Rodolfo Häsler

Son mías todas las ciudades y sus teatros
de sombras, y son míos también los gestos,
los ropajes, los mercados, las múltiples
sonrisas y las ofrendas, los ánades y las
flores de los sauces.
Todo asemeja a los niños que se anhelan
para sí, al entorno que eclipsa la luz
de las gargantas, de todas las gargantas
infantiles, oscilantes como la tarde detrás
de las fronteras.

Devoción

Aquella tristeza mía sin límites,
exacta como un ángel que acaso me adorase
me hacía mucho más inasequible.
El niño tímido que fui
y la provocación que mantengo hasta el amanecer
sirven, como no, de éxtasis,
prueba para suprimir todo atisbo de melancolía,
el esfuerzo de los días,
el viento cálido en la facilidad de la noche.
Para ti soy el arquitecto de la fantasía
que devora negras flores a los pies de tu lecho,
flores como insignias del inmenso poder
que con vehemencia a la salvación me lleva.
El sol es fuego certero que intenta desvestirme,
bello surco de crótalos y escorpiones
cuando el resultado de la numeración es un leve crimen
infantil,
partículas de locura como cerrados bulbos
de asombroso filo cardiaco,
entre lirios sabios, luceros, lámparas de Egipto,
quizá un secreto,
la vegetación para invocar la vida.

***

La levedad del aire te hurta el peso en la habitación,
terciopelo negro, seda, perfume,
una flor roja y otra blanca para ti, el beso falta,
y dominándolo todo los ojos, como mi tierra,
los ojos de él.
Quisiera soltarse pero no puede,
insaciablemente preso,
inmóvil, asombrado, enamorado,
sobre la cama descansa él,
el cuerpo sensual y elástico como una fiera acecha,
el miedo, la mirada,
dios cálidos, etéreo en su propia penumbra,
dios corazón y anhelo.

(Nueva poesía latinoamericana. Pról. y selec. Miguel Ángel Zapata. México: UNAM / Universidad Veracruzana, 1999)