Vicente Aleixandre

Quehacer del beso

La soledad al lado de quien se ama
es terrible. No mires, pues no existo.
Solo con el labio podría
conocer, indagar, musitar…
No te conozco. Escápate.

Los amantes enterrados

Aún tengo
aquí mis labios sobre los tuyos. Muerta,
acabada, ¡acábate!
¡Oh libertad! Aquí oscuramente apretados,
bajo la tierra, revueltos con las densas raíces,
vivimos, sobrevivimos, muertos, ahogados, nunca libres.
Siempre atados de amor, sin amor, muertos,
respirando ese barro cansado, ciegos, torpes,
prolongamos nuestra existencia, hechos ya tierra extinta,
confusa tierra pesada, mientras arriba libres
cantan su matinal libertad vivas hojas,
transcurridas nubes
y un viento claro que otros labios besa
de los desnudos, puros, exentos amadores.

Amor sucesivo

Todo así:
más quieto.
Todo así: infinitamente
sereno.
¿Te quiero?
Día a día lo digo:
te quiero.
Y tú día a día te vas
sucediendo,
pasando,
fluyendo.
Como solo, al final,
una sombra de tiempo.
Ah, vivir:
estar quieto,
ser un bulto de pronto
concreto,
y allí recrearse y allí encarnizarse,
y ver bello
e ileso
el bulto querido,
asido, suspenso.

Por eso, tú
en la sombra que siento
que me canta y se mancha
y se va sucediendo,
me haces vida
y me vas deshaciendo.
Tú me robas, me roes
y me vas descumpliendo,
y a tu paso,
a tu tiempo,
este cuerpo creído
se me va desviviendo.
Amor dulce, vivido
que me lame indefenso
y me arrasa despacio,
más despacio, más lento,
ya borrado, borroso,
al final ya disperso.
Bulto ciego
que sufre
día a día tu beso
y, lamido, roído,
te ama siempre,
en el tiempo.

Salón

Un pájaro de papel
y una pluma encarnada,
y una furia de seda,
y una paloma blanca.

Todo un ramo de mirtos
o de sombras coloreadas,
un mármol con latidos
y un amor que se avanza.

Un vaivén obsequioso
de momentos o pausas,
un salón de walkyrias
o de damas desmayadas.

Una música o nardo
o unas telas de araña,
un jarrón de cansancios
y de polvos o nácar…

Todo dulce y dolido,
todo de carne blanca;
amarillez y ojera,
y pábilo, y estancia.

Amor, vueltas, caídas,
mariposas, miradas,
sonrisas como alambres
donde la cera canta;

pájaros, caja, música,
mangas, vuelos y danza,
con los pechos sonando
bajo las llamas pálidas.

Cinturas o saliva,
hilos de finas platas,
besos por los dorados
limones que colgaban.

Tú, calor que ascendiendo
chocas carnes de lata,
pones besos o líquenes
por humedades bajas,

llevas vientres o conchas
o perezosas barcas
y axilas como rosas
sueltas de madrugada,

misterios de mejillas
a la deriva amadas
y oídos y cabello,
desmayos, voces bajas…

Golfo ancho detenido
junto a la orilla baja,
salón de musgo y luna
donde el amor es alga,
donde los trajes húmedos
son piel que no se arranca
cuando entre polca y brisa
despunta lacia el alba.

La dicha

No. ¡Basta!
Basta siempre.
Escapad, escapad; solo quiero,
solo quiero tu muerte cotidiana.

El busto erguido, la terrible columna,
el cuello febricente, la convocación de los robles,
las manos que son piedra, luna de piedra sorda
y el vientre que es el sol, el único extinto sol.

¡Hierba seas! Hierba reseca, apretadas raíces,
follaje entre los muslos donde ni gusanos ya viven,
porque la tierra no puede ni ser grata a los labios,
a esos que fueron, sí, caracoles de lo húmedo.

Matarte a ti, pie inmenso, yeso escupido,
pie masticado días y días cuando los ojos sueñan,
cuando hacen un paisaje azul cándido y nuevo
donde una niña entera se baña sin espuma.

Matarte a ti, cuajarón redondo, forma o montículo,
materia vil, vomitadura o escarnio,
palabra que pendiente de unos labios morados
ha colgado en la muerte putrefacta o el beso.

No. ¡No!
Tenerte aquí, corazón que latiste entre mis dientes larguísimos,
en mis dientes o clavos amorosos o dardos,
o temblor de tu carne cuando yacía inerte
como el vivaz lagarto que se besa y se besa.

Tu mentira catarata de números,
catarata de manos de mujer con sortijas,
catarata de dijes donde pelos se guardan,
donde ópalos u ojos están en terciopelos,
donde las mismas uñas se guardan con encajes.

Muere, muere como el clamor de la tierra estéril,
como a tortuga machacada por un pie desnudo,
pie herido cuya sangre, sangre fresca y novísima,
quiere correr y ser como un río naciente.

Canto el cielo feliz, el azul que despunta,
canto la dicha de amar dulces criaturas,
de amar a lo que nace bajo las piedras limpias,
agua, flor, hoja, sed, lámina, río o viento,
amorosa presencia de un día que sé existe.

(V. Aleixandre. Poesía completa. Ed. Alejandro Sanz. Barcelona: Lumen, 2017)

El amor no es relieve

     Hoy te quiero declarar mi amor.
     Un río de sangre, un mar de sangre es este beso estrellado sobre tus labios. Tus dos pechos son muy pequeños para resumir una historia. Encántame. Cuéntame el relato de ese lunar sin paisaje. Talado por el bosque por el que yo me padecería, llanura clara.
     Tu compañía es un abecedario. Me acabaré sin oírte. Las nubes no salen de tu cabeza, pero hay peces que no respiran. No lloran tus pelos caídos porque yo los recojo sobre tu nuca. Te estremeces de tristeza porque las alegrías van en volandas. Un niño sobre mi brazo cabalga secretamente. En tu cintura no hay nada más que mi tacto quieto. Se te saldrá el corazón por la boca mientras la tormenta se hace morada. Este paisaje está muerto. Una piedra caída indica que la desnudez se va haciendo. Reclínate clandestinamente. En tu frente hay dibujos ya muy gastados. Las pulseras de oro ciñen el agua y tus brazos son limpios, limpios de referencia. No me ciñas el cuello, que creeré que se va a hacer de noche. Los truenos están bajo tierra. El plomo no puede verse. Hay una asfixia que me sale de la boca. Tus dientes blancos están en el centro de la tierra. Pájaros amarillos bordean tus pestañas. No llores. Si yo te amo. Tu pecho no es de albahaca; pero esa flor, caliente. Me ahogo. El mundo se está derrumbando cuesta abajo. Cuando yo me muera.
     Crecerán los magnolios. Mujer, tus axilas son frías. Las rosas serán tan grandes que ahogarán todos los ruidos. Bajo los brazos se puede escuchar el latido del corazón de gamuza. ¡Qué beso! Sobre la espalda una catarata de agua helada te recordará tu destino. Hijo mío. -La voz casi muda-. Pero tu voz muy suave, pero la tos muy ronca escupirá las flores oscuras. Las luces se hincarán en tierra, arraigándose a mediodía. Te amo, te amo, no te amo. Tierra y fuego en tus labios saben a muerte perdida. Una lluvia de pétalos me aplasta la columna vertebral. Me arrastraré como una serpiente. Un pozo de lengua seca cavado en el vacío alza su furia y golpea mi frente. Me descrismo y derribo, abro los ojos contra el cielo mojado. El mundo llueve sus cañas huecas. Yo te he amado, yo. ¿Dónde estás, que mi soledad no es morada? Seccióname con perfección y mis mitades vivíparas se arrastrarán por la tierra cárdena.

Nombre

Mía eres. Pero otro
es aparentemente tu dueño. Por eso,
cuando digo tu nombre,
algo oculto se agita en mi alma.
Tu nombre suave, apenas pasado delicadamente por mi
     labio.
Pasa, se detiene, en el borde un instante se queda,
y luego vuela ligero, ¿quién lo creyera?: hecho puro
     sonido.
Me duele tu nombre como tu misma dolorosa carne en
     mis labios.
No sé si él emerge de mi pecho. Allí estaba
dormido, celeste, acaso luminoso. Recorría mi sangre
su sabido dominio, pero llegaba un instante
en que pasaba por la secreta yema donde tú residías,
secreto nombre, nunca sabido, por nadie aprendido,
doradamente quieto, cubierto sólo, sin ruido, por mi leve
     sangre.
Ella luego te traía a mis labios. Mi sangre pasaba
con su luz todavía por mi boca. Y yo entonces estaba
     hablando con alguien
y arribaba el momento en que tu nombre con mi sangre
     pasaba por mi labio.
Un instante mi labio, por virtud de su sangre sabía
a ti, y se ponía dorado, luminoso: brillaba de tu sabor
     sin que nadie lo viera.
Oh, cuán dulce era callar entonces, un momento. Tu
     nombre.
¿decirlo? ¿Dejarlo que brillara, secreto, revelado a los
     otros?
Oh, callarlo, más secretamente que nunca, tenerlo en la
     boca, sentirlo
continuo, dulce, lento, sensible sobre la lengua y luego,
     cerrado los ojos,
dejarlo pasar al pecho
de nuevo, en su paz querida, en la visita callada
que se alberga, se aposenta y delicadamente se efunde.

Hoy tu nombre está aquí. No decirlo, no decirlo jamás,
     como un beso
que nadie daría, como nadie daría los labios a otro amor
     sino al suyo.

(V. Aleixandre. Poemas amorosos. Antología. 4a ed. Buenos Aires: Losada, 1977)

Quiero pisar

Quiero tu nombre aquí,
quiero pisar unas pestañas falsas,
delicadas lombrices, rayos negros,
esa tierra mojada, esas lágrimas feas.

Quiero pisar dientes o barro o algún beso,
ese calor difunto que orea un viento pardo,
esa garganta o guijo fría al pie desnudo,
ese pecho de ámbar por cuya agua íntima pececillos transcurren.

Bola redonda de la que no escapará el aire,
de donde nunca un suspiro de niebla
saldrá con su calor reciente a embeberse en los ojos.

Quiero pisar una cintura, anillo,
frágil anillo, aro delicado,
ese gesto que abarcase la mano
cuando un cuerpo por su mitad se rinde.

Quiero muslos de acero, acaso musgo tenue,
acaso esa suavidad tan reciente
cuando la lluvia cae por una ingle indefensa.

Quiero tierras o pólvora,
esos besos azules,
ese rechazo súbito que deshace la boca
cuando un cuerpo o una luna estallan como herrumbre.

Amor como la lira,
como esas cuerdas rotas,
música cenicienta,
oro que duele entero,
luna que descolgada presencia que no hay aire.

(V. Aleixandre. Espadas como labios. La destrucción o el amor. Ed., introd. y notas José Luis Cano. 4a. ed. Madrid: Castalia, 1990)