensando que pudiera excusar esto;
no salí de una ausencia
que en otra entré tan presto
y plega a Dios que acabe el mal con esto,

entre los otros males,
lo que me acaba el seso es acordarme
que mis ansias mortales
bastaban a acabarme
y quíselas doblar con apartarme.

¿Qué mal puede sentirse,
cuando más apretar suele un cuidado,
que si puede decirse
a la que lo ha causado
no queda del dolor más aliviado?

Bien debiera bastarme
lo que ausente de vos había llorado;
bien pudiera excusarme;
mas ¡ay! que es excusado
huir de su fortuna un desdichado.

¿Cómo pude sufrirme
cuando al partir de vos oí deciros,
llegando a despedirme:
<<Pues osáis despediros,
osad sufrir el mal que ha de veniros?

Si en presencia temía,
pensad si temeré siéndoos ausente;
y si viéndoos ardía,
con estaros presente
ved cual será el ardor que el alma siente.

Presente, iba templando
el bien de os ver y el mal de desabriros;
hora voy suspirando
y no puedo deciros
siquiera que os doláis de mis suspiros.

Entonces, un regalo,
o por piedad o por descuido hecho,
era dulce intervalo
al mal que me ha deshecho;
mas ahora de nada me aprovecho.

Mas ¿para qué me quejo?
¿De quién si no de mí estoy quejando,
si yo mismo me alejo,
y muero deseando
los ojos que veré Dios sabe cuándo?

Pues quien osó apartarse
de su alma y su vida y de su gloria,
haga por esforzarse
y ruegue a la memoria
que del pasado bien calle la historia.

ªªªªª

Mil veces mientra en vos estoy pensando,
a tanta perfección buscando falta,
no hallo parte que no sea tan alta
que el Seso desfallece imaginando.

Pero mientras así estoy considerando,
el Sentido se queja y sobresalta,
y prueba que piedad, señora, os falta,
pues tratáis mal quien por vos muere amando.

Bien sé que no tenéis de esto desculpa,
mas quiérosola yo dar por encubriros
la falta que yo mismo os he hallado.

Quejaos de mí, ponedme alguna culpa
que os desculpe de haberme maltratado:
yo diré que es verdad por más serviros.

(G. de Cetina. Rimas. Ed. Jesús Ponce Cárdenas. Letras Hispánicas 739. Madrid: Ediciones Cátedra, 2014)