Irene Selser

La casa

Ahí está, porfiada y señorial
sosteniendo la esquina de los recuerdos,
blanca como una gaviota a la espera de nuestro
      regreso.
Entre sus muros la niñez fue crecer oyendo tangos,
mi padre con los brazos al aire jugando a dirigir
      orquestas,
Brahms, Villa-Lobos, Musórgski
y una biblioteca como nido de párrafos.

Los años transcurren hechos siglos
y ella aún sigue ahí
como diciendo vuelvan, aquí estoy
extraño los geranios en los balcones firmes
y las risas de hermanas girando en calesita.
También el carrusel se quedó anclado
en la plaza del barrio, rincón de añoranzas
arrancada mi juventud de cuajo,
las botas militares pisotearon la patria.

De nada sirve —lo sé— prometer no volveré
a esa esquina santificada por la melancolía
porque cuando menos lo espere
allí estaré para honrar su piedra sólida,
recoger los escombros de lo perdido,
el reloj del comedor marcando en su péndulo
de bronce el paso de la vida.
Y el deambular de sombras obstinadas
detrás de las ventanas de mi casa.
Penélope del sur, muelle y ombligo.

Canal de Sicilia

El Mediterráneo devuelve los cuerpos del naufragio,
los entrega vestidos en una playa de Libia
de donde partieron una semana atrás.
Trescientos muertos en apenas siete días
regresados a casa con las ropas puestas.
Uno emprendió el viaje de camisa negra y pantalón
      caqui,
el otro de azul marino a tono con las aguas.
También era de color azul el pantalón de Aylan Kurdi,
el niño sirio de tres años hallado en una playa
      de Turquía.
La embarcación en la que viajaban naufragó.
Se ahogó junto con se hermano Galip y su madre
      Rehana
cerca de la isla griega de Cos
con sus impresionantes puestas de sol.
Lo encontraron dormido boca abajo,
las agujetas de sus zapatitos sin atar.
Cuna blanca de arena.

Dura patria

No es de maíz ni ajonjolí mi suave patria
ni siquiera es tan suave, mucho menos mía
no puedo amarla como López Velarde,
con ropas de percal su memoria mestiza.
Y sin embargo, extraño sus olores a pan
      recién horneado
y vino tinto a las puertas del Río de la Plata,
sus calles soledosas y tranquilas
como las nombraba Evaristo Carriego,
faroles taciturnos, utopías de neón.

Paradójica patria es la Argentina,
artificio del ser y no poder estar,
arrebato de pétalos violáceos
sus jacarandas en flor
y una niña de la mano del padre
con el velero de madera a cuestas
surcando los ríos de la fuente,
espejismos de libertad
antes de ser yo también
una migrante del pasado,
media luz destinada a morir
como los náufragos
con los ojos abiertos sobre la arena.

En el tren

Canta un ciego en el vagón del metro,
nombra su voz las cosas
que la mejor canción de amor
nombraba en los años perdidos
—la tonada de Carlos Barocela—
cuando mi piel se acostumbró a tu mano
y tu frente a la sombra de mi pelo.
Tan lejos este miércoles de protestas y lluvia
la Cruz del Sur de la Ciudad de México.

Se tambalea el ciego en el tren del mediodía,
equilibrista de la oscuridad
y el mar vuelve a besar tu nombre en la arena,
el faro de piedra como una estrella rota
anunciando la vigilia de otro puerto.

Se va cantando el ciego como un adolescente
      apresurado,
hace sonar su lata con la única moneda.
Se lleva el túnel aquellas noches anchas,
el súbito fulgor de los recuerdos.

Detrás de los murmullos

Un pie sigue mirando al sur,
el otro, adúltero, se hunde complacido
en mi norte mexicano de tortillas azules,
sinfonías de maíz y cementerios
donde la gente conversa con las ánimas
como antaño los muertos de abuela Beatriz
junto a la mesa de tres patas,
un hervidero de tías acostumbradas al ir y venir
entre lo inanimado y este lado de la vida.
Nunca temí las voces de ultratumba
—habitantes del Fuego Perpetuo—
que Beatriz hacía suyas con los ojos cerrados
sin importar quién fuera el difunto.
(Mamá, por favor ya no llores
hay mucha luz aquí).

Como el poeta yo también estoy donde estuve,
solo me queda ir detrás de los murmullos
sin renegar ni maldecir conjugando gerundios
porque la vida se conjuga en gerundio,
decía mi hermana Claudia
con ese modo tan suyo de amar
habiendo amado
o llorado
o reído.
Un sol pluscuamperfecto.

(I. Selser. Sur, Silencio. México: Ediciones El Tucán de Virginia, 2017)

Ludwig Tieck

Vista de Florencia

Al fin asciendo la última
colina, y a mis pies,
el valle ancho y florido,
rodeado de montañas,
la espléndida ciudad
bajo el fulgor de un sol que ya declina.
El crepúsculo irradia
con profusión de púrpuras
en las rocas, mientras los edificios
arden en el destello
y villas a centenas
irradian a lo lejos y más lejos.

Juega el cielo con verdes, con azules
y, a brincos, resplandores
ríen sobre la corriente.
El dulce anochecer
va emergiendo del éter
para abrazar el mundo,
y en conmoción callada
la ciudad oscureciendo nos acoge.

Canción improvisada

Cuando en penas el pecho se deshace
y las ansiosas lágrimas nos mudan en fantasmas,
nos grita algo en el fondo “¡Ayuda, ayuda!”,
y, al igual que una aurora, un recuerdo dichoso
se eleva de la noche más cerrada
trayéndose con él los rojos besos
y todas las sonrisas de la amiga querida;
ah, el cielo deleitoso liba en nuestras heridas,
con su boca de púrpura
sobre el veneno que halla
del dardo negro de Melancolía.

Y qué abejitas lindas
mordisquean entonces los labios de las flores,
cómo las mariposas se persiguen,
cómo brincan las aves en las verdes umbrías
entonando sus cantos
y aletean y embaucan y enamoran
miradas y palabras y lisonjas
de la bella, la única, la amiga favorita.
Y en mitad de la noche del invierno,
nos sonríe un esplendor de primavera
y bufonean lágrimas con penas
y al llorar se insinúan
mohínos gozos y gustos afligidos;
como en la novia honrada luchan pudor y amor,
lleva el pesar al gusto de la mano
y de su amor resultan flotantes armonías.

Melancolía

Era negra la noche y ardían astros oscuros,
            desvaídos, mortecinos, tras el velo de nubes;
            un reino de fantasmas hizo al campo esfumarse
y las Parcas adversas miraron hacia abajo
lanzando airados dioses a mi vida.

Me cantó la lechuza sus canciones de cuna
            horrendas y en un grito a través del silencio
            me graznó un espantoso: ¡Bienvenido!
La pálida desdicha y el luto descendieron,
cual viejos camaradas quisieron saludarme.

Y dijo la desdicha en la aciaga hora bruja:
            Al tormento tú fuiste consagrado,
            de la crueldad del sino eres objeto;
con los arcos tensados, cada hora
te hará sangrar por una herida nueva.

Despídete de la humana alegría,
            no encontrarás criatura que te hable con afecto,
            vericueto desértico ha de ser tu camino,
con rocas que amenazan, sin flores que florezcan
y los rayos del sol quemando y abrasando.

El amor que traspasa con ecos la Creación,
            parapeto de penas y desdichas,
            flor de todos los gozos de los hombres
que eleva el corazón al alto cielo,
donde la sed encuentra santa fuente,

el amor te estará siempre vedado,
            el portón se ha cerrado tras de ti.
            A lomos de bravíos e indómitos caballos
fuiste lanzado tú a la vida yerma,
sin alegría que acierte a acompañarte.

Súmete ahora en esa noche eterna,
            mira las mil penurias que te aguardan,
            ¡y asume tu existencia mientras sufres!
Sí, sólo en la extinguida mirada moribunda
la dicha, compasiva, se te presentará.

(Floreced mientras. Poesía del Romanticismo alemán. Ed. bilingüe Juan Andrés García Román. Barcelona: Galaxia Gutenberg, 2017)

Fabio Morábito

Época de crisis

Este edificio tiene
los ladrillos huecos,
se llega a saber todo
de los otros,
se aprende a distinguir
las voces y los coitos.
Unos aprenden a fingir
que son felices,
otros que son profundos.
A veces algún beso
de los pisos altos
se pierde en los departamentos
inferiores,
hay que bajar a recogerlo:
“Mi beso, por favor,
si es tan amable”.
“Se lo guardé en papel periódico”.
Un edificio tiene
su época de oro,
los años y el desgaste
lo adelgazan,
le dan un parecido
con la vida que transcurre.
La arquitectura pierde peso
y gana la costumbre,
gana el decoro.
La jerarquía de las paredes
se disuelve,
el techo, el piso, todo
se hace cóncavo,
es cuando huyen los jóvenes,
le dan la vuelta al mundo.
Quieren vivir en edificios
vírgenes,
quieren por techo el techo
y por paredes las paredes,
no quieren otra índole
de espacio.
Este edificio no contenta
a nadie,
está en su época de crisis,
de derrumbarlo habría
que derrumbarlo ahora,
después va a ser difícil.

Ruido

Los pleitos entre el hombre
y la mujer del cuatro,
el niño que berrea del once,
la radio eterna del catorce,
el taconeo nocturno
de los de arriba
que llegan del trabajo
mientras duermo:
así es como me llegas
a la médula, ciudad,
y no te dejas reducir
a mis horarios,
hasta mi almohada es tuya,
mi erotismo.
¡Vivir rodeado de aire
que se lleve los ruidos,
forrar de dobles vidrios
las ventanas,
no abrirle a nadie!
¿Pero qué haría metido en mí?
¿Escribiría en silencio
oyendo sólo el lápiz,
que es el peor ruido,
oyendo lo que escribo?
Yo no he nacido
para un centro
sino para quejarme de su falta
(los centros me dan náusea),
y hago silencio
con mis versos,
pero son versos que hablan de ruido.

Ars poética

Yo nunca tuve anhelos
de motorización,
es más, nunca pedí a mis padres
un vehículo,
hasta la bicicleta me aburría,
me limité a mis pies,
a mi sentido del cansancio.
Nunca he viajado rápido,
pero he viajado,
mis huesos cambian de dolor
cada cien metros
y nadie sabe como yo qué es un kilómetro.

Hay una bestia

Hay una bestia adentro que me seca,
se mueve por arterias,
no por venas,
por eso soy incapaz de dibujarla,
sólo la intuyo.
Un verso bastaría para matarla,
pero es astuta,
se mueve en lo profundo,
donde no llego.
Me abro las venas
para que caiga, para que se disperse
y me conozca
pero ella ayuna
y a veces creo que se ha ido
y me ha dejado libre.
Y sin embargo sigue ahí
como una raspadura inocua,
como quien hace un túnel,
y puedo oírla en mis mejores versos.
Ella también está cautiva,
está en mi círculo vicioso.
¿En qué momento se desbordará?
para ocuparme,
para integrarme más a lo que soy,
para volverme idéntico a mí mismo
y encarcelarme en todo lo que he escrito,
para dejarme mudo?

Cruzando el puente

Mi edad más frágil
dio comienzo,
de ahora en adelante
no sanaré del todo
ni volveré a saber a ciencia cierta
qué me duele.
Salud y enfermedad
se funden.
Las claras divisiones
se acabaron,
las claras amistades.
Las aguas
van revueltas y sin orillas,
no se sabe hasta dónde.
Hay que rimar de otra manera,
más sutil,
que casi no se oiga.
El agua se hace turbia.
Hundirse en el anonimato,
no contestar saludos,
aligerarse como un corcho.
Invertebrarse casi,
dar todo lo de uno
sin espanto.
De ahora en adelante
hay que emboscarse,
llegar al verde
más oculto.

(F. Morábito. “De lunes todo el año”. En Premio de poesía Aguascalientes. 30 años. 1988-1997. México: Joaquín Mortiz, 1997)