Mayra Santos-Febres

Éramos un montón de mujeres sin vestíbulos
sin cosméticos para agrandarnos los ojos
sin siquiera superficies bruñidas
para enterarnos de la identidad o
de las multiplicación infinita en la pestaña.
éramos montón de mujeres
más de tres muchas
y concreta cada una en su sentido
cada una en su lucecita de siga, o su cambio de carril:
la puta, la madre, la mayra, la maestra
la mujer del otro, guerrillera
la que siembra, propia
mata escolares con dientes de centella
o la que se mete desnuda y senil a los sillones.
muchas más un montón todas sin vestíbulo
ardiendo en dedos que cogen llave
en pasos de umbral
piernas abiertas esperando
placas de petri y pescaditos
en continuación de espuma paralela
alimentando
a otras miles de mujeres, un montón muchas, casi todas
que cohabitan en ese su batalloso cuerpo.

IV

chingar siempre cura, siempre, sin nombre, sin deseo a veces,
sin ganas de saber en dónde se está, chingarse a los feos
a los fofos a los de panza llena de cereales y mierda
percudida a los que te creen puta porque sabes el nombre
de tu pastilla. chingar siempre da con la raíz que una
hierve en la tisana de su propia carne, que una se traga
agria y con peste a avena vieja. chingarse a la hermana, a
la discípula, a la amiga que una estaba esperando desde
los diecisiete, porque chingarse a una mujer es imprescindible.
chingar, hacer el amor no, tener sexo no, chingar.
entender cómo una se disuelve contra la furia de otro,
medir las implicaciones del hambre, visitar el sabor
agrio de una saliva transeúnte, la del que vive al lado, al
frente, la del poeta que corrige acentos para su próxima
lectura. chingar con el que no tiene ni idea de por qué no
puede despegarse de tu carne.

(M. Santos-Febres. Tercer mundo. México: Trilce Ediciones, 2000)