Robert Louis Stevenson

Yo, a quien Apolo visitó alguna vez

Yo, a quien Apolo visitó alguna vez,
o visitar fingió, ahora, acabado ya mi día,
del todo duermo; y en absoluto sabré
del cansancio de los cambios; y no veré
a las inconmensurables arenas de los siglos
beber de la blanqueante tinta, ni a la música
ahogada por el estrépito de las generaciones.

Canta más claro, Musa

Canta más claro, Musa, o calla para siempre jamás,
¡sé más sincera o no cantes ya más!
Que la voz del melancólico Jacques ya no despierte
un eco quejumbroso en la colina;
sino que al igual que el niño, pirata de primavera,
coge del olmo verde un pinzón vivo,
rescata un verso natural… y después guarda silencio.

Los más viejos amigos

Para viejos y jóvenes es un hecho sabido,
y además no admite mentís ni vuelta,
que son los más queridos los más viejos amigos
y están los jóvenes tan sólo a prueba.

De viejos y de jóvenes existe un rival fiero,
y es justamente quien se me ha llevado;
pues son los más seguros los amigos más viejos,
y casi todos me han ya abandonado.

Hoy aún corazones buenos, para que amigos
los llenen, o los rompan mentecatos;
pero son lo más íntimos los más viejos amigos,
y es en la tumba donde hay que buscarlos.

Junto al terreno

Junto al terreno del jardín cubierto,
en extraño silencio están los árboles.
Nunca pareció tan profundo el valle,
nunca la colina tan elevada.

Una espantosa sensación de calma,
un henchimiento de cabal reposo,
alienta desde el rociado césped
y las hileras del jardín callado.

Como cascos de caballos oídos
a través de una llanura, a lo lejos,
un íntimo saber de ideas grandes
conmueve vagamente mi cerebro.

Apoyo la cabeza sobre un brazo,
rebosa el alma, no deja pensar;
en ella, como el rugir de los mares,
se hunde el silencio de la mañana.

Los que viajan lejos

El inmenso sol,
      el brillante día:
velas blancas
      sobre la azul bahía:
los que viajan lejos
      desaparecen.

Encended los fuegos,
      cerrad la puerta.
Al viejo hogar,
      a la costa querida,
los que viajan lejos
      ya nunca vuelven.

(R. L. Stevenson. De vuelta del mar. Antología poética. Ed. bilingüe. Ed. y trad. Javier Marías. Introd. Luis Antonio de Villena. Barcelona: Penguin Random House Grupo Editorial, 2019)

María Baranda

Ítaca

Y llegamos a Ítaca
por el mar que deletreaba nuestro nombre,
escuchando a los pájaros,
los gritos desgañitados de las nubes.
Llegamos hasta aquí como las piedras,
deslumbrados en la alta noche
profunda e implacable.
El agua nos mostró las latitudes
de lo que nunca fuimos,
de aquello que pensamos haber sido.
Marchamos adivinando sueños detrás del mundo
bajo la lluvia infinita de lo desconocido,
ganándole tiempo al tiempo,
queriendo ser los mismos,
perdidos en el arrepentimiento y el silencio.
A tientas, impávidos, y cada vez más solitarios
escuchamos, como un sordo lamento,
la liturgia que emanaba de la tierra:
Ítaca en su tumba de cinco letras,
en sus muros de arcilla y de tinta,
en su rencor de haber sido leyenda,
nos aguardaba, como una voz
primera y rumorosa, para decirnos
que nunca fue realmente nuestra,
que no eran Cíclopes ni Lestrigones
ni Poseidón saliendo de las aguas
lo que la hacía lejana en horizonte,
feroz en la codicia,
enorme y deslumbrante a la distancia.
Sí, llegamos a Ítaca,
moribundos idiotas,
gusanos sobre una losa de polvo macilento,
tan sólo para saber que jamás la descubrimos
porque su voz, para nosotros,
era una voz ya extinta.

Sanatorio

Hay un ave al fondo de mis ojos. (Perdí todas las
causas.)

Un rumor de lluvias y relámpagos, una claridad (ni
siquiera recuerdo el olor de los tábanos),

un vaho de aguas lejanas que reverberan adentro de
mi corazón (no guardo para mí la decadencia);

el barro en la germanía de tu cuerpo. (No he podido
fingir: amo la exactitud.) Las manos, el trazo de la
muerte y la desolación. (Ahora puedes atravesar los
espejos, no hay nadie.)

Veo a una mujer arder como una loca abandonada
por los pájaros. Veo su cuerpo en las cúpulas
hirvientes del olvido.

Llega el que agoniza.
Los ojos del que grita, la nada que germina y se
abre como una larga herida (¿qué dios sumergido
en los abismos nos aguarda?) Los días

que se pierden a mitad de la noche (como tambores
subterráneos)

donde el silencio y la vida se confunden (en un
bosque de sangre)

donde habita un corazón de sombras (aquel que deja
tunas en tu almohada)

con el presagio y la misericordia del que agoniza (un
corazón de pájaro en tus cuencas)

donde no llega el siglo con sus fábulas (cuando
mugen los toros bajo la higuera)

cuando nada se ve ni se juzga, muy cerca aún (y es
mi delicia)

no sé quién puedo ser (perdí todos sus rostros, dejé
sus nombres en el barrio de las vísceras);

ahora que amo la noche verdadera y Dios lame el
sudor bajo mis párpados (Cristo no sabe envejecer)

y estoy aquí llamándote desde el vacío
pero, ¿qué hago yo adentro de tus ojos?

i

Y conocimos el futuro en la cal sobre la piedra,
la herrumbre de saber que fuimos
el trecho abierto para el paso del insecto,
la sola luz en la punta de la lengua,
el gemido siempre tardo en el silencio,
un cuerpo y otro y otro donde la noche
ofició los cantos de la paz en la hojarasca.
Y caminamos lentos por el ojo radiante
de una flor que sólo abría sus pétalos
de lujo en la cuaresma. Y vimos jabalíes
bebiendo el sol de la palabra quieta,
lámparas de abejas, ríos muertos
en la holgura de la yerba, caravanas
de hormigas como un punto de la inquietud,
un roce del estremecimiento
donde sentíamos la luz como una frase suelta.
Y a la orilla de un cielo concebido
en la respiración del viento, vimos
el vuelo presuroso de nuestras sombras,
aquellas parcelas de pan y lodo donde dijimos
por vez primera la palabra mundo.

xvii

Abre, Piedra, tu noche.
Deja mi boca, perdona
el canto de vidrio, la gula
de ver, el brío de estar
en silencio. Calla,
Piedra, mis ojos
dentro de ti, lima
arrogante tu piel,
deja que admire
tu línea de pájara
y sopla de ti, temerosa
tu escritura de aire,
tu ordenada sed
de ser el paraíso.
Saca de mí
en mi adentro,
esta lengua de sol
injertada, de pasto
que arde. Muda tu cara
te vea, nadie, Piedra
en la tierra, parte
la estrofa del día
que lento se va
y rige toda tú, Piedra,
el lecho del mundo,
hilo de luz de los ciegos.

(M. Baranda. El mar insuficiente. Poesía (1989-2009). México: UNAM, 2010)

Mario Bojórquez

Extiendes tu mano para alcanzar por fin ese deseo
El gesto se repite y tu brazo se congela para siempre
Eres el Suplicante
El deseo se esfuma pero no la actitud
Reproduces sin saberlo una vieja postura

Las ciudades perdidas en su polvo
Siempre a las puertas tienen un mendicante
Que implora Piedad a los viajeros

Ellos no se conforman con gestos de bondad
Extienden eternamente sus manos
No para recibir el don
Sí para mostrar desprecio

*****

Como si aquel que fui
Se desdoblara y no
No fuera yo sino otro
El que surcó estos aires
Con su proa de vidrio
El que surcó y zarpó
Para enfrentar sin ojos
—Ojos desdibujados—
Una tenue memoria

*****

Así como el día pasado ya no vuelve
No volverás sobre tus propios pasos
A recorrer la senda abierta para ti
En el jardín que guarda tu memoria

Ni aun en despoblada fronda habrás de hollar
A ti debido el tránsito entre frutos de higo
De granadas, de flores a tus pies

Sólo eres hoy aquél que no querías

*****

Como el día
Así habrá de abrirse entre tus manos
La luz de lo que fuiste
En tu amargura

Recordarás la marca que han dejado
En tu piel
Las horas para siempre perdidas

En tu cansado corazón
Levantarás un túmulo
De toda esa tristeza

Y te dirás
Que no es afrenta saber en carne propia
En propia sangre
Dolerse en la aflicción

(M. Bojórquez. El deseo postergado. México: Círculo de Poesía Ediciones, 2018)