Ada Salas

Todo es suspenso. La misma
luz. El mismo aire
ciego de preguntas.
Para cuándo la huida
del temor

el fin del hambre.

De esta hambre que sólo
se alimenta

del imposible fruto de la calma.

***

Yo sé que tienes algo que decirme
mundo. Voy a limpiarlo todo para que todo
sea
aún más transparente
y pueda oír aquello que murmuras
sin esfuerzo y sin miedo.
Ya puedes acercarte hasta mi oído.
Vamos a hablar despacio.
Muy despacio.
Sin prisa.

Como si nunca
mundo

nos llegara la muerte.

***

Una vasta extensión
despoblada.
Un desierto.
No de mar.
No de tierra.
El cuerpo de una roca
sucesiva. No almena madriguera hueco sombra
posible. Un cielo rebosante
pesado
como losa
sobre tu corazón. Contemplarlo
tan sólo. Contemplar
ese cielo. Mirarlo
hasta que arda
la fuente
de los ojos

la raíz

y entonces se refleje
tal vez
sobre tu rostro
-tullido y socavado-

la voz de las imágenes.

***

Truena. Están abriéndose
los cráneos de los dioses. Llueve
como si el agua fuera a rebañar las sobras
en el plato del mundo.
Una mujer camina
bajo el agua
y el agua no la borra.
No la ahoga tampoco.
No lo comprendo
cómo
sin aparente esfuerzo
bajo
este cielo cayéndose
persiste en
lo que
sin apenas dudar
llamaría existencia.

(A. Salas. Escribir y borrar. Antología esencial, 1994-2016. Antología y pról. José Luis Rozas Bravo. Madrid: FCE, 2016)

W. H. Auden

Que la historia me juzgue

No dejamos ningún preparativo al azar,
Hicimos acopio de firmas,
Revisamos los cálculos una y otra vez
Y asignamos las granjas,

Expedimos las órdenes al caso
En estas ocasiones:
La mayoría obedeció, como era de esperar,
Aunque también se oyeron quejas;

Por lo común, contra la práctica
De nuestro viejo derecho de pernada:
Hubo incluso un conato de insurgencia,
Muchachos nada más.

A ninguno se le ocurrió
Crear ningún disturbio grave,
Pues la vida se hacía inconcebible
Si no ganábamos.

La opinión comúnmente aceptada
Dice que no hay excusa,
Aunque a la luz de ciertas investigaciones
Muchos verían el motivo

En una forma no infrecuente de terror;
Otros, aún más astutos,
Señalan la semilla de la equivocación
En el comienzo mismo del proceso.

En lo que hace a nosotros,
Nos queda al menos nuestro honor,
Y una oportunidad bastante razonable
De salvar nuestras facultades hasta el fin.

Diciembre 1928

Gare du Midi

Un expreso cualquiera proveniente del sur,
Masas de gente en torno a la barrera, un rostro
Que las autoridades no han venido a aclamar
Con cintas o clarines: algo en torno a su boca
Pone inquietud y lástima en su mirada neutra.
Cae la nieve. Llevando de la mano un maletín,
Sale con paso firme para infectar una ciudad
Cuyo horrible futuro acaso haya llegado.

Diciembre 1938

El novelista

Embutido en talento como en un uniforme,
El rango de un poeta a nadie se le esconde;
Pueden maravillarnos igual que una tormenta
O consumirse jóvenes o vivir recluidos.

Son vehementes como húsares; pero aquel otro
Tiene que despojarse de su don infantil
Y aprender sencillez y torpeza, fingir
Ser alguien en quien nadie cree digno transformarse.

Pues, a fin de lograr su más leve designio,
Debe tornarse todo hastío, someterse
A lamentos vulgares como el amor, ser justo

Entre los Justos y entre los Puercos otro puerco,
Y en su propia persona endeble, si es que puede,
Lidiar tediosamente con los males del Hombre.

Diciembre 1938

La Ley como el amor

La Ley, dicen los jardineros, es el sol,
Y la Ley es aquel
A quien los jardineros obedecen
Mañana, hoy y ayer.

La Ley es la sabiduría de los ancianos,
Abuelos impotentes que riñen sin aliento;
Sacan su lengua bífida los nietos:
La Ley son los sentidos de los jóvenes.

La Ley, afirma el clérigo con ojos clericales,
Echando su sermón a los seglares,
La Ley son las palabras en el libro sagrado
Y la Ley es mi altar y mi espadaña;
La Ley, afirma el juez ajustando sus lentes,
Hablando clara y muy severamente,
La Ley es como ya les dije,
La Ley es como saben que supongo,
La Ley es pero déjenme explicarlo,
Pues la Ley es La Ley.

Pero escribe doctores legalistas:
La Ley no es lo correcto ni lo erróneo,
La Ley son sólo crímenes
Castigados en ciertos momentos y lugares,
La Ley son los ropajes que viste el ser humano
Aquí y ahora,
La Ley es Buenos días y Hasta luego.

Otros dicen, la Ley es el Destino;
Otros dicen, la Ley es el Estado;
Otros dicen y dicen
Que la Ley ya no existe,
Que la Ley se ha esfumado.

Y siempre la ruidosa y airada multitud,
Muy airada y muy ruidosa:
La Ley somos Nosotros,
Y siempre el necio Yo que insiste débilmente.

Si nosotros, querido, no sabemos
Más que ellos de la Ley y lo sabemos,
Si tú, al igual que yo,
No sabes bien qué hacer o no,
Salvo aceptar con todos
Alegre o tristemente
Que la Ley es y existe
Y que todos lo saben,
Si absurdo me parece, por lo tanto,
Equiparar la Ley a otra palabra,
A diferencia de otros hombres
No sabría decir la Ley es Esto,
Igual que no podemos cancelar
El deseo global de adivinar
O escurrirnos de nuestra posición
Hacia una condición despreocupada.

Aunque al menos haré
Que nuestra vanidad
Declare con tibieza
Un tibio parecido
Del que luego jactarnos:
Como el amor, sentencio.

Como el amor no sabemos ni dónde ni por qué,
Como el amor no podemos forzarla ni ignorarla,
Como el amor lloramos a menudo,
Como el amor rara vez la guardamos.

Septiembre 1939

Un lugar saludable

Son agradables, desde luego. A nadie se le ocurriría
Examinar con lupa sus contratos
O guardar por si acaso las cartas bajo llave. Y también
Amables y eficientes: lo que vemos es lo que hay.
¿Qué falta, pues, si al convivir con ellos,
No deja de extrañarnos que haya tantos
Matrimonios felices y gente desgraciada?
No se pierden ninguna charla sobre política,
Pues tienen inquietudes, realmente quieren ayudar; con todo,
Mientras miran la tierra desde cualquier periódico,
¿Cómo no les aturde su horror y su locura
Si nunca, de eso estamos convencidos, sintieron
Una brusca apetencia de torturar al gato
O desnudarse en público? ¿Desearon alguna vez,
Nos preguntamos con intriga, ver algún unicornio,
Aunque estuviera muerto? Quizá. Pero no lo dirán,
Ignorando de tácito acuerdo nuestro anhelo
De vida eterna, ese enjaulado y censurable interrogante
Que irrumpe en ocasiones en meriendas campestres
O reuniones de antiguos alumnos y que solo
El chiste verde, irónicamente, se atreve a defender.

¿Febrero 1944?

(W. H. Auden. Los señores del límite. Selección de poemas y ensayos (1927-1973). Trad., selec. y pról. Jordi Doce. Barcelona: Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores, 2007)

Enriqueta Ochoa

Hay días

Hay días
en que la esperanza
ilumina los suburbios del alma,
esparce su simiente
en los surcos del día,
enhebra con sigilo las cuentas
de algún sueño roto en pedazos,
y nos conduce a la estación
donde la palabra
va segando finamente los trigos del silencio.

En el cristal profundo del silencio

Es la hora.
Siéntate junto a ti,
escucha el cristal profundo del silencio.
Busca la sustancia sin género,
la aleación de ti mismo,
y entonces, sólo entonces,
entrégate con servidumbre a la palabra.

Días nuevos

Nuevas vidas vendrán
y se acostarán a parir un siglo solar.
Nuevos días y nuevas vidas vendrán
los días tiernos y verticales las vidas
con la humedad del cuerpo futuro
sembrando en los predios azules del amor.
Las llamaradas salen sobre los altos muros
que nos separan del océano de luz
por donde ceñida de fulgor
camina al otro lado la mañana.
Salpicada de lluvia florece la resurrección;
mientras, desde aquí, presos en el siglo XX,
miramos fascinados a través de las rendijas, la hermosura venidera.

La negación

Yo tuve un hermano
de esos que duelen siempre en la conciencia.
No éramos del mismo vientre
mas nos unía como el mar sus aguas.
Éramos la misma sangre.
Desde que nació no supo sino del ciego viaje
del abandono al llanto.
Fue tenaz el calar de la gota en las entrañas
y abrió cavernas en su pulmón de niño.
En un charco de miseria,
dobladito bajo un sol de invierno,
se marchó en soledad a la mitad del día.
Dicen que lo vació una tos;
pienso que fue el reproche anudado
lo que estranguló de golpe sus arterias.
Ahora ya saben la historia de los ovarios tristes
que no paren un hijo anónimo
para que lo lapide el tiempo.

Fatiga

Ya están plenas las cuencas de mis ojos,
pronunciadas las más tiernas palabras;
sin embargo, tú, amor que me taladras,
quedas mudo a mis íntimos antojos.

Yo he albergado las más candentes rosas
y he apretado de cantos mi garganta,
mas de ti sólo enorme se levanta
un mar de olas glaciales, silenciosas.

Ya mi voz se ha bañado de fatiga,
ya de tanto llamarte languidece,
pues ya gira en las ondas, ya se espiga.

Y acelera su paso y se enardece,
mas llegando a tu hielo se desmiga,
y en las sombras calladas desvanece.

(E. Ochoa. Poesía reunida. Pról. Esther Hernández Palacios. México: FCE, 2008)

El lomo de la vida

Tras la reclusión vino de improviso la luz.
Deslumbrada,
llegué al núcleo de un violento avispero.
Ajena a la concesión estudiada,
inoportuna,
con la simplicidad del que ignora
el aguijón de la insidia,
pasé la mano, sin malicia, por el lomo de la vida.
Dios mío, qué brutal quemadura.

1961

Este ir y venir

¿Para qué este ir y venir?
Quién sabe en qué rincón se encontrará la aurora,
y qué santo, o qué idiota
nos vaciará un día equis la cabeza;
y el sueño de un buen Dios
y la tiniebla amorfa
se borrarán de golpe
al entrar a ese ojo que nos acecha fijo,
y al que nos vamos todos
a la señal de un tiempo.

1967

Carta a Jesús Arellano

Desde hace años, Chucho,
el corazón me rebota loco entre las sienes
y ando por los rincones escondiendo al sollozo.
Estreno una sonrisa cada mañana
y pido limosna en todas las esquinas,
porque ¿quién va a prestarme su vida,
su amor, o su Dios?
Tengo que comprármelos yo misma, y no me alcanza.
Y todo esto que escondo y espero y que no llega,
es la razón que me desangra dentro.

A veces ocurre que de tan hambrientos
inventamos el sueño, la esperanza…
y mortalmente heridos, agonizamos por todos los hijos
que se nos quedaron dentro,
y por las palabras desquebrajadas,
presas entre los molares apretados del miedo;
las que luchan por sobrevivir
y a veces se nos caen de la boca
como un aborto ciego y doloroso.
Algo se rompe acá dentro y pienso,
me estoy vaciando viva.
Todos los adioses se agolpan y me miran
a mitad de la noche.
Tomo mi cobija de silencio, entonces,
y camino arrastrándola por los pasillos de la locura
y no me muero, Chucho,
y me siento a la orilla,
pidiendo se me ayude a balancear mi vida,
antes de irme
y tiemblo y nadie escucha, huyen con espanto,
mientras yo juego a la pelota con la muerte,
lanzándola como pequeña brasa de una mano a otra.
Y no me muero, Chucho, y no se muere una,
hace sólo el ridículo con su pequeña muerte
que es sólo una niña azorada,
llorando por todos los que de veras mueren sin derecho.

1968

 (E. Ochoa. Retorno de Electra. Lecturas mexicanas 72. Segunda serie. México: Diógenes / SEP, 1987)