Sergio Mondragón

El aprendiz de brujo

en realidad, señoras y señores, yo no soy otra cosa que un
aprendiz de brujo.
tengo las escobas, quiero que barran y limpien mi casa
las ollas relucientes
todo como llevado de la mano de Brahms.

sé tumbarme entre la hierba, dormirme entre las flores
despertar y gritar ¡viva la libertad!
y recuerdo que la bruja Raquel me dijo un día:
libertad libertad girasol girasol
mientras me clavaba las uñas en la espalda
echados ambos en las risas de los soleados aguardientes
de Colombia
de sus cartas.

el aprendiz de brujo está bajo los árboles
hay mucha luz, es mediodía y la hora zumba canciones
exiliadas
el calor refresca la curvada espalda del Escriba
aprendiz de brujo.

¿pero dónde está la llave, aprendiz de brujo?
¿en una carta? ¿en un lance de judo?
¿en el aljibe sobre el que estás sentado?
¿y si ella no viene el miércoles, y si tu clase de yoga no
empieza mañana?
¿y si no recibes el mensaje de Jan Arb?
ese pájaro en la rama está llamándote
aprendiz de brujo: toc, toc, toc.

Maestro, ten misericordia de los aprendices de brujo
que abren tus redomas.
ten misericordia del aprendiz de brujo
que escribe este poema.

Laberinto

no basta
mirar
es necesario poner en movimiento
los sueños del caballo de mar
de la memoria
los suntuosos palacios
soñados esta madrugada
no basta
escribir el poema
es necesario zambullirse en la concentración
del barrer
del amar del mirar el cuerno de una hormiga
es posible entonces echar a correr
de cara hacia el misterio
contenido
en una taza de té
el poema se organiza luego
la máquina se para y el paisaje comienza a cantar
se desliza la mano sobre el lomo del viento
un nuevo grito en el bosque se inaugura
un nuevo canto gotea hacia al asfalto
mi perro reza de rodillas
mi molinillo de oraciones trepida con el aire
ya todo es una feria volteada de cabeza
como una virgen perseguida en los pasillos del laberinto
el místico laberinto
de una vara y una caja de laca
en la que guardo mi poema
lo doblo
y lo coloco en los estantes de la cabeza
mientras sales a la calle
y andas como entre los libros de la biblioteca
como entre el recuerdo del poema que tramas
mientras te repites
no basta mirar
es necesario

Sin aliento

no la rosa mística ni el olor del beleño
no el bálsamo ni el Nirvana ni siquiera la soñada Salvación
no el triunfo de la pasión ni la reconciliación de los contrarios
no la Síntesis maravillosa ni la Aniquilación del intelecto
no el llegar a la otra orilla ni la extinción del aparato lógico
no el colapso mental ni la tragedia mística ni la liberación
ni siquiera el poema ni el placer o tortura de la carne
ni la facilitación de los instintos

en este alto y enervado contrapunto de afirmación y negación,
continuar transportando el vehículo de carne, con sus hambres,
su vejiga que se carga y descarga, sus fuegos fatuos y su humo
de zarzas, en la pura y dura realidad de volumen y peso, de
desplazamiento y reposo, de vigilia y de sueño, y lo que penetra:
el mundo y sus hombres, esos extraños seres independientes
que se mueven por sí mismos y sin mi intervención,
completamente solos, tan aislados y lejanos, tan semejantes.

Coatlicue

coatlicue la mujer de la falda de serpientes
                 la del collar de corazones
                 la esposa del Señor del Sol
                 la virgen después del parto
                 la hermana de la lluvia y el maíz
coatlicue bálsamo de los guerreros
coatlicue la de las sandalias de oro
                 la de las garras de león
                 la de las horas violentas
coatlicue cuyas lágrimas fecundan la tierra
coatlicue madre soltera
coatlicue monstruosa que devoras a tus hijos
                 que has abierto la ventana de mi corazón
                 tam tam sobre el pecho de los que te invocan
coatlicue viuda
                 causante del regocijo celeste
                 hermana de todas las flores de la tierra
                 harapienta que viajas por mi garganta
coatlicue ataviada para las bodas del cielo y el infierno
coatlicue que te desposas con quienes te maldicen
coatlicue sagrada
                 pitonisa de los pájaros
                 heredera del bien y del mal que tú equilibras
                 sobre mi plexo solar
coatlicue cabeza de serpientes y cinturón de calaveras
                 madre de las estaciones
coatlicue coatlicue
                 ávida de sacrificios
coatlicue huérfana
coatlicue que pendes del hilo dorado del tiempo
                 que habitas en la raíz de los vientos
                 que entras en mi cuarto disfrazada de golondrina
                 disfrazada de mi hija
coatlicue mi mujer
                 la prisa de los ríos
                 la risa de la eternidad
coatlicue de piedra
                 cantora en la palma de mi mano
coatlicue que rezas a la sombra de tláloc
                 que te desnudas para que te poseamos
                 señora de los cielos
coatlicue en la punta de mi sexo
coatlicue en ruinas
coatlicue toda ternura toda amor toda crueldad
coatlicue para descender contigo a los infiernos
coatlicue tomo tu mano de piedra y me despido
                 con la señal de la cruz

Son tus palabras amor

caterva de dioses hambrientos tus palabras
que me trasiegan el alma
larvas en la conciencia con sus ojillos de jade
piezas de contrabando que mis sueños entretienen
pájara zumbona, colibrí, tu voz
emite flechas que desarreglan el agua
dices todo al revés
hablas para callar, bajas para subir
cuando despegas los labios
dioses sarnosos y pobres se entregan al trance
son tus palabras: baldadas y locas
tartamudos tlaloques bisnietos de aquellos otros
que deslumbraron al cielo y se tumbaron entre las piedras
dioses y dioses de nuestra tierra
a su piadosa boca
acerco mi ebrio corazón, viudo que dos comparten
dos que jamás se entienden y que en el fondo yacen
solos como vosotros, ¡oh, grandes solos abandonados
entre las ruinas de su panteón, sobre la fresca hierba!

(S. Mondragón. El aprendiz de brujo y otros poemas. Lecturas mexicanas 56. Segunda serie. México: Siglo XXI Editores / Secretaría de Educación Pública, 1986)

August Wilhelm Schlegel

Cleopatra de Guido Reni

¡Ay, qué delgado vientre derramado en el sueño,
mecida desnudez en terciopelos!
Qué rubio rizo en qué hermosa mejilla
y tierno cuello sin descender, puro.

Pero la mortal noche ya ha cercado sus ojos
y ha huido de sus labios el espíritu audaz.
¿No le entregó ella misma a la afilada sierpe
esas flores de lirio que manaron del pecho?

A menudo el amor fue encarnado por dioses
y se diría, heroína, que un dios te ha cautivado,
que te codicia el Reino de los Muertos.

¿El príncipe que arbitra con el rayo
no se hizo ardiente sierpe para embaucar a Olimpia?
Más delicia le habrías brindado tú.

Mi opción

Trabajos y cuidados habitan yermas playas
sin exceder jamás su estrecho círculo.
La fantasía, en cambio, se eleva sobre mares
lejanos convocando islas felices, tierras fabulosas.

Alegremente suelto el amarre a mi bote
y el avanzar desvela los presagios;
las almas de canciones recién nacidas soplan
por mi vela y le hinchan sus ropajes.

Veo flotar hasta allí compañeros, hermanos.
¿Y yo por qué temía, por qué quedaba atrás?
Brillan suaves estrellas, no amenaza tormenta.

Conduce así, pues, dulce poesía, mi vida,
¡juventud de lo joven y amor en el amor,
naturaleza en la naturaleza, divinidad de dioses!

Apego

Quiere a menudo el alma abrir las alas,
henchida al contemplar un banquete más puro;
cree que entre tanta repetida andanza
su hacer es vano y su saber, delirio.

Siente en el fondo un indomable anhelo
de universos más altos y un actuar más libre
y cree que cuando llega, según norma terrena,
su fin, se abre el telón a más claras escenas.

Pero al rozar la muerte el cuerpo para el tránsito,
se estremece y, cobarde, echa la vista atrás
sobre el deseo mundano, mortales compañeros.

Como hizo Proserpina, que, al raptarla Plutón
de los prados de Henna, sufría infantilmente,
llorando por las flores que le caían del seno.

(Floreced mientras. Poesía del Romanticismo alemán. Ed. bilingüe Juan Andrés García Román. Barcelona: Galaxia Gutenberg, 2017)

Ruth Fainlight

Tristeza Ordinaria

“Mozart tocó esta hoja de papel”, él dijo,
“escribió música sobre él y ahora yo lo toqué”.
Este era un hombre joven que hablaba —lleno de admiración,
abrumado—, sintiendo otra potencia
por primera vez. Su excitación era conmovedora.

Mozart, en Cosi, Shakespeare, en el Sueño,
sabían lo suficiente como para no juzgar tales milagros,
o no llamar a sus personajes héroe o villano,
o pensar que ellos mismos eran más inmunes a las alegrías o
tristezas ordinarias, que los reyes, los amantes o los tontos.

Compartieron la objetividad de los dioses
tanto en su propia existencia como en la vida de los demás,
la tierna diversión que define a la sabiduría.
Las brillantes favoritas de la belleza y las uniformes
filas de la muerte fueron lo que más los conmovió.

Domingo en la tarde

Un domingo en la tarde al final de Julio:
las hojas parecen cansadas, el cielo anubarrándose,
la presión atmosférica cayendo. La pareja
en el apartamento de junto discute
cuánto ayuda o deja de ayudar él.
Fisgoneado desde mi terraza,
estoy celosa de cómo resuelven el pleito:
en el cuarto mal ventilado, apagados gemidos y llantos de amor
para no despertar al bebé.
Recuerdo cada detalle
de la miseria que hay en el matrimonio
—pero también la delicia de contentarse.

Cepillo y Peine

Al limpiar de cabellos mi cepillo,
jalándolos, pienso
en la cruel princesa, que se paró
en una sábana extendida y ordenó
a la sirvienta que arreglara su peinado,
con tanto cuidado que ni un rizo
ni un cabello fueran visibles
sobre la lisa tela blanca
de la sábana abandonada.

Yo nunca imaginé
ser la princesa —la criada sí.
Debo preferir el papel
de víctima. (Aunque a veces no).
Lo mejor es olvidar el cuento
y usar el peine; los hombros
de mi peignoir muestran
que estoy perdiendo mucho pelo
con el áspero golpe de mi propio cepillo.

I Sus Palabras

Un oscuro día de verano. El final de una tarde.
Una joven se sienta en la biblioteca vacía de la escuela
a leer el Cantar de Salomón. Ella piensa en un huerto:
almendro / manzano / limonero / árbol de granadas / higuera.
Ella mira detenidamente la trama en espirales debajo de la mesa,
el mismo dibujo se repite en sus huellas digitales,
y de nuevo: “Mi amada es para mí como
las varitas apiñadas de una fogata en un viñedo de Engedi.”
Ella ve una fuente, sus chorros y conductos,
su cuenco de mármol esculpido con leones rampantes
y querubines con cabeza de dragón. Alrededor
crecen flores y especias: azafranes / rosas / lirios.
“Yo pertenezco a mi amada, y mi amada es mía:
él se alimentó entre los lirios.” Las palabras trastornan
y excitan. Mirra / nardos / incienso.
Su cuerpo entero se calienta gélidamente, al imaginar
esa caricia. Bajo sus mangas y sus medias
y por detrás de su cuello, el blando vello se levanta.

XII El Deseo de Salomón

El nombre de ella es una palabra roja como una roja flama que quema
                  la lengua que lo pronuncia.
El amargo óxido del deseo está devorando mi pecho. Está cegando
                  mis ojos con polvo rojo.

Saba entre las mujeres es una planta de vid entre los acantos.
Saba entre las mujeres es una palmera de dátiles entre los ciruelos.
Saba entre las mujeres es un ciprés en una arboleda de tamariz.

Su voz es un surtidor de agua levantándose hacia el cielo, un río
                  cayendo entre las rocas.
Por ella escalaría la negra montaña del cielo, de cumbre
                  a cumbre y arrancaría el lirio de la luna y los capullos de
                  las estrellas.
Ella es oro y plata repujados juntos.
Ella es el vino de mi boca, el agua de mi pozo preferido,
                  la purificadora y calmante agua.
Ella es la estatua de blanca sal, los flecos de cinturones rojos, ella es
                  mi alfombra de oscura lana, mi brillante fuente, mi fresco
                  jardín.
Ella es como la desnuda luna de verano. Su belleza es caliente como
                  el ámbar.
Sus joyas se aprietan como besos azules y carmesí sobre su cuerpo.
                  Mis labios duplicarán su número.
La húmeda fruta de su boca. Su piel suave como pan.

La deseo como el cielo desea a la montaña, como la montaña
                  a la planicie, como un campo recién sembrado a la primera
                  lluvia.
Todos los hombres que pasaron por su cama no son para mí nada
                  más que los vapores del rocío para el sol que los causa.

(R. Fainlight. Plumas. Feathers. Trad. Jennifer Clement, Valerie Mejer, Víctor Manuel Mendiola. México: Ediciones El Tucán de Virginia, 2004)